Son las palabras del presidente turco Erdogan
contestando a las declaraciones de dirigentes políticos europeos que le piden
contención en las acciones militares emprendidas desde el fin de semana pasado contra
las fuerzas kurdas en territorio sirio e iraquí y que llaman a “un uso
proporcionado de la fuerza” contra las milicias kurdas, a que no se abandone el
proceso de paz y a “retomar el alto el fuego sin dilación”. Es preciso recordar
que fue el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) el que dio por
finalizado el alto el fuego de forma unilateral el pasado 12 de junio y que
desde entonces se han perpetrado numerosos atentados terroristas en territorio
turco contra las fuerzas militares y de policía que han causado la muerte de al
menos diez miembros de las fuerzas de seguridad. En consecuencia, al calor de
los ataques aéreos de la coalición internacional liderada por los Estados
Unidos contra el Estado Islámico en Irak y Siria, las Fuerzas Armadas turcas
iniciaron una operación militar a gran escala que tiene como objetivo reducir
la capacidad militar de los islamistas en la frontera con Turquía –de hecho
existe un acuerdo con los Estados Unidos para crear una zona libre de
combatientes islámicos en la frontera turco-siria-, pero especialmente persigue
destruir la capacidad operativa de las milicias kurdas una vez roto el alto el
fuego por el PKK. Los aliados occidentales reunidos en el seno de la Alianza
Atlántica conforme al artículo 4 del Tratado de Washington declaran que la
“Alianza está unida frente al terrorismo” y reconocen el derecho de Turquía a
defenderse de los ataques terroristas, pero a continuación –esencialmente
alemanes, británicos y miembros de la propia Comisión Europea- piden al gobierno
turco que limite sus acciones militares contra los kurdos. De nuevo estamos
ante la misma pusilanimidad que muestran los políticos europeos cuando se trata
de combatir a los enemigos de Occidente y que no se sostiene ni siquiera
recurriendo a la doctrina de los derechos humanos. Pero los turcos, como los
rusos, no son europeos. Por eso el propio presidente Erdogan decía que “quienes
explotan la tolerancia y la paciencia de la gente y del Estado recibirán la
respuesta que merecen lo antes posible”, y en consecuencia, “no es posible
continuar con el proceso de paz con aquellos que atentan contra nuestra unidad
nacional y contra nuestra hermandad”. A ver si los dirigentes políticos
occidentales se apuntan a la defensa del Estado, que no es otra cosa que la
defensa de nuestro modelo de sociedad, del marco de convivencia que se sostiene
en la democracia, los derechos humanos y el desarrollo económico y social que
caracteriza a la economía de mercado.
TRAGEDIA GRIEGA 4: LA INTEGRACIÓN POLÍTICA
Ya en el Foro Económico Mundial de Davos de enero de 2011 la canciller Merkel expresó que la existencia de Europa va ligada de forma indisoluble al euro. Por su parte, el presidente Sarkozy advirtió a los líderes económicos presentes en dicha reunión que Francia y Alemania no permitirían situaciones o procesos que pudieran poner en duda la viabilidad de la unión monetaria porque “las consecuencias serían tan catastróficas que no podemos ni permitirnos barajar esa idea”. La decisión del Directorio europeo era tan fuerte que el presidente Sarkozy afirmó con rotundidad que “Merkel y yo jamás dejaremos caer el euro, jamás” –recomendamos ver las declaraciones del presidente directamente en francés disponibles en youtube- . Pocos días después, el Directorio reiteró en el Consejo Europeo Extraordinario de Bruselas de 4 de febrero de 2011 su firmeza en la defensa del proyecto de integración política. En una declaración conjunta franco-alemana la canciller Merkel dijo que “no solo vamos a defender el euro como moneda, sino también como proyecto político”; por su parte el presidente Sarkozy enfatizó que “el eje entre Alemania y Francia es extremadamente fuerte”, y esta fortaleza incluía, entre otros asuntos fundamentales, el mantenimiento de la Eurozona como proyecto político diferenciado. Fue en este Consejo Extraordinaria cuando se aprobaron garantías adicionales para el Mecanismo Europeo de Estabilidad. En una comparecencia pública en Berlín el 17 de noviembre de 2011 la canciller habló de la reforma de los Tratados como “paso definitivo hacia una nueva Europa” y de una “solución política” a la crisis económica y financiera europea. El