«EQUILIBRIO MUNDIAL, ESTABILIDAD ESTRATÉGICA Y UNIÓN EUROPEA EN LA DÉCADA 2020-2030»

Este es el título de la ponencia que presenté en el Simposio de Seguridad Internacional de las VI Jornadas de Estudios Internacionales “Pasado, presente y futuro” organizadas por el Instituto de Estudios Avanzados (IDEA) de la Universidad de Santiago de Chile del 28 al 30 de octubre de 2020. 

La ponencia surgió como consecuencia de las reflexiones en voz alta con varios colegas sobre las palabras contenidas en un discurso que pronunció el presidente Macron en la Escuela Militar de París el 7 de febrero 2020, donde planteó que los Estados miembros de la Unión Europea (UE) no podían permanecer solamente como meros espectadores ante la carrera de armamentos que se puede desatar en breve plazo si los Estados Unidos y Rusia terminan deshaciéndose del tratado Nuevo START, que finaliza el 5 febrero de 2021. El Nuevo START es el último instrumento legal de limitación de armas nucleares que permanece en vigor de todo el entramado de acuerdos y tratados internacionales firmados por los Estados Unidos y la Unión Soviética a finales de los años ochenta y que pusieron fin a la Guerra Fría. Este conjunto de normas, reglas y procedimientos de adopción de decisiones crearon el régimen de estabilidad estratégica que ha mantenido la paz y la seguridad mundiales hasta ahora. Sin embargo, parece que en la etapa de transición de la hegemonía imperfecta al mundo posmoderno -se aceptan todas las denominadas sugeridas por la Academia para la nueva era, aunque siga sin haber consenso sobre el término- Washington y Moscú ahora están de acuerdo en terminar con los acuerdos de desarme, porque estiman que ya no sirven a sus intereses de seguridad. A pesar de que, ambas, tengan intereses de seguridad mundiales. También hablamos de la competencia global entre los Estados Unidos y la China comunista y afirmamos que es indispensable alcanzar un nuevo acuerdo entre las grandes potencias que mantenga la estabilidad del sistema porque, sencillamente, las partes que lo componían cambiaron en el arranque del siglo XXI. Este planteamiento teórico enlaza, de nuevo, con las ideas expuestas por el presidente Macron en París: el sistema internacional actual es lo suficientemente complejo -y podemos añadir "peligroso"- como para que los europeos no deban permanecer silenciosos, si quieren representar un papel importante o formar parte del nuevo Directorio mundial. Partimos de la hipótesis de que los Estados Unidos no van a continuar garantizando la seguridad europea, porque cambian sus intereses hacia el área del Asia-Pacífico. En consecuencia, parece imperioso acometer la creación de una auténtica defensa europea, o quedar en la inanición ante la lucha por el poder entre las grandes potencias que tendrá lugar a lo largo de esta década. Para ello, todos los socios europeos deben sumarse a un proyecto político común, que cuente con una estrategia exterior común que se manifieste en todas las organizaciones y foros internacionales, con coherencia y con funcionarios bien preparados y dispuestos a defender el interés común de los Estados miembros y no una difusa idea de federalismo transnacional que ni quieren ni entienden los pueblos de Europa -en este sentido, la retirada del Reino Unido debería ser un acicate para comprender las fuerzas subyacentes que existen más allá del entramado burocrático de Bruselas-. Se requiere un liderazgo europeo que fusione intereses y voluntad, que apueste por la paz y el multilateralismo, pero que al mismo tiempo sea capaz de erigir una defensa común autónoma y creíble y para conseguirlo es ineludible el debate sobre las armas nucleares y la política de empleo de las mismas. En la parte final de la ponencia proponemos tres escenarios para la próxima década: uno en el que la UE se mantiene como hasta ahora: sin capacidad de acción; el probable, con una Unión que ha avanzado hasta convertirse en un actor asertivo pero sin alcanzar influencia real en los asuntos estratégicos -el núcleo del régimen de seguridad internacional-; y un tercero, improbable pero no que no debemos descartar, en el que, como consecuencia de la ruptura del régimen de seguridad global, la UE aparece como un actor estratégico dotado con un sistema de disuasión nuclear propio, que coincide con la propuesta francesa. Mientras tanto, las grandes potencias del sistema global avanzan cada vez más hacia políticas nacionales y a soluciones bilaterales para implementar sus propios intereses nacionales en la sociedad internacional.  

