«LAS ASPIRACIONES DE LA INDIA COMO POTENCIA NUCLEAR NAVAL Y SU FUERZA DE SSBN»

Este es el título del ensayo más reciente publicado en la Revista General de Marina (publicación oficial del Ministerio de Defensa de España) correspondiente al mes de julio de 2019. Este artículo trata de dar respuesta a varias cuestiones que se plantean sobre el programa nuclear de la India: ¿por qué necesita la India disponer de capacidad de contragolpe nuclear? ¿Cómo consigue disponer de una flota de submarinos nucleares portamisiles un Estado que no es miembro permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas ni forma parte del Tratado de No Proliferación Nuclear? ¿Dispone la India de capacidad real de despliegue de esa fuerza de combate nuclear embarcada? Para tratar de dar respuesta a estas preguntas, después de una breve introducción, examinamos el desarrollo del programa de armas nucleares de la India, la política nuclear y la doctrina de empleo de armas nucleares, el programa Advanced Technology Vessel para la obtención de SSBN, el establecimiento de un sistema de posicionamiento satelital autónomo para los SSBN y la primera patrulla de un SSBN indio, que dio a conocer el Primer Ministro Narendra Modi el 5 de noviembre de 2018.
Adjunto la referencia bibliográfica completa: Pérez Gil, L.: "Las aspiraciones de la India como potencia nuclear y su fuerza de SSBN”, Revista General de Marina, t. 277, julio de 2019, pp. 91-103.
El texto completo está disponible en el sitio web de la RGM.

