EL LENGUAJE DE GUERRA FRÍA DE STOLTENBERG

Desde que Javier Solana dejó la Secretaría general de la Alianza Atlántica se fue instalando progresivamente un nuevo lenguaje de confrontación con Rusia en las instituciones atlánticas. Y aunque parecía que no se podía superar el discurso vacuo y propio de etapas anteriores del sistema europeo de seguridad del anterior Secretario Anders Rasmussen, los conflictos de Ucrania y de Siria –vamos a dejar de lado por ahora la responsabilidad del Bloque occidental en el estallido de ambos- han dado argumentos al nuevo Secretario general Jens Stoltenberg (lo es desde el 1 de octubre de 2014) para continuar con el “lenguaje de Guerra Fría”, sin duda más esperable en los funcionarios de Washington que en los burócratas de Bruselas. Pero es lo que pasa cuando se pone al frente de instituciones internacionales que tienen que gestionar la paz y la seguridad a políticos de países menores que no se juegan nada o casi nada en los asuntos internacionales, lo que vemos continuamente tanto en el caso de los funcionarios de la Alianza como en los burócratas de la Unión Europa. Tras la reunión de los Ministros de Defensa de la Alianza Atlántica del 8 de octubre en la que se examinaron la retirada de Afganistán, la guerra en Siria, el refuerzo militar en el flanco sur y oriental de la Alianza y las relaciones con Georgia –¡todos asuntos de extrema importancia para la seguridad europea!- el Secretario general Stoltenberg lanzó una “dura” advertencia a Rusia por haber violado el espacio aéreo turco en varias ocasiones desde que inició la campaña aérea contra los rebeldes y yihadistas en Siria, y anunciaba: “la OTAN ha elevado su capacidad y está preparada para defender a cualquier socio, incluida Turquía”. Sin embargo, su preocupación se acerca más a los intereses de determinados sectores de la política exterior de Washington que a los del gobierno turco, que es quien ha gestionado directamente con Moscú los incidentes aéreos de esta semana. Dice Stoltenberg: “mi preocupación es que los rusos no se dirigen principalmente contra el Estado Islámico, sino contra otros grupos de la oposición. Además, están apoyando al régimen sirio y no contribuye a restablecer la paz”. La Alianza Atlántica ha decidido que el gobierno de Al-Asad es no democrático y que, por tanto, debe ser derrocado. Lo que habría que hacer es recordarle al señor Stoltenberg que entre sus obligaciones como Secretario general de la Alianza está la de mantenerse atento a las declaraciones de los principales dirigentes internacionales y, por supuesto, a lo que dicen el Presidente Putin y el Ministro de Relaciones Exteriores ruso Sergei Lavrov durante la celebración de las sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas durante la última semana de septiembre, quienes dejaron perfectamente claro cuál es la política de Rusia en la guerra civil siria. Lo que se dilucida es que, para sorpresa de los políticos atlantistas, Rusia es un nuevo actor en Oriente Medio, actor decidido pero cauto, y que sigue estrictamente la línea de sus intereses nacionales: le interesa, claro está, un acceso al Mediterráneo y una o más bases aéreas en territorio sirio. Por ello, en contra de lo que piensa Stoltenberg, y también el Secretario de Defensa Ashton Carter o el gobierno francés, Siria no “necesita una transición política”, sino que lo que precisa es la erradicación de la amenaza terrorista, tanto del Estado Islámico, como de los grupos adheridos a Al-Qaeda como Al-Nusra y los grupos rebeldes que han llevado al país a una guerra civil que dura ya cuatro años y que ha causado más de trescientos mil muertos y dos millones de desplazados, precisamente los que están llegando a Europa vía Turquía –véase nuestra entrada del mes de septiembre LA CRISIS DE LOS REFUGIADOS EN EUROPA-. Pero, la intervención militar directa de Rusia en Siria es una nueva excusa –como lo fueron primero Georgia y más tarde Ucrania- para continuar acercando la Alianza a las fronteras de Rusia. Así, en septiembre se abrieron cuarteles de entrenamiento aliado en Estonia, Letonia, Lituania, Polonia, Rumania y Bulgaria, y en octubre se hará lo mismo en Hungría y Eslovaquia, según ha declarado el portavoz de la Alianza como “efecto disuasorio” frente a la amenaza rusa. Es decir, se sigue violando de forma consciente los Acuerdos entre Gorbachov y Kohl que permitieron la reunificación de Alemania en la década de los noventa. La perseverancia en el error es una constante histórica. 