acuerdo en el "núcleo duro" era tan profundo que el presidente Sarkozy y la canciller Merkel pactaron en París el 5 de diciembre un acuerdo para los socios de la Eurozona por el que se creaba un nuevo régimen jurídico en el que una autoridad supranacional tendría el control sobre los presupuestos nacionales, la emisión de deuda soberana y la política monetaria, así como la ampliación de los poderes de control del BCE. El presidente Sarkozy explicó después de la reunión bilateral que “nuestra preferencia es por un Tratado con todos los veintisiete para que nadie se sienta fuera, pero estamos listos para seguir con un Tratado con Diecisiete en el que los otros serían libres para unirse”. Como había acuerdo en el seno del Directorio nada había que discutir, así que París y Berlín comunicaron su acuerdo dos días después en una carta dirigida al Presidente de la UE, van Rompuy. Por ello el Consejo Europeo de Bruselas de 8 y 9 de diciembre de 2011 se concibió como un mero trámite para extender al resto de los socios los acuerdos del Directorio europeo. En consecuencia los Estados miembros aceptaron las medidas decididas previamente por París y Berlín que adoptaría la forma de un acuerdo intergubernamental, sin reforma de los Tratados fundacionales y excluyendo, de antemano, la celebración de referendos nacionales que podían ralentizar o incluso impedir avanzar hacia la integración política como había ocurrido con la fracasada Constitución Europea. El propio desarrollo de la crisis financiera en Europa con la imposición de las tesis alemanas sobre la austeridad y la sustitución de Sarkozy por Hollande en la Presidencia francesa llevaron a que París quedará aparentemente descolgado de las grandes decisiones políticas europeas. Ahora bien, la resolución de la crisis financiera de Grecia en el mes de julio alertó a los asesores principales del Presidente Hollande sobre la revisión del escaso protagonismo de París en los cambios que se están produciendo en la integración europea. De hecho, el diputado Philip Cordery, responsable del Partido Socialista en asuntos europeos, enfatizaba el fin de semana pasado que “Francia quiere ahora hacer valer sus puntos de vista”. Por ello, el presidente Hollande anunció el 26 de julio que Francia busca una refundación de la Eurozona. Las principales propuestas francesas presentadas por el presidente Hollande son un gobierno económico común para todos los Estados del euro, un presupuesto común para la zona euro, una unión bancaria efectiva más allá de la actual supervisión centralizada de los bancos con garantía de depósitos y mecanismos para acometer las eventuales fugas de capitales, un Fondo Monetario Europeo como instrumento de intervención en casos como la crisis griega, un impuesto de sociedades armonizado en toda la zona euro, el establecimiento de un salario mínimo europeo y un seguro europeo de desempleo complementario, y lo que resulta más llamativo, un Parlamento propio de la Eurozona con la finalidad de democratizar las decisiones de profundo alcance político que se están adoptando mediante acuerdos intergubernamentales en el seno del Eurogrupo. Clement Beaune, asesor para asuntos europeos del Ministro de Economía, ha precisado que París concretará sus propuestas en septiembre y que, después, las consensuará con Berlín. Es decir, primero Hollande hablará con la canciller Merkel para llegar a una posición común y, posteriormente, presentarán el acuerdo a los demás miembros del Eurogrupo, bien en una reunión del Consejo Europeo o en una reunión ad hoc de los jefes de Estado y de gobierno de la Eurozona, aunque en París pretendan seguir creyendo que “su dinamismo económico (el de Alemania) no se ha transformado en un dominio político”. Por su parte, los dirigentes alemanes han recibido la propuesta francesa favorablemente e incluso el Ministro de Finanzas Wolgang Schäuble ha declarado: “me encantó escuchar a Hollande que Francia está lista ahora (para una revisión de los Tratados fundacionales)”, precisamente lo que ya había planteado la canciller Merkel en noviembre de 2011 como “paso definitivo para una nueva Europa”. Pero, ¿cómo será esa Europa? Pues París sostiene que acabarán estando los seis miembros fundadores de la UE, aunque en la reunión de bilateral en Madrid el 10 de julio el Ministro de Economía Manuel Macron ya habló de estas propuestas con los Ministros Luis de Guindos y José Manuel Soria.
