El 8 de abril de 2020 se cumplieron diez años de la firma del Tratado de Medidas de Reducción de Armas Ofensivas Estratégicas, denominado Nuevo START o START III. En efecto, el 8 de abril de 2010, los presidentes Barack Obama y Dmitry Medvedev se reunieron en Praga para firmar un nuevo tratado de limitación de armas nucleares estratégicas, que los dos países estaban negociando desde 1997. En el acuerdo se establecieron límites máximos idénticos para los diferentes vectores de la triada nuclear de las dos grandes potencias, basados en el sacrosanto principio ruso de la paridad, y que empezarían a aplicarse a los siete años de la entrada en vigor del tratado. Estos límites eran sencillos, de fácil medición y seguimiento, conforme a las cláusulas de información mutua, transparencia y publicidad recogidas en el propio tratado, a saber, 1.550 ojivas o cargas nucleares estratégicas, 800 sistemas de lanzamiento entre misiles balísticos de largo alcance con base en tierra (ICBM), misiles del mismo tipo embarcados en submarinos (SLBM) y bombarderos estratégicos –en este último caso contaban como una unidad, con independencia del número de misiles o bombas nucleares que pudieran transportar–, de los cuales solo podría haber un máximo de 700 sistemas o vectores de lanzamiento operativos al mismo tiempo. Hay que tener en cuenta que las ojivas nucleares tácticas quedaron excluidas de esta regulación y los misiles de alcance intermedio estaban terminantemente prohibidos por el Tratado para la Eliminación de los Misiles de Alcance Intermedio y de Corto Alcance (Tratado INF) firmado por el presidente Ronald Reagan y el premier Mihkail Gorbachov en Washington el 8 de diciembre de 1987. El Nuevo START fue ratificado con celeridad por los respectivos parlamentos nacionales, que introdujeron sendas reservas al texto principal aceptadas por ambas partes y entró en vigor el 5 de febrero de 2011 –véase más extensamente nuestro desarrollo en la entrada LA RECONSTITUCIÓN DEL RÉGIMEN IMPLÍCITO EEUU-RUSIA de marzo de 2011–. Durante siete años, que seguimos regularmente en este blog en las entradas semestrales tituladas ESTADO DE LOS ARSENALES NUCLEARES DE LAS GRANDES POTENCIAS a la fecha correspondiente, las dos grandes potencias fueron reduciendo paulatina y progresivamente sus arsenales nucleares hasta alcanzar los límites fijados antes de la fecha estipulada. De este modo, el 5 de febrero de 2018 Moscú y Washington anunciaron el cumplimiento de sus obligaciones, que han mantenido estrictamente hasta el presente –los datos más recientes sobre los arsenales nucleares de las dos grandes potencias los aportan Kristensen y Korda en su Nuclear Notebook (2020)–. DIEZ AÑOS DEL TRATADO DE LIMITACION DE ARMAS ESTRATEGICAS: LA VISION RUSA
El 8 de abril de 2020 se cumplieron diez años de la firma del Tratado de Medidas de Reducción de Armas Ofensivas Estratégicas, denominado Nuevo START o START III. En efecto, el 8 de abril de 2010, los presidentes Barack Obama y Dmitry Medvedev se reunieron en Praga para firmar un nuevo tratado de limitación de armas nucleares estratégicas, que los dos países estaban negociando desde 1997. En el acuerdo se establecieron límites máximos idénticos para los diferentes vectores de la triada nuclear de las dos grandes potencias, basados en el sacrosanto principio ruso de la paridad, y que empezarían a aplicarse a los siete años de la entrada en vigor del tratado. Estos límites eran sencillos, de fácil medición y seguimiento, conforme a las cláusulas de información mutua, transparencia y publicidad recogidas en el propio tratado, a saber, 1.550 ojivas o cargas nucleares estratégicas, 800 sistemas de lanzamiento entre misiles balísticos de largo alcance con base en tierra (ICBM), misiles del mismo tipo embarcados en submarinos (SLBM) y bombarderos estratégicos –en este último caso contaban como una unidad, con independencia del número de misiles o bombas nucleares que pudieran transportar–, de los cuales solo podría haber un máximo de 700 sistemas o vectores de lanzamiento operativos al mismo tiempo. Hay que tener en cuenta que las ojivas nucleares tácticas quedaron excluidas de esta regulación y los misiles de alcance intermedio estaban terminantemente prohibidos por el Tratado para la Eliminación de los Misiles de Alcance Intermedio y de Corto Alcance (Tratado INF) firmado por el presidente Ronald Reagan y el premier Mihkail Gorbachov en Washington el 8 de diciembre de 1987. El Nuevo START fue ratificado con celeridad por los respectivos parlamentos nacionales, que introdujeron sendas reservas al texto principal aceptadas por ambas partes y entró en vigor el 5 de febrero de 2011 –véase más extensamente nuestro desarrollo en la entrada LA RECONSTITUCIÓN DEL RÉGIMEN IMPLÍCITO EEUU-RUSIA de marzo de 2011–. Durante siete años, que seguimos regularmente en este blog en las entradas semestrales tituladas ESTADO DE LOS ARSENALES NUCLEARES DE LAS GRANDES POTENCIAS a la fecha correspondiente, las dos grandes potencias fueron reduciendo paulatina y progresivamente sus arsenales nucleares hasta alcanzar los límites fijados antes de la fecha estipulada. De este modo, el 5 de febrero de 2018 Moscú y Washington anunciaron el cumplimiento de sus obligaciones, que han mantenido estrictamente hasta el presente –los datos más recientes sobre los arsenales nucleares de las dos grandes potencias los aportan Kristensen y Korda en su Nuclear Notebook (2020)–. ¿DÓNDE ESTÁ EUROPA?