“THE GAME IS OVER”: EL FIN DEL TRATADO INF

El 2 de agosto de 2019 tuvo lugar un evento histórico de especial relevancia. Ese día terminó su vigencia el Tratado de Misiles de Corto y Medio Alcance (Tratado INF), firmado por el presidente Ronald Reagan y el premier Mikhail Gorbachov en Washington el 7 de diciembre de 1987. Este acuerdo permitió por primera vez la eliminación de una categoría completa de armamento nuclear e inició una etapa de distensión y confianza mutua entre las dos grandes superpotencias nucleares que, en última instancia, abrió la puerta al fin de la Guerra Fría –una guerra no declarada pero extremadamente violenta en el número de conflictos indirectos y bajas que provocó–. De este modo, en agosto de 1990, Moscú apoyó el uso de la fuerza por parte de una coalición internacional ad hoc para desalojar al Ejército iraquí de Kuwait con la aprobación de la histórica Resolución 678 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Los acontecimientos posteriores los conocemos: golpe de Estado contra Gorbachov en agosto de 1991, desintegración de la Unión Soviética y restablecimiento del Estado ruso en diciembre de 1991 e inicio de una nueva etapa de las relaciones internacionales, que en su momento denominamos de hegemonía imperfecta, y que trajo consigo la globalización, la nueva sociedad de la información y la expansión de internet y un nuevo ciclo de expansión económica del sistema capitalista ya globalizado. Todo ello bajo la égida de los Estados Unidos. En este período se mantuvo el régimen de no proliferación y desarme nuclear del final de la Guerra Fría y nadie lo puso en duda, sencillamente porque no había oponentes. Sin embargo, el inicio de la Guerra Global contra el Terrorismo trajo consigo un acontecimiento llamativo: el abandono por parte de los Estados Unidos del Tratado de Misiles Antibalísticos (Tratado ABM) de 26 de mayo de 1972. No había razones de seguridad realmente de peso para que Washington adoptara esa medida, anunciada por el presidente Bush el 13 de diciembre de 2001; simplemente se trataba de tener las manos libres para disponer de los sistemas antimisiles que estaba desarrollando, tanto embarcados como con base en tierra, y que como hemos visto después se han desplegado en territorio extranjero y muy cerca de las fronteras de Rusia, como es el THAAD en Corea del Sur y los sistemas antimisiles Aegis Ashore con base en tierra en Rumanía y próximamente en Polonia y los embarcados con base en Rota (España). Precisamente Rusia consideró que la instalación de estos sistemas antimisiles cerca de sus fronteras representaba una amenaza directa a su seguridad porque podía menoscabar la capacidad de combate de sus fuerzas nucleares estratégicas, que son el pilar de la defensa estratégica. La retirada de los Estados Unidos del Tratado ABM puso, de nuevo, sobre la mesa la opción de un ataque nuclear preventivo o anticipatorio. La respuesta rusa era esperable. Comenzó a desarrollar nuevos misiles de crucero con base en tierra que fueran capaces de batir en un primer ataque estas instalaciones consideradas ofensivas. Y este es el argumento que necesitaban en Washington para abandonar el Tratado INF: tener las manos libres para desarrollar nuevos sistemas de misiles en los rangos no permitidos por el Tratado, es decir, de 500 a 5.500 kms. de alcance. El objetivo declarado por la Administración Trump es poder responder a los desarrollos que en este campo han hecho otras potencias. Es decir, el mismo argumento esgrimido cuando se abandonó el Tratado ABM. También han afirmado que tienen que responder al agresivo programa de desarrollo de misiles crucero que tiene en marcha China ­–es es la única potencia nuclear que sigue aumentando su arsenal y continúa desarrollando nuevos vectores de lanzamiento–. Esto motiva que a nivel político estén dispuestos, supuestamente, a negociar un tratado de control de armas nucleares global que incluya a China. Sin embargo, este planteamiento es rechazado oficialmente por Pekín, que no quiere oír hablar para nada de un tratado internacional que limite las capacidades de sus Fuerzas Armadas en una etapa en la que busca alcanzar la capacidad “para combatir y ganar guerras”, como dice el reciente Libro Blanco de la Defensa publicado el 24 de julio de 2019. Los intereses de los Estados Unidos son manifiestos, así como los de China. En medio, Rusia defiende la vigencia del último acuerdo de limitación de armas nucleares, el Tratado de Armas Estratégicas (Nuevo Tratado START), firmado en Praga el 8 de abril de 2010, y lo hace por varios motivos: el primero es el mantenimiento de su posición de co-garante del régimen de seguridad global junto con Washington; el segundo, es la defensa a ultranza de la política de paridad y equilibro estratégico con los Estados Unidos, que es el fundamento de su estrategia de seguridad nacional; y tercero, es que no quiere incurrir en una nueva carrera de armamentos con consecuencias desastrosas para todos los implicados –en este sentido se manifiesta la parte china en el Libro Blanco de la Defensa citado–. Por eso, Rusia ha propuesto una moratoria al despliegue de misiles de crucero en Europa. Pero los próximos tiempos son complejos: ¿veremos un acuerdo multilateral de control de armas nucleares? ¿Se logrará al menos un nuevo tratado general de armas nucleares entre los Estados Unidos y Rusia? O quizás, ¿lo único que queda es la destrucción del régimen de seguridad global vigente? En mi opinión, quedará un único dique de contención a la alternativa de un mundo sin normas: la existencia del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Este es el órgano internacional en el que se conciertan las grandes potencias en los principales asuntos de seguridad mundial. El derecho de veto es el reconocimiento de ese estatuto privilegiado entre ellos. Por eso Rusia lo defiende enconadamente, y también China, que se autodeclara potencia que “siempre ha amado la paz” –de nuevo, véase el Libro Blanco de la Defensa de 2019­–. Pero como hemos visto en los años recientes, cuando el Bloque Occidental considera que el Consejo de Seguridad no responde a sus intereses tiende a sortearlo, o simplemente pasa por encima, amparado en principios como intervención humanitaria o la injerencia por motivos humanitarios no aceptados con carácter general pero que han justificado intervenciones militares como en Kosovo, Irak, Libia o Siria, con los resultados que todos conocemos.