Y LOS CHINOS TAMBIÉN A LO SUYO: EL SISTEMA DE NAVEGACIÓN SATELITAL BEIDOU

En la entrada del mes de septiembre titulada MIENTRAS TANTO MIRAMOS AL ESPACIO dimos cuenta de la puesta en servicio de dos nuevos satélites del sistema de navegación por satélite europeo. El sistema Galileo, que está diseñado para interactuar con los sistemas americano GPS y ruso Glonass, estará plenamente operativo en 2020 cuando se complete la constelación de treinta satélites –veinticuatro operativos y seis en reserva- en órbita terrestre media a 23.222 kilómetros de altitud distribuidos en tres planos inclinados con un ángulo de 56º hacia el ecuador con alcance global, mejorando la precisión del posicionamiento de los sistemas americano y ruso especialmente en las regiones más cercanas a los polos. Pues bien, China lanzó el miércoles 30 de septiembre un cohete LM-3B desde el Centro de Lanzamiento de Satélite de Xichang, provincia de Sichuan, que colocó en órbita el satélite número veinte de su propio sistema de navegación espacial Beidou. Según informó la agencia china de noticias Xinhua, el aparato está equipado por primera vez con un reloj atómico de hidrógeno y un nuevo sistema de señal de navegación que serán puestos a prueba en los próximos meses. El sistema Beidou ofrece hasta ahora cobertura regional, en 2018 ofrecerá cobertura para Asia y Europa y en 2020 alcanzará alcance global. Ante esta vorágine de lanzamientos de satélites y de despliegue de constelaciones espaciales –además de las anteriores citadas, la India está desplegando su propio sistema de alcance regional para el océano Índico e Irán ha anunciado que iniciará el desarrollo de un sistema nacional propio- nos planteamos la siguiente cuestión: ¿cuántos satélites hay en el espacio? Según informaciones hechas públicas por la NASA actualmente hay unos 5.600 satélites orbitando alrededor de la tierra de seis mil que fueron lanzados a partir de 1957, pero solo en torno a unos ochocientos se encuentran operativos. Esta cifra es difícil que sea exacta porque las grandes potencias no revelan el número ni características de sus principales satélites militares y de inteligencia en servicio y porque hay algunos aparatos que han perdido su posición original llevando órbitas erráticas. Esto pone de manifiesto que existe una auténtica carrera espacial entre las grandes potencias, comparable con la carrera nuclear que se desarrolló entre las dos superpotencias durante la Guerra Fría, pues como puso de manifiesto Friedman las guerras del futuro se dirimirán en el espacio[1], entendida esta guerra como una guerra entre grandes potencias.


[1] Los próximos cien años. Ediciones Destino. Barcelona, 2010 (trad. de The Next 100 Years. A forecast for the 21st Century. Random House. Nueva York, 2010).