TRAGEDIA GRIEGA 3: LA HEGEMONÍA ALEMANA EN EUROPA
El
debate sobre la hegemonía alemana en Europa es uno de los grandes asuntos de la
integración europea. Desde la refundación en 1949 los pilares de la política
exterior alemana han sido el europeísmo, concretado en el proceso de
integración en la Unión Europea, y el atlantismo, en su doble vertiente de
relación especial con los Estados Unidos y de pertenencia a la Alianza
Atlántica. De hecho, pocos Estados han mostrado un fervor multilateralista
mayor en sendas organizaciones intergubernamentales. Desde 1950 lideró con
Francia la creación de las instituciones comunitarias europeas y, al mismo
tiempo, fue un aliado sólido en la Alianza Atlántica durante la Guerra Fría.
Pero, precisamente la desaparición de la Unión Soviética precipitó un nuevo
papel de Alemania en el continente. La retirada de Rusia a sus fronteras
interiores significó la vuelta de Alemania a la Europa Central para ejercer el
liderazgo que siempre tuvo en Mitteleuropa.
Con el apoyo de los Estados Unidos los nuevos Estados independientes del
anterior bloque soviético pasaron a integrarse en la Alianza militar occidental
y, poco después, en la UE. Fue un proceso imparable que servía a los intereses
de los Estados Unidos como potencia hegemónica europea, pues pasó a actuar en
el continente de forma interpuesta por la nueva potencia: Alemania. Para Berlín
significó recuperar su espacio de influencia tradicional y la superación de los
acontecimientos históricos derivados de la implacable derrota en la Segunda
Guerra Mundial. Sin embargo, hubo que superar los miedos europeos iniciales a
la reunificación política alemana, esencialmente de británicos y franceses, lo
que se consiguió a cambio de sacar adelante las ampliaciones de la Alianza y la
UE a los nuevos Estados europeos -de nuevo por aplicación de la política del
equilibrio de poder-. Durante veinte años la relación de poder se mantuvo
estable porque los Estados Unidos ejercían una hegemonía “suave” en Europa y
todos los miembros de la UE y de la Alianza aceptaban la presencia americana
como la mejor garantía para su seguridad.
Pero, como sabemos, las partes del
sistema cambiaron cuando los Estados Unidos decidieron centrarse en la región
del Pacífico, su área de expansión natural, y esto significó la emergencia
inesperada de Alemania en Europa. Los Estados Unidos alcanzaron un acuerdo
general sobre el funcionamiento del sistema con Rusia en abril de 2010, en una
suerte de Tratado de Yalta II, de modo que ambas potencias actúan como
co-garantes de la estabilidad global. Como consecuencia de este acuerdo
general, Alemania pasó a ejercer como potencia hegemónica en Europa en calidad
de agente interpuesto de los Estados Unidos. Este cambio es natural al
funcionamiento del sistema general, sirve a los intereses de los Estados Unidos
y es aceptado por Rusia. Por tanto, la Unión Política Europea debe responder a
los intereses de seguridad de tres potencias: los Estados Unidos, Rusia y
Alemania. Pero este nuevo régimen de seguridad se dio en un contexto de crisis
económica y financiera que puso a Alemania en una posición más visible de lo
que ella misma y las otras dos potencias querían, porque de lo que se trataba
es de que Alemania ejerciera el poder de forma benévola en el continente
europeo.