NUEVO LIBRO BLANCO DE LA DEFENSA DE CHINA

El 24 de julio de 2019 el gobierno chino hizo público el nuevo documento de seguridad nacional de China denominado "Defensa Nacional de China en una Nueva Era", también conocido como Libro Blanco de la Defensa de China. Aunque se trata de un documento que debe ser analizado pausadamente, podemos adelantar los temas fundamentales. El primero es el reforzamiento del control político del Partido Comunista Chino sobre las Fuerzas Armadas –denominadas históricamente Ejército Popular de Liberación, o ELP por sus siglas en inglés– conforme al «principio general de que la Comisión Militar Central (CMC) ejerce el liderazgo completo” sobre el estamento militar. Para ello se ha creado un nuevo órgano denominado Comisión de Inspección Disciplinaria que depende directamente de la CMC. Pero, en la China actual esto significa la concentración del poder en la cumbre en la persona del presidente Xi Jinping, que aspira a ejercer un liderazgo férreo sobre las principales estructuras políticas del Estado, porque con Xi, la CMC ha dejado de ser un órgano colegiado, aunque formalmente parezca que mantiene dicha estructura, para convertirse en un órgano asesor del jefe del Estado, que ostenta el poder político. Por ello, las apelaciones a la CMC deben entenderse en cuanto al ejercicio del liderazgo y la adopción de decisiones al presidente Xi, incluido lo relativo a la decisión de usar las armas nucleares, como veremos a continuación. Segundo, la culminación de la reorganización de las Fuerzas Armadas en seis componentes, que son el Ejército de Tierra (PLAA), la Marina (PLAN), la Fuerza Aérea (PLANAF), la Fuerza de Cohetes (PLARF), la Fuerzas de Apoyo Estratégico (PLASSF) y la Fuerza Conjunta de Apoyo Logístico (PLAJLSF), y la creación de cinco nuevos Mandos de Teatro (TC), que siguiendo el modelo ruso constituyen mandos estratégicos conjuntos que agrupan todas las fuerzas militares en la respectiva demarcación militar tanto en tiempo de paz como en caso de guerra: Oriental, Sur, Occidental, Norte y Central. El objetivo declarado de las reformas militares es disponer de unas Fuerzas Armadas «capaces de combatir y ganar guerras». El tercer tema es el mantenimiento de la política de no primer uso de armas nucleares, incluida la declaración de que China no empleará armas nucleares «en ningún momento y bajo ninguna circunstancia» contra Estados no nucleares o situados en zonas declaradas libres de armas nucleares. La política nuclear china se continuará basando en los principios de disuasión y suficiencia, para lo que mantendrá un arsenal nuclear mínimo que sea imprescindible para «garantizar la seguridad estratégica nacional».

LA APUESTA FRANCESA POR LA SUPREMACÍA ESTRATÉGICA: SUBMARINOS NUCLEARES CON MISILES GUIADOS Y SATÉLITES ESPACIALES

En la entrada FRANCIA Y LA MILITARIZACION DEL ESPACIO del mes de febrero de 2019 comentamos en informe aprobado por la Asamblea Nacional francesa el 15 de enero de 2019 sobre las necesidades del sector espacial de defensa en el que se destacaba la casi absoluta dependencia de la estructura socioeconómica nacional de los sistemas de espaciales hasta el extremo de indicar que ya “no podemos prescindir de ellos”. La preocupación de los diputados franceses surgió por las informaciones cada vez más preocupantes de que otras potencias se están dotando con aparatos espaciales que son capaces ­­–o lo serán en un espacio de tiempo muy breve– de interferir, controlar, manipular y destruir otros satélites en el espacio al extremo de afirmar que “la guerra en el espacio ha comenzado y Francia debe saber realizar acciones ofensivas”. Por tanto, Francia se enfrenta a un escenario de vulnerabilidad de sus sistemas espaciales que debe ser atajado o, al menos, contrarrestado. En el documento parlamentario se establecen los pasos, las infraestructuras, los medios y los recursos necesarios para construir una respuesta nacional creíble, es decir, tener la capacidad de “neutralizar una amenaza en el espacio”, y entre ellos se proponía la creación de un organismo militar independiente dedicado a la defensa de los satélites espaciales. Sobre la base de estas propuestas el presidente Macron anunció durante el discurso conmemorativo de la Fiesta Nacional del 14 de julio de 2019 la creación de un nuevo Mando Espacial dentro de las Fuerzas Armadas. La misión de este nuevo mando militar, que se pondrá en marcha el próximo mes de septiembre, es la protección de los satélites que Francia tiene en el espacio, lo que, en palabras del presidente, es una “auténtica cuestión de seguridad nacional”. Y, parece que siguiendo la estela de otros visionarios dirigentes mundiales, ha anunciado que se convertirá en el germen de las futuras Fuerzas Aeroespaciales nacionales, que tendrán el cometido de garantizar la defensa de los intereses nacionales en los espectros aéreo y espacial del conflicto. Debemos recordar que el presidente Macron estuvo dos días antes en Cherburgo donde asistió a la botadura oficial –la no oficial se producirá a finales de este mismo mes– del primer submarino nuclear de ataque de la nueva clase Barracuda, bautizado Suffren, y que dotará por primera vez a las Fuerzas Submarinas de la Marine Nationale de la capacidad de lanzamiento de misiles de crucero de largo alcance. Por sus declaraciones parece que el presidente Macron ha entendido rápidamente una regla básica de la guerra posmoderna: la efectividad de las armas guiadas de precisión depende de la existencia de un sistema de comunicaciones espaciales autónomo que no pueda ser apagado por terceros –y que ya existe gracias al programa europeo Galileo– y de la capacidad de mantener la integridad de ese sistema en caso de conflicto. Por eso planteamos en una entrada anterior en qué punto de degradación de dichos sistemas comenzarían las grandes potencias a activar las defensas estratégicas. En realidad, en un mundo crecientemente multipolar se complicada cada vez más la ecuación de la estabilidad estratégica.

