Desde su creación, el blog tiene como temática fundamental
el estudio y análisis de las capacidades nucleares de las grandes potencias, como
parte de mi línea de investigación principal sobre teoría del conflicto y la
guerra nuclear. Son temas que durante bastante tiempo estuvieron al margen de
las principales corrientes de investigación académica, básicamente porque se consideró
que las armas nucleares habían perdido su valor en el pensamiento político-estratégico
o que, incluso, que se podían considerar desahuciadas como instrumento de poder
en las relaciones internacionales en un mundo entendido primero como interdependiente,
luego globalizado y, como no, hegemónico (es conveniente recordar las diatribas
de Fukuyama, Krauthammer o Albright sobre el poder unipolar). Sin embargo, las
grandes potencias continuaron asentando su poder e influencia en las armas nucleares, desde la recién erigida potencia hegemónica estadounidense
de un sistema unipolar que duró escasamente un suspiro, hasta la desahuciada Rusia,
que no lo fue gracias y precisamente a su gigantesco arsenal nuclear, así como el
competidor emergente chino, que paso a paso se convirtió en la segunda economía
del mundo (o la primera según se mida) y ya en la tercera potencia nuclear
mundial, superando a Francia o Gran Bretaña. Todo este proceso de crecimiento y
cambio lo hemos ido anotando en este blog a lo largo de los últimos dieciséis
años, en los que mientras unos perdían su poder por su propia ineptitud (Estados
Unidos, Francia, Gran Bretaña), otros avanzaban amparados en planes a largo
plazo y paciencia estratégica (Rusia y China esencialmente, pero no son los
únicos). Como hemos dicho en varias ocasiones, fue el fracaso
de la disuasión lo que llevó a que los dirigentes del Kremlin rompieran las
reglas del juego aceptadas desde 1992 y decidieran invadir Ucrania en febrero de 2022, porque sabían que los Estados Unidos ya no podían
aplicar su poder, no militar, sino de persuasión, para impedir que una Rusia recuperada
cumpliera sus designios. Por ende, la OTAN se basaba en la premisa de la supremacía militar estadounidense, pero eso ya no existe. Que Rusia consiga ganar esta guerra o no es otra cuestión y
eso solo lo determinará la historia, pero fue la correcta identificación de
la debilidad relativa estadounidense la que les hizo dar tal paso. Pero el
24 de febrero de 2022 los dirigentes rusos no dieron un salto en el vacío, sino
que su operación militar contra Ucrania se apoyó en su propio poderío
nuclear. Para los escépticos o los ingenuos baste recordar la ejecución del
ejercicio GROM-21 de guerra nuclear global cinco días antes del lanzamiento de
las fuerzas rusas contra Ucrania -véase la entrada EL
DÍA DEL TRUENO: GROM-21, EJERCICIO DE GUERRA NUCLEAR GLOBAL, de febrero de
2022-. Las capacidades nucleares puestas sobre la mesa en ese ejercicio eran una clara advertencia de las consecuencias que tendría interponerse en su camino,
como así declaró el mismo presidente Vladimir Putin en un sombrío discurso en
la madrugada del día de la invasión -véase la entrada LAS
ADVERTENCIAS SOBRE DISUASIÓN ESTRATÉGICA DE RUSIA CON OCASIÓN DE LA INVASIÓN DE
UCRANIA, de febrero de 2022-. Como sabemos, estas amenazas se han ido repitiendo
cuando han percibido que Estados Unidos y sus adláteres trataban de traspasar la
línea roja fundamental determinada por el Kremlin en el conflicto de Ucrania: la
no intervención directa de países externos -véase nuestro ensayo «PODERÍO MILITAR DE RUSIA: NUEVOS PLANTEAMIENTOS SOBRE CAPACIDADES Y DOCTRINA DE EMPLEO», de mayo de 2025-. Después de cuatro años y medio
de guerra esa regla ha sido respetada y, a pesar de todos los apoyos recibidos
por parte de Ucrania, se ven solos para enfrentarse militarmente con Rusia
-de ahí la frase atribuida al ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi
Lavrov de que la guerra durará hasta el último ucraniano-. La alternativa es
terrible: enfrentar un conflicto directo con la mayor potencia nuclear
del mundo, arriesgarse a una escalada y en lo más alto a un intercambio
nuclear, donde los grandes damnificados serían sin ningún género de dudas
los europeos. Se deben recordar los resultados de distintos juegos de guerra de
la OTAN con empleo de armas nucleares en un hipotético conflicto en Europa. Para
los europeos, el empleo de doscientas o trescientas armas nucleares aniquilaría
cualquier estructura sociopolítica imperante y después solo quedaría el caos.