El proyecto de construcción de una Unión Europea era el sueño de muchos demócratas al final de la Segunda Guerra Mundial. Después de los intentos de levantar una Europa alemana por la fuerza de las armas y la violencia –La Europa de Hitler de Arnold Toynbee–, los dirigentes de la posguerra mundial quisieron unirse en un proyecto democrático, que superara los enfrentamientos seculares de siglos entre las naciones europeas y permitiera crear un espacio de desarrollo, paz y seguridad para los supervivientes de la hecatombe bélica. A estos pensadores, llenos de la mejor voluntad los hemos denominado “los Padre Fundadores” de las Comunidades Europeas –Schuman, Adenauer y otros–, después Unión Europea, y más recientemente Unión Política Europea. En ese momento se dieron varios fenómenos conjuntamente: un continente destrozado por una guerra brutal, el deseo de no repetir la experiencia del período de entreguerras que permitió el surgimiento de dos ideologías que se demostraron devastadoras para la democracia –el comunismo y el nacional-socialismo– y unos dirigentes políticos concienciados de que no se podían seguir repitiendo los errores del pasado. No faltaban los enemigos –la Unión Soviética–, pero tampoco los aliados –los Estados Unidos, que se convirtieron en el protector militar de la integración europea durante más de cincuenta años–. La voluntad de paz y de concordia echó a andar el proyecto comunitario y, cada vez, más países se sumaron lealmente a esa unión para crear lazos económicos, sociales, financieros, incluso políticos, que permitieran la expansión de una nueva etapa de paz y prosperidad. Aunque desde el época del franquismo España solicitó el ingreso en las Comunidades Europeas –lo que siempre fue rechazado por Bruselas–, la integración europea era concebido como un proyecto eminentemente democrático y todas las partes implicadas en la transición a la democracia, incluso antes de la muerte de Franco, compartían la idea de que una España democrática solo podía darse en el seno de la comunidad de naciones europeas, que compartían unos mismos valores políticos, un mismo código libertades públicas y derechos fundamentales y un mismo futuro de paz y democracia. De este modo, el desarrollo de España estaba inextricablemente unido a Europa. Por eso, la España democrática apostó desde el primer día por la unión a Europa y, a pesar de las pesadas cargas económicas, comerciales, industriales y financieras que nos impusieron en los tratados de adhesión, el país, con sus sucesivos gobiernos al frente, aceptó la bondad del proyecto europeo. De hecho, la unión europea había sido el sueño del emperador Carlos V –nuestro Carlos I–, rey flamenco de España que se convirtió en paladín de la unión de Europa hace ya cinco siglos. Y España ha sido el país más europeísta, el que ha apostado más por la integración europea, por la unión financiera y por la unión política, que nunca ha dejado de lado al directorio europeo –Francia y Alemania– cuando se trata de avanzar, lo que se puede contrastar especialmente tras la crisis financiera de 2010, que convirtió de facto a la Eurozona en una Unión Política bajo el liderazgo franco-alemán. Y esto ha sido así hasta el mes de marzo de 2020. La crisis sin precedentes provocada por la expansión de la pandemia mundial del COVID19 ha puesto de manifiesto lo que significa la solidaridad europea. Cuando los primeros Estados miembros decidieron bloquear los vuelos comerciales y cerrar las fronteras, la Comisión se opuso porque eso significaba violar los principios del Acuerdo de Schengen de libre circulación de ciudadanos en la Unión Europea y países asociados, pero los Estados tenían derecho a hacerlo basado en criterios de salud pública. Cuando esta medida se generalizó, desde Bruselas siguieron insistiendo en las complicaciones que esto generaba para los intercambios comerciales intraeuropeos. Cuando los países más azotados por la epidemia, Italia y España, solicitaron ayuda sanitaria, esta simplemente no ha llegado –solo Praga y Ankara han enviado equipos y material de protección a España–. Cuando se planteó la necesidad de prestar apoyo financiero a los Estados miembros para afrontar la crisis económica que azotará a los países sometidos a medidas extremadamente restrictivas para la actividad económica, la Comisión Europea de nuevo se mostró cicatera intelectual y financieramente, inconsciente del desastre económico que se avecina. Algunos “socios” europeos –¿lo son realmente?– despreciaron a Italia y España, que están pasando por tragedias nacionales no vistas desde la Segunda Guerra Mundial y desde la Guerra Civil respectivamente. En particular el gobierno holandés se ha mostrado despreciable en términos políticos, éticos y morales con sus declaraciones exigiendo responsabilidades a los gobiernos de estos países por la gestión de la pandemia. Incluso se ha dado la vileza de confiscaciones de material y equipo sanitario entre socios y aliados. Mientras tanto, la Comisión Europea sigue ausente, pérdida en sus diatribas “bruselenses”, que no aportan nada al bienestar de los ciudadanos europeos, confirmando nuestras tesis acerca de los Estados europeos como testigos silenciosos, que hemos sostenido en otros ensayos. En una nueva crisis sin precedentes, ya no hay líderes europeos con capacidad para afrontar la situación con decisiones morales, parece que ya no hay un esquema de valores compartido por todos sino una superioridad moral de unos contra otros, por otra parte totalmente injustificada y absolutamente rechazable. Entonces, nos planteamos la siguiente cuestión: ¿existe un proyecto común europeo? O nos dejarán a nuestra suerte, como hicieron con los países de Europa oriental cuando los abandonaron en manos de la Unión Soviética de Stalin al final de la Segunda Guerra Mundial. Es conveniente recordar a los que abogan por un nuevo Plan Marshall para Europa, que éste ni fue europeo ni benefició a todos los europeos, ya que muchos países quedaron fuera de la ayuda americana destinada al crecimiento económico, entre ellos España. Como ya he dicho en una entrada anterior –UN MUNDO RESTAURADO– la democracia vuelve a estar en peligro. Esperemos que la mezquindad y los odios pasados, que creíamos superados, no permitan que unos Estados europeos sucumban mientras otros tratan de salvarse como sea.