¿NUEVOS SATÉLITES INSPECTORES RUSOS EN EL ESPACIO?


Cinco días después del lanzamiento de un cohete propulsor que puso en el espacio treinta y tres satélites espaciales que analizamos en la entrada anterior, el 10 de julio de 2019 el Ministerio de Defensa ruso anunció que las Fuerzas Espaciales (KO) habían llevado a cabo el lanzamiento de un cohete Soyuz-2.1v equipado con una etapa superior Volga desde el cosmódromo de Plesetsk que llevaba a bordo cuatro aparatos espaciales destinados a "estudiar los efectos de factores naturales y artificiales del espacio exterior en las naves espaciales de la agrupación de satélites rusa". Poco después, el Ministerio de Defensa consiguió establecer comunicaciones estables con los aparatos y asumió el control operacional de los mismos, que recibieron las denominaciones estándar de Cosmos-2535 a 2538. Esta declaración del Departamento de Comunicación del Ministerio de Defensa ruso en su sitio web oficial y el hecho de que no hubiera notificación previa del lanzamiento como es habitual –de hecho, ni se comunicaron las habituales NOTAM para la restricción de los vuelos comerciales en la zona–, indica que se trató de un lanzamiento clandestino, que podría estar relacionado con el programa de inspección espacial y vigilancia satelital de Rusia o programa Nivelir. Este programa de "satélites inspectores" fue puesto en marcha secretamente por el Ministerio de Defensa en junio de 2017 con el lanzamiento de los satélites Cosmos-2519 y 2521 y posteriormente con el Cosmos-2523 –ha habido una gran confusión con la denominación de estos aparatos que posiblemente se hizo de forma intencionada– que empezaron a maniobrar en órbita para simular una nave espacial de inspección que recopilaba datos sobre los activos de vehículos espaciales de una potencia extranjera. La existencia de este programa fue reconocida oficialmente por el Ministro de Defensa, general Sergei Shoigú, el 23 de agosto de 2017 como comentamos en el blog en la entrada COHETES Y MÁS COHETES de diciembre de 2017. Estos aparatos espaciales se han diseñados y puesto en órbita con la misión de acercarse a otros satélites u objetos espaciales –por ejemplo, satélites fuera de servicio, restos de lanzamientos anteriores o simplemente basura espacial–, pero aclarando que siempre que se trate de objetos nacionales (sic), según precisó el propio Ministerio de Defensa. Esta declaración quizás ha llevado más temor que certidumbre a los destinatarios de la misma, que no son otros que otras potencias espaciales, como vimos con el informe de la Asamblea Nacional francesa sobre capacidades espaciales nacionales en la entrada FRANCIA Y LA MILITARIZACIÓN DEL ESPACIO de febrero de 2019. A la luz de estos y otros desarrollos -los Estados Unidos están inmersos en un programa espacial secreto liderado por el programa X-37B  no cabe ninguna duda de que nos hallamos inmersos en una auténtica carrera espacial que tiene dos objetivos: por un lado, disponer de las capacidades necesarias para atacar y destruir sistemas espaciales ajenos en caso de conflicto abierto y, por otro, mantener y asegurar la supervivencia de los sistemas propios. Lo que cabe preguntarse es hasta qué punto las grandes potencias consideran la integridad de su sistema espacial como cassus belli en la escalada del conflicto, es decir, en qué punto de degradación de los sistemas espaciales comenzarían a activarse los sistemas de defensa estratégica. Porque tampoco nadie duda a estas alturas que la existencia del Estado depende de la integridad de sus sistemas de comunicaciones que, a su vez, están garantizadas por constelaciones de satélites estacionados en el espacio. Es un tema complejo y que generará grandes debates en los próximos años según se vaya acercando el momento del enfrentamiento definitivo por la hegemonía.