Desde 2010 la canciller Merkel y otros dirigentes alemanes no dejan de
afirmar que el euro forma parte de la integración europea, que de ninguna
manera se iba a dejar caer el euro y que, incluso, el gobierno alemán tiene el
“deber histórico” de apoyar el euro porque forma parte del éxito económico de
Alemania. En el Foro económico de Davos de enero de 2011 Merkel declaró que la
existencia de Europa va ligada de forma indisoluble al euro. Posteriormente, en
declaraciones oficiales ha reiterado que el euro y la pertenencia a la Eurozona
forman parte del interés nacional de Alemania, y que no retrocedería un solo
paso en la integración monetaria y que el objetivo prioritario era “reducir la
deuda y mejorar la competitividad”. Para ello, afirmó en noviembre de 2011, que
se debía avanzar hacia “una reforma de los Tratados” que implicará la cesión de
más competencias a las Instituciones comunes -que no comunitarias- decisiones
para una cooperación reforzada avanzada entre los Estados miembros de la
Eurozona, todo ello como “paso definitivo hacia una nueva Europa”. En plena
crisis de la deuda soberana de los Estados europeos, el Ministro de Finanzas
alemán Schäuble afirmó que en diez años se habría realizado una completa
integración política de la Eurozona. Por ello, Merkel enfatizó la idea de que
“la solución es política”, no meramente económica o financiera. Ahora bien, la
solidaridad de Alemania “está vinculada a unas condiciones concretas” que deben
ser cumplidas por las autoridades nacionales y “cuanto antes se haga menor
coste habrá para los contribuyentes”. Por este motivo se ha opuesto con
vehemencia a la reestructuración de la deuda griega, como también lo hicieron
el Bundesbank y el BCE, y ello a pesar de las indecisiones de la Francia de
Hollande. Llegados a este punto es interesante destacar cómo Gran Bretaña ha
sido excluida sistemáticamente de decisiones políticas que implican un cambio
estratégico complejo en el continente y, a su vez, carece de recursos e
influencia para presionar a otros socios en la petición de medidas de excepción
y derecho de veto de las que nadie le ha pedido opinión. En definitiva, lo que
ha ocurrido es que la crisis griega ha mostrado de forma patente que Alemania
es quien dicta las reglas del régimen de la Eurozona, que se inserta como una
estructura de cooperación reforzada en el ámbito de la UE, pero que funciona
como una organización independiente, y avanza en los planes de dar forma al
proyecto de Unión Política Europea. Sin embargo, para ser una potencia
sistémica Alemania necesita de un poder militar que no tiene y que, en la
voluntad de los dirigentes alemanes actuales, está lejos de tener.
TRAGEDIA GRIEGA 2: EL DIRECTORIO EUROPEO
Es evidente que la crisis económica y financiera global
planteó una nueva e inesperada posibilidad a Europa o, más concretamente, a la
unión política europea. Desde 2010 asistimos a una evolución acelerada de la UE
o, para ser más precisos, del ámbito de cooperación estructurada
institucionalizada que es la Unión Económica y Monetaria (UEM). En la realidad
de los hechos, la Eurozona se ha constituido en una nueva entidad política
supranacional que elabora reglas para los Estados que la componen, empezando
por la estabilidad presupuestaria, el control de la emisión de deuda pública y
el gobierno común, pero que no se quedan ahí. Esto supone una transformación
compleja en una Organización Internacional integrada dentro de la UE con
características fuertemente supranacionales y que coexiste con su “gemela”, la
UE, supranacional orgánica -Consejo, Comisión, Tribunal de Justicia- e
intergubernamental en todo lo no transferido. En el contexto actual, las
decisiones económicas y financieras que se están adoptando implican cambios
políticos de gran alcance que se efectúan sin ningún tipo de mandato político
siguiendo la doctrina de los poderes implícitos, poniendo de manifiesto que el
Directorio europeo se impone. Pero, el nacimiento de este nuevo régimen europeo
es consecuencia del nuevo equilibrio de poder (balance of power) continental:
Alemania se ha convertido en la potencia hegemónica que dicta las reglas del
sistema con la anuencia de los Estados Unidos y Rusia. Esto significa en
términos realistas es la aplicación implacable del poder nacional. El reto es
insuperable porque se trata de ordenar el sistema europeo entre una Rusia
poderosa que está en proceso de recuperar sus zonas de influencia perdidas al
final de la Guerra Fría y una Alemania que se ha convertido en el líder
indiscutible de la UE.