ESTADO DE LOS ARSENALES NUCLEARES DE LAS GRANDES POTENCIAS A MARZO DE 2020
El Departamento de Estado americano publicó el 3 de abril de 2020 los datos correspondientes al volumen de los arsenales nucleares estratégicos de los Estados Unidos y Rusia a 1 de marzo de 2020 conforme a las cláusulas de información del Tratado de Reducción de Armas Estratégicas (Nuevo START) firmado en Praga el 8 de abril de 2010. De acuerdo con estos datos, los Estados Unidos disponen 1.373 ojivas nucleares, 800 vectores de lanzamiento -misiles nucleares estratégicos basados en tierra (ICBM), misiles del mismo tipo embarcados en submarinos nucleares (SLBM) y bombarderos estratégicos-, de los que 655 estaban operativos a la fecha de referencia. Los números del semestre anterior eran de 1.376 ojivas, 800 sistemas y 668 operativos y hace un año eran 1.365 ojivas, 800 sistemas en total y 656 desplegados en servicio.
Por su parte, Rusia tiene 1.326 cargas nucleares estratégicas, 754 sistemas de lanzamiento y 485 en estado operativo. De nuevo, en el semestre anterior eran de 1.426 ojivas, 757 sistemas de lanzamiento y 513 operativos y hace un año eran 1.461, 760 y 524 respectivamente.
Ambas grandes potencias muestran descensos en los materiales regulados por el Tratado cumpliendo estrictamente los umbrales autorizados: 1.550 ojivas nucleares, 800 sistemas de lanzamiento en servicio y 700 desplegados. Aunque, en el caso de Rusia lohs descensos son más abultados, tanto en ojivas nucleares estratégicas (-100) como en sistemas en servicio operativo (-28). Por tanto, estos datos ponen de manifiesto que las dos grandes potencias continúan cumpliendo estrictamente el Tratado de Limitación de Armas Estratégicas porque sirve a sus intereses de seguridad.
Sin embargo, esta realidad contrasta con el reciente enconamiento de las posiciones que han mostrado una y otra en materia de control de armas nucleares, lo que llevó a la terminación del Tratado de Misiles de Corto y Medio Alcance (Tratado INF) el 2 de agosto de 2019 después de haberlo denunciado el 1 de febrero de 2020. Como comentamos en la entrada del semestre anterior dedicada a este tema, parece que el Tratado de Cielos Abiertos (Open Skies) de 24 de marzo de 1992, seguirá el mismo camino y las nunca iniciadas negociaciones entre Moscú y Washington para la renovación del Nuevo START han quedado aparcadas debido a la epidemia que azota al mundo actualmente.
El Tratado START expira el 5 de febrero de 2021 y tanto el presidente Putin como el ministro de Asuntos Exteriores Sergei Lavrov han expresado repetidamente su voluntad de renovarlo o extenderlo sin obtener respuesta de la otra parte. Queda una esperanza y es que, en medio de la desastrosa situación sanitaria y económica a la que se están enfrentando todos los países en estos momentos -y que también ha generado cooperaciones y ayudas inesperadas-, algunos responsables de la política exterior americana aconsejen al presidente Trump la idoneidad de extender el Tratado, que puede hacerse por un período de cinco años mediante un acuerdo ejecutivo entre los dos gobiernos sin necesidad de la intervención de los parlamentos nacionales. Como hemos dicho en otro lugar, el sistema de estabilidad estratégica se estaba resquebrajando, se abría la puerta a un nuevo rearme de las grandes potencias, lo que haría el mundo más inseguro. Sin embargo, ahora ese mundo que conocemos está en shock, por lo que los dirigentes de las grandes potencias deberían tomar les mejores decisiones para garantizar la seguridad mutua y mantener un marco de seguridad estable que permita acometer la recuperación económica. En este período no esperemos intervenciones decisivas de los dirigentes europeos, en un mundo más inseguro sencillamente se han convertido en testigos silenciosos de los acontecimientos.
Tomorrowland.
Tomorrowland.
ODA A UNA ESPAÑA HERIDA
"Oigo, Patria, tu aflicción
y escucho el triste concierto
que forman, tocando a muerto,
la campana y el cañón."
