ODA A UNA ESPAÑA HERIDA

Los acontecinientos que estamos viviendo llegan a dejar sin palabras las mentes más templadas, los corazones se quiebran con las noticias diarias, vivimos tiempos difíciles de una España herida. Pero, siempre surge una voz que sabe poner sentido al sentimiento que nos atenaza. Por eso, quiero compartir estos versos de Bernardo López García, que se recogen en la revista Ejército, en el número 940, julio/agosto de 2019, p. 4:

"Oigo, Patria, tu aflicción
y escucho el triste concierto
que forman, tocando a muerto,
la campana y el cañón."

UN MUNDO RESTAURADO

Este es el título de una de las primeras y emblemáticas obras de Kissinger, que fue el resultado de su tesis doctoral dedicada a analizar el régimen internacional establecido por las grandes potencias que formaban la Santa Alianza y que fue capaz de mantener la paz en Europa de 1815 a 1914, es decir, prácticamente un siglo. Fue un complejo y desquiciante entramado de tratados bilaterales el que permitió que se pusiera fin a ese largo período de paz, proceso de desintegración gradual iniciado para poner freno a las aspiraciones globales de la nueva y pujante potencia que surgió de la reunificación alemana. En un mundo equilibrado las potencias que rigen el sistema, denominadas “potencias de statu quo” por Morgenthau, trataran de frenar a toda costa la emergencia de nuevas potencias, denominadas a su vez “revolucionarias”, entendidas como aquellas que tratan de alterar el equilibrio de poder. La historia enseña que cuando una potencia revolucionaria llega a desafiar a las otras grandes potencias, el vértice del enfrentamiento se elevará exponencialmente hasta llegar al conflicto militar decisivo. Los casos paradigmáticos son el Reino Unido contra Alemania en 1914, y Japón contra los Estados Unidos en 1941. La misma regla se puede aplicar cuando el sistema internacional se encuentra sometido a una potencia hegemónica en lugar de a un directorio de grandes potencias. La Guerra Fría fue un tipo de conflicto singular en el que el enfrentamiento directo y decisivo se resolvió por medios no violentos. El moderador del conflicto fue la posesión de inmensos arsenales de armas nucleares por parte de las dos grandes potencias, denominadas por ese motivo “superpotencias”, porque por primera vez en la historia un poder militar disponía de la capacidad de aniquilar completamente al adversario, lo que se ejemplificó en la estrategia de la Destrucción Mutua Asegurada. De este modo, las armas nucleares actuaron como moderador del conflicto, evitaron el enfrentamiento directo y garantizaron la paz por un largo período de tiempo. Entonces el estatuto de gran potencia se obtuvo por la posesión del arma nuclear… y por la condición de miembro permanente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Es decir, formar parte del directorio mundial surgido en 1945 del enfrentamiento decisivo, como había ocurrido en 1815 tras la derrota definitiva de Napoleón en Waterloo y la conformación de la Santa Alianza. De este modo, después de un período de violencia que se extendió de 1914 a 1945, la “guerra civil europea” de Nolte, el sistema internacional se conformó de nuevo como un mundo restaurado. Por tanto, debemos entender “restaurado” como el sistema internacional que emerge después de una guerra definitiva, que está conformado por una o varias potencias que dictan las reglas del sistema que son asumidas por todos los actores, generalmente de forma voluntaria y en casos marginales por el uso de la fuerza, que se constituye como monopolio de las grandes potencias. Sin embargo, como hemos visto, la desaparición de una de las partes del sistema de la Guerra Fría, la Unión Soviética, no se produjo como consecuencia de un enfrentamiento militar decisivo, sino que fue el resultado del agotamiento económico en la carrera por el poderío global, en un proceso perfectamente estudiado por Kennedy para el período de 1500 a 1989. Esto significó que los Estados Unidos se convirtieron prácticamente de la noche a la mañana en la potencia hegemónica del sistema internacional. Pero las reglas, el conjunto de normas y procesos de adopción de decisiones, el régimen internacional, no cambió. Por eso, denominé al período que va de 1991 a 2001 “la hegemonía imperfecta”. La Santa Alianza tuvo un Metternich y las Naciones Unidas tuvieron un Roosevelt, que crearon o mantuvieron los principios fundamentales para mantener la paz y la seguridad entre las grandes potencias, donde quedaba excluido el conflicto bélico. Sin embargo, el sistema que se alumbró en 1991 careció de un líder. Pero, para ser justos hay que decir que el presidente Clinton fue un gran gestor de la hegemonía dada a los Estados Unidos por segunda vez en cincuenta años. Aquí podríamos hablar de la doctrina del Destino Manifiesto y no sería descabellado su planteamiento, como hicieron en aquel momento desde Krauthammer a Albrigth. Pero la nueva hegemonía americana, la