LA HISTORIA, SIEMPRE LA HISTORIA: FRANCIA ATACA EN SIRIA

Ante el creciente despliegue de poder aéreo ruso en Siria a partir del 19 de septiembre ¿cómo podía Francia quedar impasible? Parece oportuno recordar que Siria era una de las partes que se entregó a Francia por aplicación del Acuerdo secreto Sykes-Picot de mayo de 1916 en el que las grandes potencias pactaron el reparto del Imperio Otomano cuando finalizara la Guerra Mundial. De hecho, cuando la administración francesa procedió a su vez a una nueva división del territorio asignado, estaba preparando el camino para la eventual independencia de los nuevos Estados de Siria y Líbano, dos países lo suficientemente pequeños para que pudieran continuar siendo manejados por la potencia originaria incluso después de su independencia formal. Dejando de lado ahora todo el período de descolonización y la influencia soviética en Siria durante la Guerra Fría –incluido el período de las guerras árabe-israelíes-, la realidad es que París siempre se ha mostrado renuente a renunciar a un papel destacado en Próximo Oriente, a pesar de que su capacidad de influencia y de proyección del poder militar sean exiguas en comparación con las potencias principales intervinientes en la región como los Estados Unidos, Rusia, Arabia Saudí o incluso Irán. Pues bien, para recordar su presencia permanente en la región, ahora que Rusia descarga su potencia militar contra las organizaciones yihadistas y el Estado Islámico en Siria, Francia llevó a cabo el 27 de septiembre operaciones aéreas en territorio sirio. Una fuerza de ataque que despegó de la base aérea de Al-Dhafra en los Emiratos Árabes Unidos bombardeó un centro de entrenamiento de terroristas cerca de Deir Ezzor, al este de Siria. Según anunció el Presidente Hollande durante su asistencia a las sesiones de la Asamblea General de Naciones Unidas en Nueva York la operación se llevó a cabo porque “amenazaba la seguridad de nuestro país”. En un comunicado presidencial se insiste en que “nuestro país confirma así su decidido compromiso para luchar contra la amenaza terrorista que constituye Daesh” y que se continuarán con las acciones militares “cada vez que nuestra seguridad nacional esté en juego”. Pero, comparativamente los ataques aéreos franceses son insignificantes al lado de la potencia de la intervención militar rusa o incluso la de la errática coalición internacional liderada por los Estados Unidos. Sin embargo, eso no es tan importante como mostrar que tiene una estrategia propia para la región que incluye la lucha contra el terrorismo internacional, lo que se remarcaba con las palabras del Primer Ministro Valls cuando dijo hace unas semanas en el parlamento: “solo nosotros elegimos las zonas de sobrevuelo y solo nosotros elegiremos los objetivos”. Una estrategia que ha supuesto que Francia haya sido una de las potencias que más ha atizado durante cuatro años la guerra civil en Siria y que, cuando no se ha conseguido una solución “a la libia”, haya insistido en todos los foros internacionales en que cualquier solución política debe pasar por la salida del Presidente Al-Asad del poder. Precisamente lo contrario de lo que ha declarado el Presidente Putin, y de lo que ha terminando aceptando la Administración Obama con tal de evitar implicarse directamente en una tercera, e interminable, guerra en la región de Oriente Medio. La Historia, siempre la Historia, tenaz, recordando persistentemente lo que hemos hecho mal y como seguimos haciéndolo.

«LA INTERVENCION MILITAR DE RUSIA EN SIRIA»

Este es el título de la Columna de Opinión que he publicado en el sitio web de la Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos (ANEPE) del Ministerio de Defensa Nacional de Chile el 6 de octubre de 2015
en el que analizo la implicación militar directa de Rusia en el conflicto sirio desde la teoría del régimen
 
Texto completo (*):