UN MUNDO RESTAURADO
Este es el título de una de las primeras y emblemáticas obras de Kissinger, que fue el resultado de su tesis doctoral dedicada a analizar el régimen internacional establecido por las grandes potencias que formaban la Santa Alianza y que fue capaz de mantener la paz en Europa de 1815 a 1914, es decir, prácticamente un siglo. Fue un complejo y desquiciante entramado de tratados bilaterales el que permitió que se pusiera fin a ese largo período de paz, proceso de desintegración gradual iniciado para poner freno a las aspiraciones globales de la nueva y pujante potencia que surgió de la reunificación alemana. En un mundo equilibrado las potencias que rigen el sistema, denominadas “potencias de statu quo” por Morgenthau, trataran de frenar a toda costa la emergencia de nuevas potencias, denominadas a su vez “revolucionarias”, entendidas como aquellas que tratan de alterar el equilibrio de poder. La historia enseña que cuando una potencia revolucionaria llega a desafiar a las otras grandes potencias, el vértice del enfrentamiento se elevará exponencialmente hasta llegar al conflicto militar decisivo. Los casos paradigmáticos son el Reino Unido contra Alemania en 1914, y Japón contra los Estados Unidos en 1941. La misma regla se puede aplicar cuando el sistema internacional se encuentra sometido a una potencia hegemónica en lugar de a un directorio de grandes potencias. La Guerra Fría fue un tipo de conflicto singular en el que el enfrentamiento directo y decisivo se resolvió por medios no violentos. El moderador del conflicto fue la posesión de inmensos arsenales de armas nucleares por parte de las dos grandes potencias, denominadas por ese motivo “superpotencias”, porque por primera vez en la historia un poder militar disponía de la capacidad de aniquilar completamente al adversario, lo que se ejemplificó en la estrategia de la Destrucción Mutua Asegurada. De este modo, las armas nucleares actuaron como moderador del conflicto, evitaron el enfrentamiento directo y garantizaron la paz por un largo período de tiempo. Entonces el estatuto de gran potencia se obtuvo por la posesión del arma nuclear… y por la condición de miembro permanente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Es decir, formar parte del directorio mundial surgido en 1945 del enfrentamiento decisivo, como había ocurrido en 1815 tras la derrota definitiva de Napoleón en Waterloo y la conformación de la Santa Alianza. De este modo, después de un período de violencia que se extendió de 1914 a 1945, la “guerra civil europea” de Nolte, el sistema internacional se conformó de nuevo como un mundo restaurado. Por tanto, debemos entender “restaurado” como el sistema internacional que emerge después de una guerra definitiva, que está conformado por una o varias potencias que dictan las reglas del sistema que son asumidas por todos los actores, generalmente de forma voluntaria y en casos marginales por el uso de la fuerza, que se constituye como monopolio de las grandes potencias. Sin embargo, como hemos visto, la desaparición de una de las partes del sistema de la Guerra Fría, la Unión Soviética, no se produjo como consecuencia de un enfrentamiento militar decisivo, sino que fue el resultado del agotamiento económico en la carrera por el poderío global, en un proceso perfectamente estudiado por Kennedy para el período de 1500 a 1989. Esto significó que los Estados Unidos se convirtieron prácticamente de la noche a la mañana en la potencia hegemónica del sistema internacional. Pero las reglas, el conjunto de normas y procesos de adopción de decisiones, el régimen internacional, no cambió. Por eso, denominé al período que va de 1991 a 2001 “la hegemonía imperfecta”. La Santa Alianza tuvo un Metternich y las Naciones Unidas tuvieron un Roosevelt, que crearon o mantuvieron los principios fundamentales para mantener la paz y la seguridad entre las grandes potencias, donde quedaba excluido el conflicto bélico. Sin embargo, el sistema que se alumbró en 1991 careció de un líder. Pero, para ser justos hay que decir que el presidente Clinton fue un gran gestor de la hegemonía dada a los Estados Unidos por segunda vez en cincuenta años. Aquí podríamos hablar de la doctrina del Destino Manifiesto y no sería descabellado su planteamiento, como hicieron en aquel momento desde Krauthammer a Albrigth. Pero la nueva hegemonía americana, la hegemonía imperfecta, coincidió con un período de globalización, como ya había ocurrido en el siglo XIX como apuntó Waltz, y con un nuevo proceso promisorio para el desarrollo: la expansión sin limites en las sociedades humanas de internet, las redes sociales, la hiperconectividad, en fin, el triunfo de la “sociedad de la información” de Castells. Pero esta nueva etapa no llegó a consolidarse definitivamente y, por tanto, no pudo crearse un nuevo régimen internacional que garantizara la paz y la seguridad. El poder militar masivo no ha servido para frenar a actores no estatales que, de todos modos, nunca pusieron en peligro el statu quo, al menos hasta ahora. Sin embargo, ha sido la emergencia de una nueva potencia la que puso en alerta al sistema mundial. La emergencia de China ha sido silenciosa en términos económicos y, solo recientemente, también en lo militar. En todo caso, podría ser considerada “silenciosa” para Occidente y, entre otros factores, no debemos desdeñar prejuicios racistas en esta apreciación, o más bien en la falta de apreciación del poderío emergente, como por otra parte ocurrió con el Japón de los años treinta como dijo Kaiser en 1995. Pero, la potencia de statu quo, los Estados Unidos, intuyeron rápidamente que estaban ante la emergencia de una nueva potencia que iba a disputarles la hegemonía, primero en el ámbito regional del Asia-Pacífico, y después a escala global. El primer presidente americano en tomar decisiones para poner freno a estas aspiraciones fue Bush hijo al final de su segundo mandato. Posteriormente, el presidente Obama desplazó el foco de interés de la política exterior americana al Pacífico y el presidente Trump ha seguido con esta política. Claramente los Estados Unidos comenzaron a tejer un conjunto de alianzas militares en la región del Asia Pacífico en una nueva política de contención a China, como había ocurrido durante la Guerra Fría contra la Unión Soviética. Sin embargo, esta política de contención no ha llegado a configurar una gran alianza político-militar, como lo fue la Alianza Atlántica también durante la Guerra Fría, y el Bloque Occidental se ha quedado hasta ahora más como un concepto académico o una aspiración que como una realidad poderosa que ponga dique a la nueva potencia emergente y sea capaz de imponer un nuevo orden mundial. Pero, ¿cómo iba a ocurrir esto sin un enfrentamiento militar decisivo? El problema es que una de las partes de esa alianza carece de liderazgo: los Estados europeos, agrupados en la Unión Europea exclusivamente en lo económico, son meros “testigos silenciosos” de la lucha por el poder entre los Estados Unidos y China. Y esta falta de liderazgo desintegra también las posibilidades de incorporar a Rusia a la Alianza Occidental. Porque, en el sistema internacional de la posguerra fría, si admitimos este término sujeto a profunda discusión académica, Rusia continúa siendo una gran potencia: junto con los Estados Unidos tienen el 92% de todas las armas nucleares del mundo como recuerda Kristensen, y es