hegemonía imperfecta, coincidió con un período de globalización, como ya había ocurrido en el siglo XIX como apuntó Waltz, y con un nuevo proceso promisorio para el desarrollo: la expansión sin limites en las sociedades humanas de internet, las redes sociales, la hiperconectividad, en fin, el triunfo de la “sociedad de la información” de Castells. Pero esta nueva etapa no llegó a consolidarse definitivamente y, por tanto, no pudo crearse un nuevo régimen internacional que garantizara la paz y la seguridad. El poder militar masivo no ha servido para frenar a actores no estatales que, de todos modos, nunca pusieron en peligro el statu quo, al menos hasta ahora. Sin embargo, ha sido la emergencia de una nueva potencia la que puso en alerta al sistema mundial. La emergencia de China ha sido silenciosa en términos económicos y, solo recientemente, también en lo militar. En todo caso, podría ser considerada “silenciosa” para Occidente y, entre otros factores, no debemos desdeñar prejuicios racistas en esta apreciación, o más bien en la falta de apreciación del poderío emergente, como por otra parte ocurrió con el Japón de los años treinta como dijo Kaiser en 1995. Pero, la potencia de statu quo, los Estados Unidos, intuyeron rápidamente que estaban ante la emergencia de una nueva potencia que iba a disputarles la hegemonía, primero en el ámbito regional del Asia-Pacífico, y después a escala global. El primer presidente americano en tomar decisiones para poner freno a estas aspiraciones fue Bush hijo al final de su segundo mandato. Posteriormente, el presidente Obama desplazó el foco de interés de la política exterior americana al Pacífico y el presidente Trump ha seguido con esta política. Claramente los Estados Unidos comenzaron a tejer un conjunto de alianzas militares en la región del Asia Pacífico en una nueva política de contención a China, como había ocurrido durante la Guerra Fría contra la Unión Soviética. Sin embargo, esta política de contención no ha llegado a configurar una gran alianza político-militar, como lo fue la Alianza Atlántica también durante la Guerra Fría, y el Bloque Occidental se ha quedado hasta ahora más como un concepto académico o una aspiración que como una realidad poderosa que ponga dique a la nueva potencia emergente y sea capaz de imponer un nuevo orden mundial. Pero, ¿cómo iba a ocurrir esto sin un enfrentamiento militar decisivo? El problema es que una de las partes de esa alianza carece de liderazgo: los Estados europeos, agrupados en la Unión Europea exclusivamente en lo económico, son meros “testigos silenciosos” de la lucha por el poder entre los Estados Unidos y China. Y esta falta de liderazgo desintegra también las posibilidades de incorporar a Rusia a la Alianza Occidental. Porque, en el sistema internacional de la posguerra fría, si admitimos este término sujeto a profunda discusión académica, Rusia continúa siendo una gran potencia: junto con los Estados Unidos tienen el 92% de todas las armas nucleares del mundo como recuerda Kristensen, y es miembro permanente del Consejo de Seguridad, con lo que se asegura que cuando se adopte una decisión se haga con su anuencia, conforme al santificado derecho de veto que rige el sistema de adopción de decisiones del directorio mundial. Los Estados Unidos han emprendido una peligrosa política de tratados bilaterales y alianzas militares menores, denominadas coaliciones ad hoc, que recuerdan el entramado de tratados cuya activación desencadenó la Primera Guerra Mundial en el verano de 1914. La carencia de visión política para configurar una poderosa alianza político-militar hace que los Estados Unidos se encuentren solos ante el reto de la potencia emergente que disputa la distribución del poder, en una clara plasmación de las tesis apuntadas por Morgenthau en La lucha por el poder y la paz. En una conferencia pública en 2013 apunté que el enfrentamiento decisivo se produciría entre 2020 y 2023 en el área del Pacífico y que implicaría el uso de armas de destrucción masiva. Estamos asistiendo a eventos que, aunque desconocidos hasta ahora, configuran los elementos necesarios para el desastre. Históricamente es inevitable, los grandes teóricos del realismo político lo han dicho. Friedman lo advirtió en 2010, pero también afirmó que los Estados Unidos serían la potencia del siglo XXI, por tanto, una potencia victoriosa. Han pasado doscientos años de la configuración del mundo restaurado y, de nuevo, estamos abocados a una nueva etapa, a la creación de un nuevo régimen internacional con nuevas reglas, normas y procedimientos de adopción de decisiones que traerán la paz y la seguridad. Las incógnitas son si habrá una gran guerra entre grandes potencias y si el mundo que surja, con guerra o sin ella, será un mundo globalizado o compartimentado. Y un temor, un gran temor: se mantendrá la democracia como la conocemos hasta ahora o será una víctima más en esa nueva lucha por el poder mundial.