Pero rusos y estadounidenses todavía seguirían contando con miles de
ojivas para continuar amenazándose y también para alcanzar un acuerdo,
porque esa es una cualidad de las grandes potencias: pueden acordar entre
ellas sin pedir permiso a los demás -los ejemplos históricos son abundantes,
pero baste recordar por un lado la conferencia de Munich de 1938 que entregó Checoslovaquia
a Hitler o los acuerdos de Yalta y Poznan en 1945 que entregaron Polonia a los
soviéticos-. Como decía mi recordado maestro, el profesor Dr. Eladio Arroyo Lara:
la historia es una gran aleccionadora. La destrucción de las reglas que
establecieron el régimen de estabilidad estratégica desde el final de la Guerra
Fría alcanzó su cénit el 5 de febrero de 2026 con la extinción del último
tratado de control de armas, el Tratado de Limitación de Armas Estratégicas
firmado en Praga el 8 de abril de 2010 entre los Estados Unidos y Rusia. Quince
años después de su entrada en vigor finalizó porque a ninguna de las dos partes
le importó demasiado conservarlo, simplemente porque estimaron que no estaba en su interés nacional -véase nuestro artículo titulado «EL
FIN DEL TRATADO NUEVO START: CONTROL DE ARMAS NUCLEARES EN UN RÉGIMEN
IMPLÍCITO», marzo de 2026-. A ellos se suma la China comunista, cuyo poder económico
creció exponencialmente al calor de la globalización auspiciada por los Estados
Unidos durante treinta años (1993-2022), pero que en materia de armamentos no se
ha sometido a reglas generales simplemente porque su rezago era enorme. Pero,
ahora los dirigentes de estas tres grandes potencias son conscientes de que
se acerca un enfrentamiento y que tienen que tener las manos libres para tomar
decisiones, que pueden ser sanas (alcanzar acuerdos) o insanas (avanzar hacia
el choque). Entonces, ¿cuál es el poderío nuclear que atesoran en 2026? Para
ello nos vamos a apoyar en los datos del Nuclear Notebook elaborado por
Hans Kristensen y su equipo que publica regularmente el Boletín de los Científicos Atómicos, así
como en los datos del SIPRI de Estocolmo, pero aplicando los cambios que estimamos adecuados
conforme a las informaciones disponibles. En primer lugar, Rusia cuenta
con un arsenal de 5.416 ojivas nucleares (39 menos que en 2025), de las
que 2.606 están asignadas a la triada estratégica (Fuerza de Misiles Estratégicos,
Marina y Aviación de Largo Alcance) y 1.790 de la triada táctica (Fuerzas Terrestres,
Marina y Fuerzas Aeroespaciales). Debemos recordar que las ojivas tácticas, así
como las que están en proceso de desmantelamiento, se guardan en depósitos
centralizados distribuidos a lo largo del país bajo la custodia de la 12ª
Dirección Principal que tiene asignadas las misiones de su almacenamiento,
transporte y protección (es la famosa 12ª GUMO). Otras 1.020 ojivas estarían en
proceso de desmantelamiento, pero podrían ser activadas en muy breve plazo de
tiempo en caso de crisis o conflicto. Es preciso llamar la atención sobre el
último informe del Nuclear Notebook referente a Rusia donde se aumentó en un
17% el número de ojivas tácticas (317 más respecto al año anterior) sin que se
hayan observado movimientos significativos en aquellos depósitos centralizados. Pero,
como informa que el arsenal nuclear ruso disminuyó en 39 ojivas, para que los
números cuadren procedieron a restar 226 ojivas de la triada estratégica y
otras 130 de la parte de las ojivas en desmantelamiento, que también se guardan
en dichos depósitos centralizados. Este cambio en el conteo incoherente y que se
antoja arbitrario tiene que ver con las presiones “informativas” de las
agencias de inteligencia estadounidenses que afirman regularmente que el arsenal
de armas nucleares tácticas de Rusia está entre 1.000 y 2.000, es decir, nada