miembro permanente del Consejo de Seguridad, con lo que se asegura que cuando se adopte una decisión se haga con su anuencia, conforme al santificado derecho de veto que rige el sistema de adopción de decisiones del directorio mundial. Los Estados Unidos han emprendido una peligrosa política de tratados bilaterales y alianzas militares menores, denominadas coaliciones ad hoc, que recuerdan el entramado de tratados cuya activación desencadenó la Primera Guerra Mundial en el verano de 1914. La carencia de visión política para configurar una poderosa alianza político-militar hace que los Estados Unidos se encuentren solos ante el reto de la potencia emergente que disputa la distribución del poder, en una clara plasmación de las tesis apuntadas por Morgenthau en La lucha por el poder y la paz. En una conferencia pública en 2013 apunté que el enfrentamiento decisivo se produciría entre 2020 y 2023 en el área del Pacífico y que implicaría el uso de armas de destrucción masiva. Estamos asistiendo a eventos que, aunque desconocidos hasta ahora, configuran los elementos necesarios para el desastre. Históricamente es inevitable, los grandes teóricos del realismo político lo han dicho. Friedman lo advirtió en 2010, pero también afirmó que los Estados Unidos serían la potencia del siglo XXI, por tanto, una potencia victoriosa. Han pasado doscientos años de la configuración del mundo restaurado y, de nuevo, estamos abocados a una nueva etapa, a la creación de un nuevo régimen internacional con nuevas reglas, normas y procedimientos de adopción de decisiones que traerán la paz y la seguridad. Las incógnitas son si habrá una gran guerra entre grandes potencias y si el mundo que surja, con guerra o sin ella, será un mundo globalizado o compartimentado. Y un temor, un gran temor: se mantendrá la democracia como la conocemos hasta ahora o será una víctima más en esa nueva lucha por el poder mundial.
ICEX-20: SUBMARINOS NUCLEARES BAJO EL HIELO Y COMPETENCIA POR EL ÁRTICO
En marzo de 2020 la US Navy llevó a cabo el ejercicio Ice Exercice 2020 (ICEX-20) en el que sendos submarinos nucleares de ataque de la clase Los Angeles USS Toledo y de la clase Virginia USS Connecticut navegaron en los mares árticos, saliendo a la superficie en una zona de hielo predeterminada en el mar de Beaufort, al norte de Alaska. El punto se ha denominado en esta edición Camp Seadragon y fue levantado de forma temporal por personal del Laboratorio Submarino Ártico para desarrollar actividades de exploración científica civil y militar en la región. En el vídeo que adjuntamos se puede ver como el USS Toledo emerge lentamente tras romper la capa de hielo, varios miembros de la tripulación salen por la vela del submarino y liberan el casco cortando bloques de hielo con motosierras. Podría considerarse una imagen hasta idílica, si no fuera por el potencial de destrucción se encierran los negros cascos de los dos submarinos nucleares. Pero no solo ellos, sino también los de sus silenciosos perseguidores. En efecto, el almirante Víctor Kravchenko, jefe del Estado Mayor de la Armada rusa entre 1998 y 2005, dice que la banquisa ártica –entre 60 y 90 centímetros de espesor¬– es un ambiente que dominan los submarinos rusos, porque se entrenan regularmente en estas latitudes. La Armada rusa continúa incrementando las capacidades de detección de los submarinos oponentes desde que se sumergen en el océano Ártico y durante su navegación bajo el hielo, porque de este modo dispondrán de más oportunidades para destruirlos en caso de conflicto. Los ejercicios ICEX, de unas tres semanas de duración, se desarrollan en los mares árticos con carácter bienal y tienen como finalidad evaluar la preparación de la Marina americana y otras marinas aliadas para ejecutar operaciones en mares helados, mejorar las capacidades para operar en entornos polares y mantener la estabilidad en la región. Por su parte, el USS Toledo es un gran conocido de la Armada rusa, ya que participó en los eventos de agosto de 2000 en los que se perdió el submarino nuclear de la clase Antey K-141 Kursk con toda su tripulación a bordo, como hemos relatado en la entrada KURSK: UNA TRAGEDIA DE LOS SUBMARINOS NUCLEARES RUSOS de octubre de 2019. Pero, ¿qué alcance tienen estos ejercicios navales más allá de la estricta presencia militar en una región de extraordinaria importancia estratégica desde los albores de la Guerra Fría? En 2013 el presidente Obama aprobó la “Estrategia Nacional para la Región Ártica” con la finalidad de crear una zona “estable y libre de conflictos, donde las naciones actúan de forma responsable con un espíritu de confianza y cooperación y donde se explotan los recursos económicos y energéticos de forma sostenible.” El mismo año, el Departamento de Defensa publicó la “Estrategia para el Ártico” en la que se mencionan como objetivos fundamentales garantizar la seguridad y estar preparados para la amplia gama de desafíos que plantea la región. Conforme a estos documentos Washington tiene una estrategia ártica para un futuro cercano (hasta 2020), a medio plazo (2020-230) y a largo plazo (más allá de 2030) en los que la seguridad sigue jugando un papel esencial frente a la imparable apropiación del Ártico que está ejerciendo Moscú. Rusia ha convertido el Ártico en un motor del desarrollo económico del país –a través de la explotación de inmensos campos de gas y petróleo en la península de Yamal o la extracción de minerales en las regiones norteñas de Krasnoyarsk y Chukotka–, mantiene una presencia militar permanente modernizando instalaciones abandonadas de la época soviética y construyendo nuevas bases que son un modelo de ingeniería y el establecimiento de una legislación específica para la región, que incluye los asuntos de seguridad marítima y salvamento en caso de accidentes, lo que le permite ejercer un control efectivo sobre los espacios marítimos árticos. Precisamente, el 5 de marzo de 2020 el Kremlin publicó la nueva “Estrategia para el Ártico hasta 2035”, en la que se reafirman como objetivos nacionales la protección de los intereses en la región y la necesidad de estar preparados para responder a los desafíos que se presentan, tanto desde el lado de la geografía como de la explotación de los recursos naturales. Moscú trata de garantizar el ejercicio de su soberanía en un espacio que considera propio amparándose en la Convención de Derecho del Mar de 1982 y, en consecuencia, se arroga competencias exclusivas y excluyentes en el control de la Ruta Marítima del Norte. Para implementar esta estrategia, durante los próximos quince años va a continuar el programa de modernización de las infraestructuras árticas, se modernizará completamente la flota de rompehielos nucleares de la Atomflot, se incrementarán las capacidades militares navales y de defensa aérea y se mejorarán las redes de vigilancia aérea, marítima y submarina, establiendo zonas antiacceso y de denegación de área en ambos extremos y en puntos localizados de la Ruta Marítima del Norte. Y esto nos lleva a nuevas preguntas: ¿se convertirá el Ártico definitivamente en un área de confrontación entre grandes potencias? ¿Están preparadas las potencias occidentales para hacer frente a los cambios que se avecinan en el equilibrio de poder? En el próximo conflicto, el Ártico no será un área de enfrentamiento militar, pero el desenlace del mismo sí que determinará también la distribución del poder en la región.