El programa de las IV Jornadas de Estudios Internacionales puede consultarse en el sitio web del IDEA y las ponencias se publicarán más adelante, lo que informaremos oportunamente.  

The Sound of Silence.

DOS LIBROS DE GEOPOLITICA PARA EL ANALISIS ESTRATEGICO DE UNA NUEVA ERA

Casi ochenta años separan estas dos obras maestras sobre geopolítica, la de Siebert El Atlántico. Geopolítica de un océano (1942), alumbrada en el momento cumbre de estos estudios, y la de Friedman Los próximos cien años (2010), que apareció en una etapa de transición de la sociedad internacional, después de la etapa de la hegemonía imperfecta hacia un nuevo período para el que, desafortunadamente, todavía no existe una denominación generalmente aceptada, a pesar de las propuestas realizadas -posmodernismo, sociedad posmoderna, sociedad de la información y otras-. Ambos períodos de alumbramiento de estas obras se caracterizaron por un renovado uso de la fuerza en las relaciones internacionales, donde los Estados trataron de imponer sus intereses nacionales por medio de las crisis, el conflicto y la violencia, y a los que se han sumado en fechas recientes actores no estatales que disputan a los gobiernos espacios territoriales. Sin embargo, estos actores sucumben ante el uso intensivo del poder militar por parte de los Estados como demuestra ejemplarmente el final de la guerra de Siria -otros casos pueden ser más discutibles, pero en todos los que podamos pensar, el poder del Estado se autolimitó en el uso de la violencia, y aunque podemos discutir las motivaciones, esta es una aseveración que recoge precisamente Friedman para la guerra de Afganistán… hace diez años-. Ambos libros beben en las fuentes del realismo político y no hay ninguna duda en adscribirlos a dicha escuela de pensamiento de las Relaciones Internacionales: el poder y el Estado son los dos factores fundamentales en los que enmarcan sus respectivos estudios y, además, les sirven para establecer sus tesis y formular sus conclusiones. Pero es que, además, ambos libros son de extraordinaria actualidad. Cuando no se habla más que del Asia-Pacífico como nueva zona de crecimiento, expansión e influencia y como espacio de un próximo enfrentamiento entre las grandes potencias, la reivindicación del Atlántico que realizó Siebert mantiene toda su vigencia y nos sitúa en las tesis de una nueva frontera -un mar, un océano- que se abre al mundo y que, con el descubrimiento de nuevas tierras como fuente de recursos, cambia, en muy pocos años, la historia de la Humanidad desde ese momento y para siempre. Pues bien, estamos a las puertas de una nueva era, como define muy bien Friedman en la extraordinaria obra que comentamos en estas líneas, el nuevo océano es el espacio que, junto con la aplicación de la robótica y la inteligencia artificial (IA) basada en los desarrollos de la sociedad de la información, llevarán a los principales actores políticos, los Estados, a una nueva era de lucha por el poder y la paz, en la geminal definición de Morgenthau sobre la interacción de las grandes potencias en el sistema internacional. Las estaciones espaciales de las que habla Friedman en su libro son las carabelas con las que portugueses y españoles conquistaron los océanos haciendo que, por primera vez, la sociedad internacional adquiriera carácter global y las luchas entre las grandes potencias alcanzaran dimensiones extracontinentales. Fue el paso de las grandes potencias terrestres a las marítimas, que tantas pugnas doctrinales produjo en las escuelas de la Geopolítica entre hegemonía del poder terrestre y el poder naval. Cuando Friedman dice, en su obra, que “la próxima guerra comenzará en el espacio” nos está dando las pautas básicas para el surgimiento de un nuevo tipo de potencia que superará los “estrechos” -permítanme la expresión- límites planetarios, porque el salto más allá de la atmósfera terrestre y la aspiración de conquista de otros planetas, asteroides y cuerpos espaciales implica la existencia de un poderío espacial que definirá a las nuevas potencias como tales potencias espaciales. Y esto es, ni más ni menos, lo que se pone de manifiesto con la firma de los denominados Acuerdos Artemis de 13 de octubre de 2020 sobre los principios para la exploración civil y uso de los recursos de la Luna, Marte y otros cuerpos celentes con fines pacífico impulsado por los Estados Unidos al que se han adherido Australia, Canadá, Italia, Japón, Luxemburgo, los Emiratos Árabes Unidos y el Reino Unido -el texto completo está disponible en el sitio web de la NASA-. El director general de la NASA, Jim Bridenstine, declaró que “con la firma de los acuerdos, nos unimos con nuestros socios para explorar la Luna y estamos estableciendo principios vitales que crearán un futuro seguro, pacífico y próspero en el espacio para que toda la humanidad lo disfrute”. Sin embargo, aunque los firmantes declaran que el nuevo acuerdo amplía las normas del Tratado sobre el espacio ultraterrestre adoptado el 27 de enero de 1967, han dejado fuera a Rusia y a China, las otras dos grandes potencias que pugnan con los Estados Unidos por la carrera espacial. Estas potencias no permanecerán quietas ni permitirán una apropiación exclusiva o excluyente de los signatarios del nuevo acuerdo. De este modo, el conflicto ha quedado abierto. Estamos, pues, ante un cambio radical del sistema internacional que se producirá en breve plazo y que, muy probablemente, veremos con nuestros propios ojos. Mientras tanto, leamos a Siebert y a Friedman y aprovechemos sus enseñanzas para el análisis estratégico. 