El Presidente Putin declaró a primeros de septiembre durante la asistencia al Foro Económico de Vladivostok que Rusia mantenía contactos permanentes con el gobierno sirio y con otros países de la región –entiéndase Irán y también el gobierno iraquí al que actualmente se está suministrando armamento avanzado para combatir al Estados Islámico-, pero respecto a la posibilidad de una intervención militar directa dijo que “aunque estamos considerando varias posibilidades, por ahora no está en nuestra agenda”. A continuación, precisó que “decir que estamos dispuestos a hacerlo es actualmente prematuro, pero estamos dando a Siria un apoyo serio y equipamiento y entrenamiento a fuerzas con armamento”. En este período el Mando Militar ruso estaba preparando el despliegue militar en Siria, que se precipitó a partir del 19 de septiembre con el envío de una impresionante fuerza aérea que se ha establecido en la base aérea de Latakia. De todos modos, se trataba de un asunto que era seguido por medios especializados debido a informaciones de inteligencia e imágenes satelitales que indicaban un trasiego constante de barcos rusos en el puerto de Tartus y una intensa actividad de aviones de transporte pesado en la base aérea cercana a la ciudad portuaria de Latakia, incluidas operaciones con los enormes An-124 como se publicó en el propio sitio web del Ministerio de Defensa ruso. Estas informaciones de inteligencia también constataban la ampliación de la plataforma de la base aérea siria, la construcción de una torre de control y barracones e instalaciones en tierra para albergar un gran contingente militar. Los primeros aviones de combate en llegar a la base aérea de Latakia fueron cuatro Su-30SM de la Fuerza Aérea rusa (VVS) de los que se obtuvieron imágenes por satélite el mismo día 19 de septiembre –dos días antes los mismos aviones había estado operando desde la base aérea de Shagol en los ejercicios Tsentr 2015-. Durante ese fin de semana fueron apareciendo en la pista de Latakia doce bombarderos Su-24M, doce aviones de ataque a tierra Su-25SM y al menos ocho helicópteros de asalto Mi-24. El día 26 de septiembre se dio cuenta de la presencia de al menos un Il-22M-11 especializado como puesto de mando aerotransportado encargado del control y la dirección táctica de unidades aéreas y terrestres que combaten sobre el terreno; y el día 29 de septiembre se detectaron seis novísimos bombarderos Su-34 apoyados por un avión cisterna Il-78. También han sido fotografiados diversos aviones no tripulados de las Fuerzas Armadas rusas en el espacio aéreo sirio. En paralelo, la Escuadra del Mediterráneo encabezada por el crucero lanzamisiles “Moskva” de la Flota del Mar Negro ha establecido dos zonas restringidas a la navegación al este y al oeste de la isla de Chipre con la finalidad de llevar a cabo ejercicios de tiro de misiles entre finales de septiembre y principios de octubre. El inicio de este impresionante despliegue militar coincidió en el tiempo (21 de septiembre) con el ataque a la embajada rusa en Damasco perpetrado supuestamente por grupos rebeldes opositores al régimen del presidente Asad y con la inesperada visita del primer ministro israelí Netanyahu –acompañado de los jefes del Estado Mayor y de la inteligencia militar- a Moscú para entrevistarse con el presidente Putin. En esta reunión, que ha pasado prácticamente desapercibida en los medios occidentales, ambos gobiernos decidieron establecer mecanismos de colaboración entre las Fuerzas Armadas de ambos países para casos de crisis. Resulta evidente que Moscú está indicando al gobierno israelí que mientras mantenga una presencia militar directa en Siria, que incluye operaciones aéreas de combate contra las fuerzas opositoras al régimen de Asad –ya sean los grupos rebeldes llamados moderados, las fuerzas del Estado Islámico o Al-Nusra-, se deberán abstener de cualquier aventura militar en el país, porque un choque entre aviones militares rusos e israelíes tendría consecuencias graves ambas partes. Esto significa que Moscú no está dispuesto a tolerar la intromisión israelí en una resolución definitiva del conflicto sirio que ya ha sido consensuada con el Bloque Occidental, lo que se escenificó en la reunión de los presidentes Obama y Putin el 28 de septiembre en la sede de Naciones Unidas en Nueva York. Por ello, el presidente Obama declaraba ante la Asamblea General que “los Estados Unidos están dispuestos a trabajar con cualquier nación, incluidas Rusia e Irán para resolver el conflicto”. Los gobiernos occidentales han aceptado que la potencia militar rusa decida el conflicto sirio a favor del régimen de Asad –aunque muestren su discrepancia respecto a la etapa posterior, que denominan eufemísticamente “de transición” como decía el presidente Obama en la misma sede- porque después de cuatro años de guerra civil ninguna de las partes ha conseguido imponerse militarmente sobre la otra y los ataques aéreos de la coalición internacional liderada por los Estados Unidos no han alcanzado los objetivos estratégicos previsto que eran destruir la capacidad de combatir del Estado Islámico. Pero si esto es significativo, lo que llama poderosamente la atención es la capacidad de despliegue de las Fuerzas Armadas rusas más allá de su extranjero cercano, ya que han sido capaces de mover en menos de una semana una poderosa fuerza de combate hasta territorio sirio con la finalidad de resolver definitivamente el conflicto a favor del gobierno reconocido internacionalmente de Siria, mientras la mayoría de los analistas pensaba que Rusia estaba concentrada en su frontera occidental con vistas a una eventual operación militar en Ucrania. Los ataques aéreos de las Fuerzas Aéreas rusas contra los opositores al régimen de Al-Asad se han iniciado el 30 de septiembre. 
 