"Entre dos tierras estás..."
"Entre dos tierras estás..."
DE VUELTAS CON EL ARSENAL NUCLEAR DE CHINA: CUANDO LAS INVENCIONES RAYAN EL DISPARATE
En la entrada anterior del blog afirmaba que el arsenal
nuclear de la República Popular China ejerce una función meramente defensiva y que,
para entenderlo, saberlo o conocerlo es suficiente con repasar sus números –ojivas disponibles,
tipos de vectores y capacidades–, su doctrina nuclear y la política de empleo de las armas
nucleares en caso de guerra.
Es cierto, que el sector militar chino no se rige por los estándares de transparencia e información de los países occidentales, ni tampoco es comparable al conocimiento que se tiene del poderío militar de Rusia, que es debido, principalmente, a la implementación de los acuerdos de desarme –nuclear y no nuclear– que pusieron fin a la Guerra Fría, pero también a la voluntad del Kremlin de divulgar sus capacidades militares como aviso a potenciales adversarios. Sin embargo, en materia nuclear las autoridades chinas tratan de acercarse a los estándares occidentales porque, de esta manera, su arsenal nuclear cumple la función para la que fue creado, que es la de disuadir. Las armas nucleares existen para no ser empleadas, su existencia y la posibilidad de su empleo son suficientes para que no se desencadene un conflicto, ya que un eventual adversario tiene la certeza de que recibirá un daño de proporciones incalculables. Pero, además, Pekín es consciente de la gigantesca brecha que en materia nuclear le separa de las dos grandes potencias nucleares. Por ello, la política nuclear china es sumamente cauta y persigue objetivos no amenazadores, por lo que recibe la denominación de “Estrategia nuclear de autodefensa”, está basada en la posesión de un arsenal “suficiente y efectivo” y solo contempla su uso en caso de que el país sufra un ataque directo con armas nucleares. La doctrina de empleo de estas armas establece una compleja cadena de toma de decisiones que va desde la Comisión Militar Central (CMC), pasando por la Fuerza de Misiles (PLARF) hasta los comandantes de las unidades encargadas del lanzamiento –de los misiles con base en tierra de distintos tipos, de los bombarderos estratégicos y de la aviación de combate–, pero con la particularidad de que las ojivas nucleares no están instaladas o a disposición inmediata de los vectores de lanzamiento, sino que se hallan guardadas en almacenes centralizados y su desplazamiento requiere la autorización expresa de la CMC. Aunque desde la llegada al poder de Xi Jinping en marzo de 2013 se ha producido una centralización en la cúspide en el proceso de adopción de decisiones –la CMC habría dejado de ser un órgano colectivo para convertirse en un mero organismo asesor del jefe del Estado sin poder real–, no cabe duda de que la tradicional desconfianza de los dirigentes del Partico Comunista chino en los mandos militares hace que exista esta disfunción en un arsenal que ha sido creado, precisamente, para la disuasión. De este modo, la fuerza de misiles con capacidad nuclear es extremadamente vulnerable a un primer ataque nuclear tanto de los Estados Unidos como de Rusia y es el origen de las aspiraciones chinas de dotarse de una fuerza nuclear embarcada en submarinos nucleares portamisiles (SSBN) que le den una auténtica y efectiva capacidad de contragolpe –asunto que hemos analizamos en “Los SSBN de la Marina del Ejército Popular de China”, publicado en la Revista General de Marina en diciembre de 2014–.
Con estas mimbres, este mes se han publicado estudios en los que se afirma que China puede igualar a las dos grandes potencias en armas nucleares en 2025 con un arsenal que estaría entre cerca de 1.400 y 2.000 ojivas y una década después entre 3.300 y 5.000. Aunque estos analisiparecen referirse exclusivamente a las ojivas nucleares estratégicas, que se encuentran limitadas legalmente para los Estados Unidos y Rusia por el Tratado de Armas Estratégicas (nuevo START) de abril de 2010 –los datos más recientes se pueden consultar en la entrada ESTADO DE LOS ARSENALES NUCLEARES DE LAS GRANDES POTENCIAS A 1 DE SEPTIEMBRE DE 2019–, no pasan de ser una invención. Se enfatiza que los documentos desclasificados revelan que es muy difícil recopilar información sobre China, cuestión para lo que no se necesita recurrir a documentos desclasificados porque es evidente y manifiesta; se afirma que hasta hace poco, la recopilación y el análisis de esta información no estaban entre las prioridades, cuando se llevan años investigando y analizando estos temas tanto por organismos de inteligencia de las grandes potencias como por analistas especializados; y se asevera que las principales incógnitas son cuántos vectores de armas nucleares desplegará China y cuánto será suficiente.