Hasta tocar las estrellas...

QUINTO LANZAMIENTO DESDE EL COSMÓDROMO DE VOSTOCHNY Y OTRAS OPERACIONES DESDE PLESETSK Y BAIKONUR

El 5 de julio de 2019 Roscosmos lanzó con éxito desde el nuevo cosmódromo de Vostochny un cohete Soyuz-2.1b que puso en órbita el satélite de detección meteorológica Meteor-M 2-2, que cubre el hueco que dejó el satélite homónimo Meteor-M 2-1, lanzado en noviembre de 2017 y que se perdió debido a un fallo catastrófico de la etapa impulsora Fregat-M.  El nuevo satélite está diseñado para captar imágenes globales y locales de las nubes, la superficie terrestre, el hielo y la cubierta de nieve en los rangos visible, infrarrojos y de microondas con la finalidad de suministrar información precisa a los servicios meteorológicos nacionales. En la misma misión se pusieron en órbita otros treinta y dos satélites y equipos espaciales de los Estados Unidos, Reino Unido, Alemania, Tailandia y la República Checa (satélite Lucky-7 desarrollado con capital privado por investigadores de la Universidad Técnica de Praga) y de varias universidades de Alemania Ecuador, Estonia y Francia y Rusia. Se trata del quinto lanzamiento efectuado desde Vostochny y el primero de naturaleza civil –el primer lanzamiento se realizó el 28 de abril de 2016–, de modo que, además de paliar la pérdida de noviembre de 2017, supone un impulso para el nuevo cosmódromo Vostochny (Космодром Восточный, Kosmodrom Vostochny), que se ha construido en un tiempo récord sobre una antigua base de cohetes estratégicos en la región del Amur, en el Extremo Oriente ruso. Este es un proyecto estrella del programa espacial ruso, destinado a conseguir la independencia total en el lanzamiento de cohetes espaciales, porque hasta ahora Rusia sigue necesitando el cosmódromo de Baikonur, que desde 1991 pertenece a Kazajistán. De este modo, Rusia dispondrá de dos instalaciones principales de lanzamiento: por un lado, el sitio de Plesetsk, situado en la región de Arkhangelsk, en el norte de la Rusia europea, y el nuevo centro de Vostochny. La inversión ha sido enorme y no ha estado exenta de problemas, incluida una huelga de trabajadores de empresas constructoras subcontratadas que requirió la intervención del mismo presidente Putin. Rusia tiene actualmente tres programas nacionales de desarrollo prioritarios: el Ártico, el del Extremo Oriente y el espacial, y con el proyecto del cosmódromo de Vostochny apuntala los dos últimos programas, puesto que se espera que Vostochny se convierta en un polo de atracción de inversión de empresas públicas y privadas y de personal altamente especializado, que vendría a paliar la curva demográfica negativa que sufre esta parte del país en los últimos quince años. Para reforzar la prioridad del sector espacial como motor de desarrollo del país el presidente Putin nombró el 24 de mayo de 2018 a Dmitry Rogozin, uno de los hombres de confianza de Kremlin, como nuevo director de Roscosmos, hasta entonces viceprimer ministro de Defensa desde 2011.
El 13 de julio de 2019, después de varios aplazamientos, un cohete Protón-M, que despegó de Baikonur, se encargó de poner en órbita el observatorio espacial germano-ruso Spektr-RG que tiene como misión estudiar el universo visible en el rango de los rayos x, crear un mapa detallado y localizar agujeros negros en el espacio. El 20 de julio despegó también desde Baikonur un cohete Soyuz-FG con tres cosmonautas que volaron hasta la Estación Espacial Internacional (EEI) a bordo de una nave rusa Soyuz MS-13. Diez días después, el 30 de julio se lanzó desde Plesetsk un cohete portador Soyuz-2.1a que puso en órbita un nuevo satélite de la serie Meridian para el Ministerio de Defensa -sistemas de los que ya hemos dado cuenta en entradas anteriores-. Finalmente, el 31 de julio otro cohete Soyuz-2.1 despegó de Baikonur con una nave automatizada de carga Progress con suministros y equipos para la EEI.