Documento publicado en el sitio web de ANEPE (aquí). 

(*) Las opiniones que se recogen en este artículo son responsabilidad exclusiva del autor. 

Recomendamos el ensayo de Javier Jordán Enamorado "La intervención militar de Rusia en Siria: oportunidades y desafíos", en Documento Marco IEEE núm. 27/2015, 27 de octubre de 2015.

Для Анастасии.

MIENTRAS TANTO MIRAMOS AL ESPACIO: SE INCREMENTA LA CONSTELACION EUROPEA GALILEO

El pasado 10 de septiembre la Agencia Espacial Europea (ESA) lanzó desde la base espacial de Kourou en la Guayana francesa un cohete ruso Soyuz –estimado lector, sí, es correcto, un cohete ruso- que transportaba dos nuevos satélites del sistema de navegación global europeo. Con la incorporación de estos satélites –a finales de año se pondrán en órbita dos más- el sistema de posicionamiento global Galileo suma ya diez aparatos de los treinta que tendrá cuando esté completado al final de la década para dar cobertura de posicionamiento de altas prestaciones en todo el planeta y mantener seis satélites de reserva que entrarán en servicio rápidamente en caso de avería o pérdida de uno o varios de los veinticuatro que permanecerán operativos de forma simultánea. Como hemos comentado en entradas anteriores de este blog, la puesta en servicio de este sistema satelital integrado europeo permitirá a los socios europeos desarrollar sus comunicaciones de forma independiente del sistema americano GPS, potenciará nuevas sinergias en el transporte europeo por carretera, marítimo y aéreo, este último excesivamente saturado en el espacio europeo, ofrecerá estos mismos servicios a terceros clientes que podrán optar entre el sistema americano, el europeo o el ruso Glonass o interoperar conjuntamente tanto con el GPS o el Glonass. Por eso, el Director General de la ESA Jan Wörner explicó el 10 de septiembre que “estamos aumentando progresivamente el número de satélites en órbita e instalando estaciones en tierra por todo el mundo, así que Galileo tendrá pronto un alcance global. Ya se está acercando el día en que Galileo esté plenamente operacional”, para terminar enfatizando que “será un gran día para Europa”. Con una inversión enorme de 7.000 millones de euros –mayor que lo que se ha invertido ya en el Gran Acelerador de Hadrones del CERN-, expertos independientes estiman unos retornos de 90.000 millones de euros durante los próximo veinte años. Pero también, y no es menos importante en términos estratégicos, a través del Servicio Público Regulado (PRS) servirá a las necesidad de comunicaciones cifradas de los gobiernos europeos, con implicaciones estratégicas fundamentales con será apoyar en el despliegue de los submarinos nucleares portamisiles franceses y británicos en sus patrullas oceánicas permanentes o llevar a cabo operaciones de ataque con misiles aéreos y navales sin necesidad de depender del GPS como hasta ahora –no olvidemos que se trata de un sistema desarrollado por los militares y bajo el control del Departamento de Defensa- y, en consecuencia, sin el veto americano a operaciones militares que podrían emprender los socios europeos… eso sí, cuando los dirigentes europeos adquieran conciencia política de que el poder se impone normalmente por la razón, pero también, y en determinados casos, se requiere el uso de la fuerza.   