Referencias bibliográficas completas: Siebert, W.: El Atlántico. Geopolítica de un océano. Editorial Labor. Barcelona, 1942; Friedman, G.: Los próximos cien años. Ediciones Destino. Barcelona, 2010 (trad. de The Next 100 Years. A forecast for the 21st Century. Random House. Nueva York, 2010). 

Artemis.

GUERRA ESPACIAL 2.0: LA AGENCIA DE DESARROLLO ESPACIAL ENCARGA A CUATRO COMPAÑÍAS PRIVADAS LA CONSTRUCCIÓN DE SATÉLITES MILITARES PARA UNA NUEVA CONSTELACIÓN DE ALERTA TEMPRANA CONTRA MISILES

La Agencia de Desarrollo Espacial (SDA) de los Estados Unidos, creada el 12 de marzo de 2019 en el seno del Departamento de Defensa, encargó el 31 de agosto de 2020 a dos compañías privadas los trabajos iniciales de diseño, desarrollo y lanzamiento de constelaciones espaciales compuestas por decenas de satélites con enlaces ópticos entre satélites capaces de enviar y recibir datos de banda ancha hacia y desde otros aparatos espaciales y estaciones terrestres. York Space Systems y Lockheed Martin recibieron sendos contratos por importes de 94,03 y 187,54 millones de dólares para su desarrollo. Posteriormente, el 5 de octubre de 2020 SpaceX y L3 Harris Technologies recibieron otros dos contratos de 149,17 y 193,60 millones de dólares respectivamente para el desarrollo y construcción de ocho nuevos satélites espaciales de alerta temprana contra misiles balísticos e hipersónicos. Estos aparatos integrarán una nueva red de detección espacial denominada Tracking Layer que estará compuesta por veintiocho satélites situados en la órbita baja terrestre (LEO). Las compañías destinatarias de los fondos construirán los nuevos satélites equipados con sensores de infrarrojos persistentes aéreos de amplio espectro destinados a detectar y seguir misiles balísticos e hipersónicos en su fase de disparo y ascenso y dispondrán de enlaces cruzados ópticos que permitirán la trasmisión de datos a satélites del mismo tipo o a otros aparatos desarrollados para otras finalidades. La propuesta de SpaceX se basa en el aparato Starlink, diseñado para la constelación planetaria de internet banda ancha que la compañía está poniendo actualmente en el espacio y que se estima que alcanzará los 42.000 satélites operativos a finales de esta década -véase en el sitio web de Starlink-. Los ocho satélites militares encargados por la Agencia de Desarrollo Espacial deberán estar entregados en septiembre de 2022. De este modo, vemos como el Departamento de Defensa de los Estados Unidos continúa modernizando y actualizando sus sistemas de detección espacial con aparatos y equipos cada vez más avanzados, dotándose de capacidades satelitales de las que no disponen, ni pueden hacerlo, otras potencias espaciales, incluida Rusia y China, a pesar de que intentan seguirla a la saga. El objetivo declarado de los Estados Unidos es mantener la supremacía militar en el espacio durante las próximas décadas -véase la entrada LA ESTRATEGIA ESPACIAL DE DEFENSA DE LOS ESTADOS UNIDOS de junio de 2020-. Para ello, recurre a las compañías comerciales más exitosas buscando abaratar costes y, sobre todo, cumplir los plazos exigidos para poner en servicio los nuevos equipos. En consecuencia, se puede ver perfectamente la imbricación de intereses comerciales y de seguridad nacional, pues las mismas compañías privadas que implementan los nuevos avances en comunicaciones satelitales son financiadas directamente por las agencias de defensa para desarrollar nuevos sistemas de guerra espacial -véanse nuestras reflexiones en VISIONARIOS, GRANDES DESCUBRIMIENTOS Y SEGUNDA CARRERA ESPACIAL de enero de 2020- . Si partimos del axioma que dice que la próxima guerra comenzará en el espacio, sin duda los Estados Unidos son la potencia más preparada para acometer dicha guerra y ganarla, incluso se puede plantear la tesis de la guerra espacial preventiva que, emprendida de forma inesperada antes del inicio un conflicto bélico convencional gracias a una enorme superioridad satelital militar, devastará las redes de detección, seguimiento y comunicaciones espaciales del adversario dejándolo inerme frente al poder devastador de las armas de precisión.