TRAGEDIA GRIEGA 1: EL EUROGRUPO
El Eurogrupo se creó con el Tratado de Lisboa y en su origen
se definió como la “reunión informal mensual de los ministros de Economía de
los países que formasen la zona del Euro”, reuniendo además al Presidente del Banco Central
Europeo, el Comisario de Asuntos Económicos y Monetarios y el propio Presidente
del Eurogrupo, no se le asignaron funciones legislativas ni de toma de
decisiones y entre sus tareas estaba la de estimular la integración entre los
socios europeos, lo que se hacía cada vez más complicado en el seno de un
Consejo de Asuntos Económicos y Financieros extraordinariamente ampliado. De
hecho, su única labor era la preparación de las reuniones del Consejo, pero
podía debatir sobre temas que les afectaban como la situación económica, la
estabilidad financiera o los presupuestos. Poco después, se ocupó también de las condiciones de los programas de
asistencia a los Estados miembros de la Eurozona que se enfrentaban a graves
dificultades financieras. Pero el Eurogrupo también se reúne como conferencia
intergubernamental de Jefes de Estado y de gobierno presididos por el
Presidente del Consejo Europeo, adoptando en este caso decisiones de alcance político que afectan a
los dieciocho Estados miembros que lo componen. Por ello, en la actualidad el Eurogrupo
se puede ver tanto como un sistema de cooperación reforzada dentro de la UE
como una organización supranacional distinta de la anterior, una organización
dentro de otra tanto en cuanto tiene sus propios miembros -no todos los Estados de la UE los son
de la Eurozona, aunque sí se coordinan entre ellos-, objetivos, reglas y procedimientos de adopción de decisiones diferentes, cosa esencial en los regímenes políticos integrados. Incluso se podría dar el supuesto de sucesión de organizaciones internacionales, la UE en su totalidad y el Eurogrupo, quien sucedería totalmente a la UE cuando todos los Estados miembros del Eurogrupo sean receptores de transferencias provenientes de los Estados miembros de la UE. Si alguno de ellos se quedara fuera, por las razones que fueran, el Eurogrupo sucedería a la UE en todo aquello que le haya sido transferido y quedaría la UE como organización residual con los poderes que fueren, los que le correspondan. Desde un punto
de vista político es evidente que el Eurogrupo representa al Directorio
europeo, el poder de las grandes potencias europeas sin el concurso de Gran
Bretaña, pues el objetivo político de sus miembros es, precisamente, la integración
política. Esto permite afirmar que el Eurogrupo será clave para definir la Europa del
futuro.
¡El blog ha superado esta semana las 30.000 visitas! Gracias por vuestra confianza.
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CAMBIOS ESTRATEGICOS EN EL SISTEMA MUNDIAL
En
2014 se ha producido un cambio “impensable hace diez años“ –en palabras de
Robert Dudley, economista jefe de British Petroleum-: los Estados Unidos se han
convertido en el principal productor de petróleo mundial por delante de Rusia
–hasta ahora primer productor combinado de petróleo y gas- y Arabia Saudí.
Según datos de la petrolera británica, los Estados Unidos produjeron 11,6
millones de barriles diarios, un 15,9% más que año anterior. Por su parte,
Arabia Saudí lo hizo en 11,5 millones y Rusia en 10,85 millones; muy por debajo están Canadá
con 4,29 millones, China con 4,24 millones, Emiratos Árabes Unidos con 3,71
millones e Irán con 3,61 millones de barriles diarios. Este nivel de producción
permite ya satisfacer el noventa por ciento de las necesidades energéticas
nacionales, donde se mantiene vigente una prohibición de exportación de
hidrocarburos. El aumento de producción petrolera americana se produce en medio una
caída brutal de un cincuenta por ciento en los precios del petróleo en el
segundo semestre de 2014 como consecuencia de la estrategia de la OPEP
auspiciada por Arabia Saudí de mantener la producción en un mercado
crecientemente saturado por la oferta de los nuevos productores que empleas las
técnicas del fracking. La estrategia
de la OPEP pretende expulsar del mercado a las empresas especializadas en las
nuevas técnicas debido a los costes más elevados de extracción. Por eso resulta
más llamativo que el aumento de la producción se ha conseguido mejorando
extraordinariamente la eficiencia. Según Baker Hughes, empresa especializada en
servicios petroleros, el número pozos en explotación se sitúa en la primera
semana de junio en 868, la cifra más baja desde 2003, esto es 992 pozos activos
menos que hace un año. Sin embargo, la industria petrolera americana se basa en
un modelo de producción parecido al de las industrias manufactureras: las
empresas pueden activar o parar la producción con facilidad, lo que les permite
ajustarse más rápidamente a las demandas del mercado. De hecho, la cantidad de
petróleo almacenada es de 92 millones de barriles más que la media de los cinco
últimos años. La cuestión que se plantea es qué van a hacer los Estados Unidos
con todo ese petróleo. Así pues están a poco de llegar a la
autosuficiencia energética, que las mejores previsiones iniciales apuntaban a
2017, desbancan a Arabia Saudí como modulador de los precios del mercado con
las decisiones de aumento o reducción de la producción y mantienen sometida a
Rusia con las sanciones económicas conjuntas con la Unión Europea aprobadas el
verano pasado y que se extienden a las empresas estatales del sector energético
e incluyen las exportaciones relacionadas con las técnicas y materiales para la
extracción de petróleo en aguas muy profundas y en el Ártico, sanciones que
permanecen vigentes en la actualidad. Decía recientemente el experto español
Álvaro Mazarrasa, de la Asociación Española de Operadores de Productos
Petroleros, que “esto mantendrá el crudo barato con un beneficio para la
economía global”. Pero desde un punto de vista político concede una ventaja
estratégica fundamental para los Estados Unidos al desengacharse
definitivamente de la dependencia energética de las monarquías petroleras del
Golfo, lo que permitirá tomar mejores decisiones en política exterior y de
seguridad global para centrarse en el objetivo fundamental de la estrategia de
seguridad americana: bloquear el acceso de China como potencia equivalente.