LA CRISIS DE LOS REFUGIADOS EN EUROPA

En la entrada del mes pasado titulada Dar un paso atrás está fuera de toda discusión tratamos sobre la decisión del Poder Político turco de enfrentar militarmente la amenaza que representa para la seguridad del país el terrorismo de los independentistas kurdos, tras el anuncio del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) el 12 de junio pasado de reanudar la lucha armada. Turquía ocupa un espacio geoestratégico decisivo, en el que actualmente interactúan dos grandes potencias, como son los Estados Unidos y Rusia –que en menos de una semana ha desplegado una imponente fuerza aérea en territorio sirio-, y otras potencias regionales que quieren imponerse en los espacios de inestabilidad en los que se han convertido los antiguos Estados de Irak y Siria. Se puede debatir extensamente sobre la responsabilidad del Bloque Occidental en la destrucción de los regímenes que controlaban cada uno de estos países –que no debemos olvidar, contribuían a dar estabilidad a un subsistema regional increíblemente precario-. Esta responsabilidad es directa en el caso de Irak  tras la ocupación militar de 2003 y la desastrosa gestión de la posguerra que ha dejado un país sumido en el caos, sin gobierno que ejerza la soberanía interior y exterior y dividida territorialmente en al menos cuatro partes. E indirecta en el caso de Siria puesto que el Bloque Occidental empujó a través de sus clientes en la región a grupos rebeldes supuestamente moderados a atacar al gobierno Asad, pero estos grupos pronto se vieron superados, primero por grupos afines a Al-Qaeda y, posteriormente, por la pujanza militar del autoproclamado Estado Islámico de Irak y Siria, lo que terminó sumiendo al país en una guerra civil a tres bandos sin solución. Precisamente, en el caso de Siria los Estados Unidos han dejado hacer a unos y a otros confiando en que el régimen baasista sería derrotado militarmente, pero después de cinco años de guerra civil el régimen se mantiene sólido en las posiciones que controla –zonas urbanas y nudos de conexión de transporte-, una parte sustancial se encuentra ocupada por el Estado Islámico que a su vez también abarca gran parte del norte de Irak y los grupos afines a Al-Qaeda –esencialmente Al-Nusra- combaten a unos y a otros con una violencia extrema sin sujetarse a las normas básicas del Derecho Internacional. Muy pronto una masa de refugiados de la guerra civil siria se desplazó más allá de las fronteras, a Líbano, Jordania y también al sur de Turquía, donde se asentaron en grandes campos de refugiados asistidos por los organismos de socorro de Naciones Unidas y toda una pléyade de organizaciones no gubernamentales más o menos organizadas. Resulta patente la carga que representa para los Estados receptores el mantenimiento de estas poblaciones flotantes con un destino incierto esperando retornar a su país, mientras desde Washington y las principales capitales europeas se gestionaba cada vez peor la resolución del conflicto sirio. Pues en medio de este caos de violencia bélica, extremismo islamista y violación sistemática de los principios del Derecho Internacional Humanitario, a partir de julio se suceden las declaraciones de dirigentes políticos europeos en las que se pedía al gobierno turco contención en las acciones militares emprendidas contra las  fuerzas kurdas en la frontera con Siria e Irak, declaraciones en las que llamaban a “un uso proporcionado de la fuerza” contra las milicias kurdas, a que no se abandonase el proceso de paz y a “retomar el alto el fuego sin dilación”. Pero, ¿no decimos que no se puede negociar con terroristas? De hecho, los aliados occidentales –los mismos que hacen esas declaraciones- reunidos en el seno de la Alianza Atlántica al amparo del artículo 4 del Tratado de Washington declararon que la “Alianza está unida frente al terrorismo”, y que reconocen el derecho de Turquía a defenderse de los ataques terroristas. Sin embargo, a continuación –esencialmente alemanes, británicos y burócratas de la Comisión Europea- exigieron al gobierno turco que limitara sus acciones militares contra los kurdos a los que se considera “amigos” de Occidente porque combaten al Estado Islámico en Irak, pero al mismo tiempo se deja de lado que desde junio pasado llevan a cabo una campaña de atentados terroristas contra las fuerzas de seguridad y el Ejército turco que, a su vez, es un aliado en el seno de la OTAN. Como decíamos en la entrada anterior, los turcos, como los rusos, toman sus propias decisiones en función de sus intereses nacionales y ante la falta de coherencia de los europeos decidieron abrir las barreras que hasta entonces contenían a los refugiados de la guerra civil siria. En consecuencia, decenas de miles de personas –auténticos refugiados políticos, yihadistas y una masa de desesperados el resto- comenzaron a moverse desde el sur de Turquía hacia los Balcanes con la idea de dar el salto a la Unión Europea. La aspiración de esta masa de refugiados es un futuro mejor en Alemania, Francia, Holanda o cualquier otro país europeo occidental –en Europa oriental han dicho claramente que no los quieren- en el que poder asentarse con sus familias pero sin integrarse porque es imposible una mezcla de culturas. La mayoría de los dirigentes europeos tienen una concepción de la realidad rayana en la estupidez, o son unos ilusos, no han leído ni una palabra de Carr o Waltz, no tienen idea de cómo van a ir las cosas sino cuando ya han sido y es tarde para dar marcha atrás. No se han enterado que la masa de refugiados que inunda las fronteras orientales europeas no surge de repente ni de la nada sino que es el resultado de la mala política europea en Oriente Medio y, en concreto, en no saber cómo gestionar las relaciones con Turquía. Como siempre, es la canciller Merkel la que sabe ver las cosas como son, con los ojos de la Realpolitik, y así el día 24 de septiembre declaró que “solo con Turquía podemos resolver el problema” de los refugiados.  