El 6 de octubre de 2020 la SDA publicó un Requerimiento de Propuestas (RFP) para la adjudicación de las tareas de lanzamiento y puesta en órbita de los primeros 28 satélites de la nueva Arquitectura Espacial de Defensa Nacional, cuyos primeros satélites adjudicó recientemente a cuatro compañías privadas del sector espacial (SpaceX, L3Harris, Lockheed Martin y York Space Systems). Este primer tramo de la nueva constelación espacial militar deberá estar en órbita el 23 de marzo de 2023. 

Mientras tanto, SpaceX continúa con su exitosa carrera para el Departamento de Defensa. El 5 de noviembre uno de sus cohetes propulsores Falcon 9 de SpaceX, lanzado desde el Centro Espacial de Cabo Cañaveral, puso en órbita el satélite militar GPS-III-SV24, que entrará en servicio en la Fuerza Espacial.

Space song.

EL FUTURO DE LA FUERZA DE ATAQUE GLOBAL DE LA USAF: DEL B-52 AL BOMBARDERO ARSENAL

En mayo de 2020 examinamos los diferentes componentes de la fuerza disuasión nuclear de los Estados Unidos, la famosa triada nuclear y, entre ellos, la fuerza de bombarderos estratégicos -véase la entrada LA FUERZA DE ATAQUE NUCLEAR DE LOS ESTADOS UNIDOS EN 2020-. La 8ª Fuerza Aérea (general Mark E. Weatherington) del Mando de Ataque Global de la USAF (AFGSC) (general Timothy M. Ray) está compuesta por 20 bombarderos B-2A Spirit y 87 B-52H Stratofortress, de los que unos 60 aparatos están asignados a misiones nucleares, y cerca de 62 bombarderos B-1B Lancer en misiones de ataque convencional y que han tenido un uso intensivo durante la Guerra Global contra el Terrorismo. La Fuerza de Bombarderos se compone de cinco alas de bombarderos: 2ª Ala de Barksdale (Luisiana), 5ª Ala de Minot (Dakota del Norte), 7ª Ala de Dyess (Texas), 28ª Ala de Ellsworth (Dakota del Sur) y la mítica 509ª Ala de Whiteman (Missouri). Cada B-2A puede cargar hasta 16 bombas nucleares B61-7/11 o B83-1 y los B-52H actúan como portadores de misiles de crucero de lanzamiento aéreo (ALCM) AGM-86B dotados de carga nuclear, disponiendo de un total de 850 ojivas nucleares con una potencia de 128,8 Mt, equivalentes a 7.155 bombas de Hiroshima. Actualmente, están en marcha sendos programas de modernización de aviónica, sistemas defensivos, conectividad y armamento de ambos tipos de aeronaves con la finalidad de mantener sus capacidades operativas y un programa de racionalización del uso de la flota de bombarderos. De este modo, la tasa de disponibilidad está mejorando debido a la limitación de los despliegues permanentes en el extranjero y a que se han suprimido las misiones de apoyo aéreo cercano, centrándose en el Empleo Dinámico de Fuerzas (“Dynamic Force Employment”) de Fuerzas de Tarea de Bombarderos (BTF) tanto en Europa y como en el Pacífico. De este modo, 18 de un total de 20 B-2A, 30 de un total de 87 B-52 y más de 20 de los 62 B-1B están disponibles en cualquier momento para misiones de combate -en el caso de los B-1B la tasa de disponibilidad fue de solo siete aviones en 2019-. Pero, la USAF está centrada en el programa del nuevo bombardero estratégico B-21 Raider, desarrollado por Northrop Grumman, que espera obtener 100 bombarderos por un importe global de 80.000 millones de