ARMAS NUCLEARES Y CONFLICTOS ASIMÉTRICOS: PERSPECTIVAS DE EMPLEO
Resumen de la comunicación que presento en las VII Jornadas de Seguridad del Instituto Universitario Gutiérrez Mellado en Madrid -información disponible aquí-:
“Las relaciones internacionales se encuentran sumidas actualmente en un estado de casi desconcierto, tanto a nivel geopolítico como en el análisis intelectual de los fenómenos que se están sucediendo. Por un lado, actores no estatales disputan directamente espacios territoriales a los Estados, y no solo en el caso de Estados débiles o fallidos, sino también frente a potencias regionales o grandes potencias en un nuevo tipo de conflicto bélico que se ha denominado asimétrico. El caso más patente es el enfrentamiento de grandes proporciones entre una coalición internacional liderada por los Estados Unidos y el autoproclamado “Estado Islámico de Irak y Siria”. Por otra parte, las potencias emergentes tratan de consolidar espacios de influencia crecientes que garanticen no solo su seguridad territorial sino especialmente el acceso a las comunicaciones marítimas por las que se mueven los recursos energéticos y las materias primas que necesitan para su desarrollo económico y, a su vez, despachan los productos manufacturados que son el sostén de su crecimiento. En tercer lugar, una Rusia fortalecida por una década de incremento continuo de los ingresos petroleros y gasísticos trata de imponer una nueva esfera de influencia en lo que fue el territorio de la antigua Unión Soviética y reafirma su presencia en Asia central y en Extremo Oriente incluso por la fuerza. Frente a estos retos, los Estados Unidos y los Estados europeos dentro y fuera de Europa han retomado la idea original de una comunidad euroatlántica, que se está imponiendo como Bloque Occidental frente a esos nuevos actores estatales y no estatales que tratan disputarle la hegemonía que mantiene desde el final de la Guerra Fría en la sociedad internacional globalizada. En este contexto internacional de enorme incertidumbre, las grandes potencias nucleares de la etapa anterior, los Estados Unidos y Rusia, se aferran a sus armas nucleares no solo como el componente disuasivo para frenar cualquier enfrentamiento militar directo entre ellas, sino también como advertencia frente a otros sujetos cuando se ponga en peligro la existencia misma del Estado, como así establece expresamente la doctrina militar de Rusia de febrero de 2010 renovada a finales de 2014. De hecho, ambas potencias disponen actualmente del noventa y ocho por ciento de las armas nucleares existentes y se encuentran inmersas en costosísimos programas de modernización de los componentes de la triada nuclear, así como la actualización permanente de sus capacidades tecnológicas e industriales para el mantenimiento de la fuerza de combate nuclear. En particular, desde los años noventa han estado trabajando en el desarrollo de ojivas nucleares de tamaño superreducido que se encuentran al margen del control de los tratados de desarme vigentes –en concreto el nuevo tratado START de abril de 2010- y que podrían ser empleadas en caso de conflicto limitado, cuando el contrario carece de ellas. Por tanto, se plantean una serie de cuestiones a las que es preciso dar respuesta: ¿Puede ganarse una guerra nuclear en un sentido político? ¿Puede ser la guerra nuclear limitada o controlada? ¿Cuáles serían las restricciones para que se diera una guerra nuclear limitada? ¿Cuál sería la doctrina de empleo de armas nucleares viable en caso de guerra nuclear limitada cuando el adversario no dispone de ellas? En guerras limitadas contra sujetos no estatales, ¿sería legal utilizar armas nucleares de baja potencia, aunque sus efectos no fuesen limitados? En esta comunicación nos proponemos reflexionar sobre la vigencia de las armas nucleares en la sociedad internacional global, su papel para garantizar la seguridad nacional y la posibilidad teórica de su empleo en conflictos limitados en los que participe una sola de las grandes potencias contra otro Estado o contra una organización que trate de asumir las funciones del Estado en un enfrentamiento de consecuencias decisivas para el mantenimiento de la estructura internacional. La actualidad del tema se justifica además, porque en el mes de mayo se celebrará en Nueva York una nueva conferencia de revisión del Tratado de No Proliferación Nuclear de julio de 1968.