menos que un 100% de margen de diferencia. Entonces, de forma injustificada se determinan
científicamente cambios en la estructura del arsenal nuclear ruso, potenciando el
peso de la triada táctica al calor de la guerra en Ucrania -el profesor Cristopher Postol, del MIT, ha formulado críticas más autorizadas sobre valoraciones recientes realizadas por el Boletín de los Científicos Atómicos para el caso de Irán, mayo de 2026-. En segundo lugar,
los Estados Unidos cuentan con 5.042 ojivas nucleares: 3.500
estratégicas (en la Fuerza Aérea y la Marina), 200 tácticas (Fuerza Aérea) y 1.342 en
desmantelamiento. Estos números ponen de manifiesto las diferencias en la estructura
de las fuerzas de disuasión nuclear de Rusia y de Estados Unidos, donde las
armas tácticas desempeñan un papel simbólico y, además, la mayor parte, de
ellas están desplegadas en Europa a disposición de las fuerzas de la OTAN en
caso de conflicto. En tercer lugar, China cuenta con 620 ojivas
nucleares, de las que 600 estarían en servicio y 20 almacenadas, es decir,
8,73 veces menos que Rusia y 8,13 veces menos que Estados Unidos, pero
los responsables de Washington no hacen más que espolear el miedo a la paridad
nuclear china -véanse las entradas DE
VUELTAS CON EL ARSENAL NUCLEAR DE CHINA: CUANDO LAS INVENCIONES RAYAN EL
DISPARATE, de febrero de 2020; ¡QUÉ
VIENEN LOS CHINOS! OTRO EJEMPLO DE LA FÁBULA DE PEDRO Y EL LOBO, de abril
de 2020; y ARSENALES
NUCLEARES DE LAS GRANDES POTENCIAS EN 2023: ENTRE LA AMENAZA NUCLEAR
RUSO-AMERICANA Y LAS FALACIAS SOBRE CHINA, de junio de 2023-. Además, hay
que tener en cuenta que la doctrina de empleo de armas nucleares china
se basa en los principios de autosuficiencia y no primer uso (NFU en inglés), de modo que no emplearían armas nucleares salvo que fueran atacados con ellas,
algo que nunca han declarado los Estados Unidos ni la OTAN. Esta doctrina de
bajo perfil nuclear justifica que las ojivas estén guardadas en depósitos
regionales a lo largo del país y cuyo uso solo puede ser autorizado por la
Comisión Militar Central, aunque el proceso de centralización del poder en
la cúspide que acometió Xi Jinping a partir de 2013 haya hecho que sea una
decisión de su competencia, como ocurre con sus pares ruso y estadounidense. Estas
tres grandes potencias suman el 91% de las armas nucleares del mundo. El
resto son pequeñas potencias nucleares que cuentan con arsenales testimoniales
frente al poder avasallador de Rusia y los Estados Unidos: Francia (370) y Reino
Unido (225) con estatuto legal reconocido por el Tratado de No Proliferación
Nuclear de 1 de julio de 1968, e India (190), Pakistán (170), Israel (90) y
Corea del Norte (60) como potencias nucleares de facto, sumando
entre todas ellas 1.105 ojivas nucleares. De este modo, el total mundial asciende
a 12.183 armas nucleares en 2026, lejos de los gigantescos niveles de la Guerra
Fría, cuando se superaron las 60.000, pero suficientes como para convertir cualquier
conflicto en un desastre como no ha conocido la historia antes. ¿Qué es lo
que determina que no se hayan empleado desde la aberración cometida en Hiroshima
y Nagasaki? Pues una mezcla de cordura y cálculo racional de coste y beneficio
en caso de conflicto por aplicación de la estrategia de la destrucción mutua
asegurada (MAD, que paradójicamente también significa loco en inglés). A pesar de que ha habido propuestas, intentos y apelaciones a su
empleo, las más recientes se han dado en el contexto de la guerra de Ucrania, los que
pueden tomar esas decisiones mantienen la racionalidad y mientras eso sea así
estaremos a salvo. Lo que no nos salvará son las apelaciones a
emprender guerras que de ninguna manera se pueden ganar.