Pues bien, aunque existen diversas fuentes que analizan el número y capacidades del arsenal nuclear chino, vamos a recurrir a Hans Kristensen y Matt Korda por su solvencia y la persistencia en el tiempo de sus análisis. En el ensayo “Chinese nuclear forces, 2019”, publicado en el Bulletin of the Atomic Scientists de junio de 2019, detallan que el arsenal nuclear chino estaría compuesto por 187 misiles con base en tierra con capacidad para cargar 218 ojivas, 4 SSBN 904 Jin equipados con 16 misiles embarcados (SLBM) JL-2 cada uno con capacidad para 48 ojivas nucleares en conjunto –aunque no se ha podido constatar que hasta ahora hayan llevado a cabo ninguna patrulla de disuasión fuera de aérea– y 20 bombarderos Xian H-6K con capacidad para cargar unas 20 ojivas nucleares en conjunto. La suma de estos componentes da un total de 255 lanzadores y un máximo de 290 ojivas nucleares. Pero, además, esta ratio se incrementado en la última década a un ritmo muy lento y la perspectiva parece mantenerse al observarse una desaceleración en el gasto militar global de China.
El 24 de julio de 2019 se publicó un nuevo Libro Blanco de la Defensa, “Defensa Nacional de China en una nueva era”, que es el documento estratégico más importante divulgado por las autoridades chinas hasta la fecha –lo analizamos en la entrada NUEVO LIBRO BLANCO DE LA DEFENSA DE CHINA de julio de 2019–. La declaración más conocida, o en la que se ha puesto más énfasis en Occidente, es que la reorganización y modernización de las Fuerzas Armadas tiene como objetivo alcanzar las capacidades necesarias para “combatir y ganar guerras”, en el horizonte de 2035. Sin embargo, en materia nuclear se mantienen los principios fundamentales: la política nuclear se basa en la disuasión y la suficiencia, esto es, disponer de un arsenal nuclear mínimo imprescindible para “garantizar la seguridad estratégica nacional”, y la vigencia de la política de no primer uso, incluida una declaración de que no uso de armas nucleares “en ningún momento y bajo ninguna circunstancia” contra Estados no nucleares o zonas declaradas libres de armas nucleares por acuerdos o tratados internacionales. Esto significa que las Fuerzas Armadas chinas deben estar preparadas para enfrentar una guerra con los Estados Unidos o una coalición de países liderados por Washington en el área del Asia-Pacífico en la próxima década. Una guerra que en principio sería convencional, pero que entre potencias nucleares siempre encierra el riesgo de escalada hacia el intercambio nuclear, lo que podría implicar en algún momento el abandono de la política de no primer uso por parte de China –que hemos tratado en la entrada ¿EL PROGRAMA DE SSBN DE CHINA SIGNIFICA EL FIN DE LA POLÍTICA DE NO PRIMER USO? de enero de 2016–.
En consecuencia, como hemos afirmado en otras ocasiones, mientras se mantenga el escenario estratégico actual, Pekín no modificará los principios básicos de su política nuclear, que son la doctrina de no uso de armas nucleares contra Estados no nucleares, la política de no primer uso de armas nucleares en caso de conflicto y el mantenimiento de un número de ojivas nucleares parecido al que tienen Francia y Gran Bretaña, las otras potencias miembros permanentes del Consejo de Seguridad que se dotaron de una fuerza de disuasión nuclear de contragolpe. Por tanto, nada de miles de ojivas nucleares en manos chinas por ahora y tampoco en un futuro próximo... a menos que se quiera agitar el miedo de que viene el lobo.
¡Qué bonito!
Es cierto, que el sector militar chino no se rige por los estándares de transparencia e información de los países occidentales, ni tampoco es comparable al conocimiento que se tiene del poderío militar de Rusia, que es debido, principalmente, a la implementación de los acuerdos de desarme –nuclear y no nuclear– que pusieron fin a la Guerra Fría, pero también a la voluntad del Kremlin de divulgar sus capacidades militares como aviso a potenciales adversarios. Sin embargo, en materia nuclear las autoridades chinas tratan de acercarse a los estándares occidentales porque, de esta manera, su arsenal nuclear cumple la función para la que fue creado, que es la de disuadir. Las armas nucleares existen para no ser empleadas, su existencia y la posibilidad de su empleo son suficientes para que no se desencadene un conflicto, ya que un eventual adversario tiene la certeza de que recibirá un daño de proporciones incalculables. Pero, además, Pekín es consciente de la gigantesca brecha que en materia nuclear le separa de las dos grandes potencias nucleares. Por ello, la política nuclear china es sumamente cauta y persigue objetivos no amenazadores, por lo que recibe la denominación de “Estrategia nuclear de autodefensa”, está basada en la posesión de un arsenal “suficiente y efectivo” y solo contempla su uso en caso de que el país sufra un ataque directo con armas nucleares. La doctrina de empleo de estas armas establece una compleja cadena de toma de decisiones que va desde la Comisión Militar Central (CMC), pasando por la Fuerza de Misiles (PLARF) hasta los comandantes de las unidades encargadas del lanzamiento –de los misiles con base en tierra de distintos tipos, de los bombarderos estratégicos y de la aviación de combate–, pero con la particularidad de que las ojivas nucleares no están instaladas o a disposición inmediata de los vectores de lanzamiento, sino que se hallan guardadas en almacenes centralizados y su desplazamiento requiere la autorización expresa de la CMC. Aunque desde la llegada al poder de Xi Jinping en marzo de 2013 se ha producido una centralización en la cúspide en el proceso de adopción de decisiones –la CMC habría dejado de ser un órgano colectivo para convertirse en un mero organismo asesor del jefe del Estado sin poder real–, no cabe duda de que la tradicional desconfianza de los dirigentes del Partico Comunista chino en los mandos militares hace que exista esta disfunción en un arsenal que ha sido creado, precisamente, para la disuasión. De este modo, la fuerza de misiles con capacidad nuclear es extremadamente vulnerable a un primer ataque nuclear tanto de los Estados Unidos como de Rusia y es el origen de las aspiraciones chinas de dotarse de una fuerza nuclear embarcada en submarinos nucleares portamisiles (SSBN) que le den una auténtica y efectiva capacidad de contragolpe –asunto que hemos analizamos en “Los SSBN de la Marina del Ejército Popular de China”, publicado en la Revista General de Marina en diciembre de 2014–.