dólares. El programa avanza rápidamente y con los costes programados, lo que representa un hito extraordinario, y, a pesar de algunos retrasos, se espera que el primer vuelo tenga lugar en 2022. En todo caso, la fecha de entrada en servicio no será antes de 2025. Por ello, la USAF se encuentra en una encrucijada. Por un lado, el coste operativo prohibitivo del B-2A justifica su baja a medio plazo y el desgaste de uso de los B-1B obliga a reducir la flota en 17 aparatos que acumulan mayor fatiga estructural y a limitar a 300 horas de vuelo anuales por avión, imponiendo una fuerte reducción del número de bombarderos operativos. Por otro lado, están las crecientes demandas que exigen un número mínimo de 220 a 225 bombarderos -declaraciones del general Ray en la Conferencia Aérea, Espacial y Cibernética de la Asociación de la USAF, 14 al 16 de septiembre- para hacer frente a las misiones de ataque convencional y nuclear en un escenario estratégico cada vez más complejos, con mayores amenazas a los intereses de seguridad nacional del país y que requerirán un mayor esfuerzo y atención del Mando de Ataque Global, que debe mantener la preparación para atacar en cualquier momento y en cualquier parte del mundo de forma contundente. En consecuencia, el número de 100 B-21 se considera insuficiente y, mientras se decide si se dispondrá de los fondos necesarios para aumentar su número -hasta, al menos, los 175-, la USAF ha lanzado el órdago de ampliar la vida operativa de la flota de B-52H hasta 2050, incluyendo en el programa de modernización en curso nuevos motores para toda la flota y un sistema rotatorio interno de lanzamiento que permitirá aumentar de forma sustancial la cargar de armamento. Tanto el B-21 como el B-52H modernizado estarán equipados con el nuevo misil de crucero de largo alcance LRSO actualmente en desarrollo (designación AGM-180 o AG-181), que reemplazará al ALCM AGM-86B, con ojiva nuclear modernizada W-80-4, con un coste de 14.800 millones de dólares. Más adelante, se integrarán ALCM hipersónicos AGM-183B ARRW o Arrow, todavía en fase de desarrollo, que agregarán una nueva capacidad de enfrentamiento hasta que aparezcan modelos más avanzados. De este modo, el Mando de Ataque Global pasará de estar dotado de bombarderos clásicos a disponer de auténticas plataformas aéreas lanzadoras de ALCM de largo alcance (“stand-off”) o “bombarderos arsenal”, que le permitirán atacar puntos clave del adversario -incluidas infraestructuras críticas, centros de mando y control y de mando político- más allá del alcance de las armas defensivas y que las convierten en el primer elemento de ataque para batir y superar los enclaves A2/AD establecidos por potenciales adversarios a lo largo del planeta -accesos al Báltico, mar Negro, Mediterráneo oriental y mar de China Meridional y accesos al océano Ártico por las dos entradas de la Ruta Marítima del Norte: mares de Barents y Bering- destruyendo la supuesta inmunidad de un sistema de defensa integral compuesto por radares de detección, misiles antiaéreos de defensa escalonada y misiles antibuque de diferentes rangos de alcance apoyados por aviación de combate y buques lanzamisiles de pequeño porte.