LOS INTENTOS DE REORGANIZACIÓN DEL SISTEMA INTERNACIONAL: PUTIN Y TRUMP SE REÚNEN EN OSAKA

El 28 de junio de 2019 los presidentes de los Estados Unidos, Donald Trump, y de Rusia, Vladimir Putin, se reunieron en Osaka –donde se estaba celebrando la enésima cumbre del grupo de las economías más desarrolladas, y algunas de las más vistosas, que conocemos como G-20- para tratar de concertarse en la resolución de los principales asuntos internacionales. Putin y Trump hablaron de los conflictos de Siria y Ucrania, de la crisis política de Venezuela, de la disputa de los Estados Unidos con Irán por el programa nuclear, de estabilidad estratégica y desarme nuclear y de negociaciones comerciales bilaterales. El fantasma de las sanciones comerciales occidentales contra Rusia por la anexión de Crimea y la intervención en la guerra en el Donbass planeó durante la reunión pero la parte rusa no le dio más importancia; Putin enfatizó que “si hay interés, responderemos fácilmente de la misma manera y haremos todo los posible para mejorar la situación”. Recordemos que el presidente Trump acudió a la cumbre del G-7 –este grupo reúne a los occidentales grandes de verdad- de Quebec de junio de 2018 con la idea de plantear a los aliados occidentales el reconocimiento de la anexión de Crimea. El resultado inevitable de este acontecimiento con una Rusia que conduce su política exterior conforme a los principios estrictos de la política de poder sería la resolución del conflicto en Ucrania oriental y el levantamiento de las sanciones comerciales vigentes desde la primavera de 2014. Pero, tanto la fuerte oposición política interna, incluida la de amplios sectores del establishment de Washington, como la de los aliados europeos –“los valores deben primar”, dirían algunos-, impidió sacar adelante este plan.
Por eso, el presidente Trump salió a la carrera hacia Singapur para encontrarse con su “amigo” Kim Jong-un. Y es comprensible: los aliados occidentales en Asia-Pacífico muestran otro talante hacia las iniciativas políticas del presidente Trump, ansiosos de seguridad y de garantías frente a una China que marcha sin freno hacia el choque por la hegemonía. Los Estados Unidos lideran el Bloque occidental sin discusión –Europa continúa ausente de los grandes asuntos internacionales en un mundo de grandes potencias, como seguiremos viendo en los próximos meses si Alemania no lo remedia- y Rusia mantiene su estatuto de gran potencia político-militar que defiende su influencia preferente en el denominado “extranjero cercano”, pero que no disputa la hegemonía global americana. Entonces es fundamental concentrase en solucionar las relaciones mutuas porque a largo plazo el máximo oponente y adversario decisivo será China. Y como la historia indica –es una regla del sistema internacional- las grandes potencias resuelven de forma definitiva sus disputas por la hegemonía con una guerra –el final de la Guerra Fría es la excepción que confirma esta aseveración-. Y en esa guerra Rusia debe sumar en el lado occidental. La decisión de emprender una guerra por la hegemonía no se puede permitir la indeterminación política de un potencial amigo que podría engrosar las filas del oponente; en este sentido, es preciso recordar el inesperado y sorprendente pacto Ribbentrop-Molotov de 23 de agosto de 1939 que cambió la historia. Por ello, es muy importante la noticia anunciada posteriormente de que ambos presidentes dieron instrucciones a sus respectivos ministros de Asuntos Exteriores para que comiencen a entablar consultas sobre la renovación del Nuevo Tratado START, el único tratado internacional entre los Estados Unidos y Rusia que limita las armas nucleares. Del Tratado INF ya no habla ninguno de los dos, porque no les interesa mantenerlo en vigor, como hemos argumentado en varios lugares; solo la Alianza Atlántica sigue insistiendo en que “Rusia tiene toda la responsabilidad”, como si este fuera un asunto prioritario de seguridad para los Estados Unidos, lo que pone de manifiesto, de nuevo, que los dirigentes europeos siguen sin enterarse dónde se juegan los principales asuntos mundiales. Porque el mundo parece inevitablemente abocado a la guerra.