“DAR UN PASO ATRÁS ESTÁ FUERA DE TODA DISCUSIÓN”

Son las palabras del presidente turco Erdogan contestando a las declaraciones de dirigentes políticos europeos que le piden contención en las acciones militares emprendidas desde el fin de semana pasado contra las fuerzas kurdas en territorio sirio e iraquí y que llaman a “un uso proporcionado de la fuerza” contra las milicias kurdas, a que no se abandone el proceso de paz y a “retomar el alto el fuego sin dilación”. Es preciso recordar que fue el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) el que dio por finalizado el alto el fuego de forma unilateral el pasado 12 de junio y que desde entonces se han perpetrado numerosos atentados terroristas en territorio turco contra las fuerzas militares y de policía que han causado la muerte de al menos diez miembros de las fuerzas de seguridad. En consecuencia, al calor de los ataques aéreos de la coalición internacional liderada por los Estados Unidos contra el Estado Islámico en Irak y Siria, las Fuerzas Armadas turcas iniciaron una operación militar a gran escala que tiene como objetivo reducir la capacidad militar de los islamistas en la frontera con Turquía –de hecho existe un acuerdo con los Estados Unidos para crear una zona libre de combatientes islámicos en la frontera turco-siria-, pero especialmente persigue destruir la capacidad operativa de las milicias kurdas una vez roto el alto el fuego por el PKK. Los aliados occidentales reunidos en el seno de la Alianza Atlántica conforme al artículo 4 del Tratado de Washington declaran que la “Alianza está unida frente al terrorismo” y reconocen el derecho de Turquía a defenderse de los ataques terroristas, pero a continuación –esencialmente alemanes, británicos y miembros de la propia Comisión Europea- piden al gobierno turco que limite sus acciones militares contra los kurdos. De nuevo estamos ante la misma pusilanimidad que muestran los políticos europeos cuando se trata de combatir a los enemigos de Occidente y que no se sostiene ni siquiera recurriendo a la doctrina de los derechos humanos. Pero los turcos, como los rusos, no son europeos. Por eso el propio presidente Erdogan decía que “quienes explotan la tolerancia y la paciencia de la gente y del Estado recibirán la respuesta que merecen lo antes posible”, y en consecuencia, “no es posible continuar con el proceso de paz con aquellos que atentan contra nuestra unidad nacional y contra nuestra hermandad”. A ver si los dirigentes políticos occidentales se apuntan a la defensa del Estado, que no es otra cosa que la defensa de nuestro modelo de sociedad, del marco de convivencia que se sostiene en la democracia, los derechos humanos y el desarrollo económico y social que caracteriza a la economía de mercado.