Con estas mimbres, este mes se han publicado estudios en los que se afirma que China puede igualar a las dos grandes potencias en armas nucleares en 2025 con un arsenal que estaría entre cerca de 1.400 y 2.000 ojivas y una década después entre 3.300 y 5.000. Aunque estos analisiparecen referirse exclusivamente a las ojivas nucleares estratégicas, que se encuentran limitadas legalmente para los Estados Unidos y Rusia por el Tratado de Armas Estratégicas (nuevo START) de abril de 2010 –los datos más recientes se pueden consultar en la entrada ESTADO DE LOS ARSENALES NUCLEARES DE LAS GRANDES POTENCIAS A 1 DE SEPTIEMBRE DE 2019–, no pasan de ser una invención. Se enfatiza que los documentos desclasificados revelan que es muy difícil recopilar información sobre China, cuestión para lo que no se necesita recurrir a documentos desclasificados porque es evidente y manifiesta; se afirma que hasta hace poco, la recopilación y el análisis de esta información no estaban entre las prioridades, cuando se llevan años investigando y analizando estos temas tanto por organismos de inteligencia de las grandes potencias como por analistas especializados; y se asevera que las principales incógnitas son cuántos vectores de armas nucleares desplegará China y cuánto será suficiente.
Pues bien, aunque existen diversas fuentes que analizan el número y capacidades del arsenal nuclear chino, vamos a recurrir a Hans Kristensen y Matt Korda por su solvencia y la persistencia en el tiempo de sus análisis. En el ensayo “Chinese nuclear forces, 2019”, publicado en el Bulletin of the Atomic Scientists de junio de 2019, detallan que el arsenal nuclear chino estaría compuesto por 187 misiles con base en tierra con capacidad para cargar 218 ojivas, 4 SSBN 904 Jin equipados con 16 misiles embarcados (SLBM) JL-2 cada uno con capacidad para 48 ojivas nucleares en conjunto –aunque no se ha podido constatar que hasta ahora hayan llevado a cabo ninguna patrulla de disuasión fuera de aérea– y 20 bombarderos Xian H-6K con capacidad para cargar unas 20 ojivas nucleares en conjunto. La suma de estos componentes da un total de 255 lanzadores y un máximo de 290 ojivas nucleares. Pero, además, esta ratio se incrementado en la última década a un ritmo muy lento y la perspectiva parece mantenerse al observarse una desaceleración en el gasto militar global de China.
El 24 de julio de 2019 se publicó un nuevo Libro Blanco de la Defensa, “Defensa Nacional de China en una nueva era”, que es el documento estratégico más importante divulgado por las autoridades chinas hasta la fecha –lo analizamos en la entrada NUEVO LIBRO BLANCO DE LA DEFENSA DE CHINA de julio de 2019–. La declaración más conocida, o en la que se ha puesto más énfasis en Occidente, es que la reorganización y modernización de las Fuerzas Armadas tiene como objetivo alcanzar las capacidades necesarias para “combatir y ganar guerras”, en el horizonte de 2035. Sin embargo, en materia nuclear se mantienen los principios fundamentales: la política nuclear se basa en la disuasión y la suficiencia, esto es, disponer de un arsenal nuclear mínimo imprescindible para “garantizar la seguridad estratégica nacional”, y la vigencia de la política de no primer uso, incluida una declaración de que no uso de armas nucleares “en ningún momento y bajo ninguna circunstancia” contra Estados no nucleares o zonas declaradas libres de armas nucleares por acuerdos o tratados internacionales. Esto significa que las Fuerzas Armadas chinas deben estar preparadas para enfrentar una guerra con los Estados Unidos o una coalición de países liderados por Washington en el área del Asia-Pacífico en la próxima década. Una guerra que en principio sería convencional, pero que entre potencias nucleares siempre encierra el riesgo de escalada hacia el intercambio nuclear, lo que podría implicar en algún momento el abandono de la política de no primer uso por parte de China –que hemos tratado en la entrada ¿EL PROGRAMA DE SSBN DE CHINA SIGNIFICA EL FIN DE LA POLÍTICA DE NO PRIMER USO? de enero de 2016–.
En consecuencia, como hemos afirmado en otras ocasiones, mientras se mantenga el escenario estratégico actual, Pekín no modificará los principios básicos de su política nuclear, que son la doctrina de no uso de armas nucleares contra Estados no nucleares, la política de no primer uso de armas nucleares en caso de conflicto y el mantenimiento de un número de ojivas nucleares parecido al que tienen Francia y Gran Bretaña, las otras potencias miembros permanentes del Consejo de Seguridad que se dotaron de una fuerza de disuasión nuclear de contragolpe. Por tanto, nada de miles de ojivas nucleares en manos chinas por ahora y tampoco en un futuro próximo... a menos que se quiera agitar el miedo de que viene el lobo.
¡Qué bonito!
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