REFLEXIONES SOBRE EL CONSEJO DE SEGURIDAD COMO GARANTE DEL ORDEN MUNDIAL Y LA ESTABILIDAD ESTRATEGICA: LA VOTACION DEL PROYECTO DE RESOLUCION DE PRORROGA DE SANCIONES CONTRA IRAN POR SU PROGRAMA NUCLEAR

El 14 de agosto de 2020 el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (ONU) votó un proyecto de resolución de los Estados Unidos que se saldó con un estrepitoso fracaso de la propuesta americana de ampliación de las sanciones contra Irán por su programa nuclear. Solo hubo dos votos a favor, los de Estados Unidos y República Dominicana, once abstenciones, entre ellos Alemania, Francia y el Reino Unido, y los esperados votos en contra de Rusia y China -los miembros actuales del Consejo se pueden consultar en su sitio web oficial-. El resultado de esta votación no deja dudas sobre qué piensan las potencias que rigen el sistema internacional acerca del affaire iranienne, pero, más importante aún, pone de manifiesto el grado de soledad que puede alcanzar una gran potencia mundial si no es capaz de atraer hacia sus tesis a las potencias secundarias, incluidas las de su propio bando, bien sea de forma voluntaria o por la fuerza. El secretario de Estado Michael Pompeo dijo que el Consejo de Seguridad “rechazó una resolución razonable para extender el embargo de armas de trece años a Irán y allanó el camino para que, por primera vez en más de una década, el principal patrocinador estatal del terrorismo del mundo compre y venda armas convencionales sin el establecimiento de restricciones específicas de la ONU. (…) Los Estados Unidos seguirán trabajando para corregir este error”. Y la embajadora permanente ante las Naciones Unidas, Kelly Craft, afirmó que su gobierno comenzará de inmediato a adoptar las medidas necesarias para reinstaurar el régimen de sanciones más fuertes contra Irán, enfatizando que “los Estados Unidos cumplirán la promesa de no detenerse ante nada para extender el embargo de armas”, en una interpretación sui generis de la Resolución del Consejo de Seguridad 2231, de 20 de julio de 2015, relativa a la cuestión nuclear de Irán -véase aquí-. Estas declaraciones ponen de manifiesto el renovado unilaterialismo de la política exterior americana que caracteriza a esta etapa del sistema internacional globalizado, que es el resultado del fracaso del período de la hegemonía imperfecta y, por tanto, no atribuible exclusivamente a la Administración Trump como muchos quieren hacer creer. Pero este nuevo unilaterialismo está formulado desde la debilidad, no desde el poderío como ocurrió en momentos pasados de la historia constitucional americana. Esto tiene que ver, en primer lugar, con la habilidad para generar acuerdos y formar alianzas que caracteriza a las grandes potencias, cualidades que los actuales responsables de la política exterior americana han socavado en su afán por destruir los fundamentos del régimen de estabilidad estratégica que permiten el funcionamiento del sistema internacional globalizado -véase la entrada UN MUNDO RESTAURADO de marzo de 2020-. Segundo, parece que han olvidado otro principio fundamental de la política exterior de toda gran potencia: no se puede enfrentar a todos en todos los lugares y al mismo tiempo, sencillamente porque los recursos no son ilimitados, cuestión que los teróricos de las relaciones internacionales han tratado extensamente. De este modo, una política exterior errática, carente de objetivos coherentes y basada en una incorrecta valoración de los intereses nacionales ha facilitado que se generaran consensos, hasta ahora inéditos, entre el resto de las potencias del sistema internacional, como ocurrió tras el anuncio por parte de Washington el 8 de mayo de 2018 de retirarse del Plan de Acción Integral Conjunto de 15 de julio de 2015 o Pacto Nuclear con Irán, uniendo a las potencias europeas -que son, o deben serlo, sus principales aliados y socios estratégicos- con rusos y chinos y hacerlo en su propia contra. Morgenthau decía que “la política exterior racional es la buena política. Solo una política exterior racional reduce al mínimo los riesgos y lleva al máximo los beneficios”. Exactamente lo contrario de lo que están