“Las relaciones internacionales se encuentran sumidas actualmente en un estado de casi desconcierto, tanto a nivel geopolítico como en el análisis intelectual de los fenómenos que se están sucediendo. Por un lado, actores no estatales disputan directamente espacios territoriales a los Estados, y no solo en el caso de Estados débiles o fallidos, sino también frente a potencias regionales o grandes potencias en un nuevo tipo de conflicto bélico que se ha denominado asimétrico. El caso más patente es el enfrentamiento de grandes proporciones entre una coalición internacional liderada por los Estados Unidos y el autoproclamado “Estado Islámico de Irak y Siria”. Por otra parte, las potencias emergentes tratan de consolidar espacios de influencia crecientes que garanticen no solo su seguridad territorial sino especialmente el acceso a las comunicaciones marítimas por las que se mueven los recursos energéticos y las materias primas que necesitan para su desarrollo económico y, a su vez, despachan los productos manufacturados que son el sostén de su crecimiento. En tercer lugar, una Rusia fortalecida por una década de incremento continuo de los ingresos petroleros y gasísticos trata de imponer una nueva esfera de influencia en lo que fue el territorio de la antigua Unión Soviética y reafirma su presencia en Asia central y en Extremo Oriente incluso por la fuerza. Frente a estos retos, los Estados Unidos y los Estados europeos dentro y fuera de Europa han retomado la idea original de una comunidad euroatlántica, que se está imponiendo como Bloque Occidental frente a esos nuevos actores estatales y no estatales que tratan disputarle la hegemonía que mantiene desde el final de la Guerra Fría en la sociedad internacional globalizada. En este contexto internacional de enorme incertidumbre, las grandes potencias nucleares de la etapa anterior, los Estados Unidos y Rusia, se aferran a sus armas nucleares no solo como el componente disuasivo para frenar cualquier enfrentamiento militar directo entre ellas, sino también como advertencia frente a otros sujetos cuando se ponga en peligro la existencia misma del Estado, como así establece expresamente la doctrina militar de Rusia de febrero de 2010 renovada a finales de 2014. De hecho, ambas potencias disponen actualmente del noventa y ocho por ciento de las armas nucleares existentes y se encuentran inmersas en costosísimos programas de modernización de los componentes de la triada nuclear, así como la actualización permanente de sus capacidades tecnológicas e industriales para el mantenimiento de la fuerza de combate nuclear. En particular, desde los años noventa han estado trabajando en el desarrollo de ojivas nucleares de tamaño superreducido que se encuentran al margen del control de los tratados de desarme vigentes –en concreto el nuevo tratado START de abril de 2010- y que podrían ser empleadas en caso de conflicto limitado, cuando el contrario carece de ellas. Por tanto, se plantean una serie de cuestiones a las que es preciso dar respuesta: ¿Puede ganarse una guerra nuclear en un sentido político? ¿Puede ser la guerra nuclear limitada o controlada? ¿Cuáles serían las restricciones para que se diera una guerra nuclear limitada? ¿Cuál sería la doctrina de empleo de armas nucleares viable en caso de guerra nuclear limitada cuando el adversario no dispone de ellas? En guerras limitadas contra sujetos no estatales, ¿sería legal utilizar armas nucleares de baja potencia, aunque sus efectos no fuesen limitados? En esta comunicación nos proponemos reflexionar sobre la vigencia de las armas nucleares en la sociedad internacional global, su papel para garantizar la seguridad nacional y la posibilidad teórica de su empleo en conflictos limitados en los que participe una sola de las grandes potencias contra otro Estado o contra una organización que trate de asumir las funciones del Estado en un enfrentamiento de consecuencias decisivas para el mantenimiento de la estructura internacional. La actualidad del tema se justifica además, porque en el mes de mayo se celebrará en Nueva York una nueva conferencia de revisión del Tratado de No Proliferación Nuclear de julio de 1968.
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