haciendo los Estados Unidos actualmente. Pero vayamos más allá. Muy probablemente arreciarán, de nuevo, las críticas contra el Consejo de Seguridad por su supuesta parálisis y no acción y saldrán los autoproclamados profetas del enésimo nuevo orden mundial proponiendo su reforma hacia fórmulas “más democráticas”, iniciativas que surgen siempre cuando el Consejo no se pliega a los dictados de la gran potencia, como ocurrió en el caso de Yugoslavia en 1999 o de Irak en 2003 y que acabaron en sendas guerras ilegales y la destrucción y desmembramiento de ambos países. Veamos entonces cómo surgió el Consejo de Seguridad, su juridicidad y el fundamento de sus poderes y potestades. En 1945 las grandes potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial, junto con sus aliados y asociados, acordaron el establecimiento de la ONU con el objetivo de “preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra”. En la nueva estructura que se creó con la Carta de la ONU, que es el tratado constitucional de la sociedad internacional, se atribuyó al Consejo de Seguridad la responsabilidad primordial de mantener la paz y la seguridad internacionales y para ello los Estados miembros “reconocen que actúa en nombre de ellos al desempeñar las funciones que le impone aquella responsabilidad” (artículo 24 de la Carta) y se obligan a “aceptar y cumplir las decisiones del Consejo de Seguridad de acuerdo con esta Carta” (artículo 25). La Carta establece el compromiso fundamental de que “no se usará la fuerza armada sino en servicio del interés colectivo” y, en los principios, proclama que “en sus relaciones internacionales se abstendrán de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado, o en cualquier otra forma incompatible con los Propósitos de las Naciones Unidas.” (artículo 2.4). Es decir, la Carta impone una prohibición general del uso de la fuerza en las relaciones internacionales, cuyo monopolio queda en manos del propio Consejo de Seguridad. De este modo, el uso de la fuerza solo es lícito en dos supuestos: la acción colectiva decidida y autorizada por el Consejo de Seguridad conforme a las previsiones del Capítulo VII de la Carta y el derecho de legítima defensa, individual o colectiva, frente a una agresión (artículos 51 y 53). Cualquier otra circunstancia en la que los Estados recurran a la fuerza es ilegal, opuesta a la Carta y al ordenamiento internacional general. Desde un punto de vista fáctico, el Consejo de Seguridad agrupa al Directorio Mundial, formado por cinco miembros permanentes y dotados de derecho de veto, y que desde la aprobación de la Carta ostentan el monopolio del uso de la fuerza, convirtiéndose en el órgano supremo del sistema internacional sometido a reglas jurídicas. Se trataría de una suerte de Estado de Derecho de la sociedad internacional, con ayuda de una Asamblea semiparlamentaria en la que todos sus miembros tienen derecho a voto y que adopta el papel de caja de resonancia del mundo, pero sin poder entrar a decidir las cuestiones claves: el uso de la fuerza y el mantenimiento efectivo de la paz y la seguridad, que corresponde al Directorio inamovible, intocable, soberano. Es decir, la existencia y funcionamiento del Consejo de Seguridad se encuentra en la base de la estructura del régimen internacional y su sustitución o alteración cambiaría las reglas del sistema. Como el directorio internacional surge siempre tras un enfrentamiento militar decisivo, estas reglas continuarán vigentes hasta que, tras una nueva gran guerra, el sistema cambie y se reconfigure la estructura mundial adaptándose a la nueva distribución del poder que surja del conflicto. Por eso, cuando una gran potencia o, incluso, una organización internacional, ha tratado de suplantar el papel del Consejo de Seguridad ha fracasado estrepitosamente, porque solo él es el supremo garante de la paz y la seguridad internacionales, por el propio mandato de la Carta y porque las grandes potencias que fundaron el régimen de seguridad internacional lo aceptaron como tal, atribuyéndose el derecho de veto como garantía del cumplimiento efectivo de las resoluciones adoptadas.  

“O fortuna”.