ICEX-20: SUBMARINOS NUCLEARES BAJO EL HIELO Y COMPETENCIA POR EL ÁRTICO

En marzo de 2020 la US Navy llevó a cabo el ejercicio Ice Exercice 2020 (ICEX-20) en el que sendos submarinos nucleares de ataque de la clase Los Angeles USS Toledo y de la clase Virginia USS Connecticut navegaron en los mares árticos, saliendo a la superficie en una zona de hielo predeterminada en el mar de Beaufort, al norte de Alaska. El punto se ha denominado en esta edición Camp Seadragon y fue levantado de forma temporal por personal del Laboratorio Submarino Ártico para desarrollar actividades de exploración científica civil y militar en la región. En el vídeo que adjuntamos se puede ver como el USS Toledo emerge lentamente tras romper la capa de hielo, varios miembros de la tripulación salen por la vela del submarino y liberan el casco cortando bloques de hielo con motosierras. Podría considerarse una imagen hasta idílica, si no fuera por el potencial de destrucción se encierran los negros cascos de los dos submarinos nucleares. Pero no solo ellos, sino también los de sus silenciosos perseguidores. En efecto, el almirante Víctor Kravchenko, jefe del Estado Mayor de la Armada rusa entre 1998 y 2005, dice que la banquisa ártica –entre 60 y 90 centímetros de espesor¬– es un ambiente que dominan los submarinos rusos, porque se entrenan regularmente en estas latitudes. La Armada rusa continúa incrementando las capacidades de detección de los submarinos oponentes desde que se sumergen en el océano Ártico y durante su navegación bajo el hielo, porque de este modo dispondrán de más oportunidades para destruirlos en caso de conflicto. Los ejercicios ICEX, de unas tres semanas de duración, se desarrollan en los mares árticos con carácter bienal y tienen como finalidad evaluar la preparación de la Marina americana y otras marinas aliadas para ejecutar operaciones en mares helados, mejorar las capacidades para operar en entornos polares y mantener la estabilidad en la región. Por su parte, el USS Toledo es un gran conocido de la Armada rusa, ya que participó en los eventos de agosto de 2000 en los que se perdió el submarino nuclear de la clase Antey K-141 Kursk con toda su tripulación a bordo, como hemos relatado en la entrada KURSK: UNA TRAGEDIA DE LOS SUBMARINOS NUCLEARES RUSOS  de octubre de 2019. Pero, ¿qué alcance tienen estos ejercicios navales más allá de la estricta presencia militar en una región de extraordinaria importancia estratégica desde los albores de la Guerra Fría? En 2013 el presidente Obama aprobó la “Estrategia Nacional para la Región Ártica” con la finalidad de crear una zona “estable y libre de conflictos, donde las naciones actúan de forma responsable con un espíritu de confianza y cooperación y donde se explotan los recursos económicos y energéticos de forma sostenible.” El mismo año, el Departamento de Defensa publicó la “Estrategia para el Ártico” en la que se mencionan como objetivos fundamentales garantizar la seguridad y estar preparados para la amplia gama de desafíos que plantea la región. Conforme a estos documentos Washington tiene una estrategia ártica para un futuro cercano (hasta 2020), a medio plazo (2020-230) y a largo plazo (más allá de 2030) en los que la seguridad sigue jugando un papel esencial frente a la imparable apropiación del Ártico que está ejerciendo Moscú. Rusia ha convertido el Ártico en un motor del desarrollo económico del país –a través de la explotación de inmensos campos de gas y petróleo en la península de Yamal o la extracción de minerales en las regiones norteñas de Krasnoyarsk y Chukotka–, mantiene una presencia militar permanente modernizando  instalaciones abandonadas de la época soviética y construyendo nuevas bases que son un modelo de ingeniería y el establecimiento de una legislación específica para la región, que incluye los asuntos de seguridad marítima y salvamento en caso de accidentes, lo que le permite ejercer un control efectivo sobre los espacios marítimos árticos. Precisamente, el 5 de marzo de 2020 el Kremlin publicó la nueva “Estrategia para el Ártico hasta 2035”, en la que se reafirman como objetivos nacionales la protección de los intereses en la región y la necesidad de estar preparados para responder a los desafíos que se presentan, tanto desde el lado de la geografía como de la explotación de los recursos naturales. Moscú trata de garantizar el ejercicio de su soberanía en un espacio que considera propio amparándose en la Convención de Derecho del Mar de 1982 y, en consecuencia, se arroga competencias exclusivas y excluyentes en el control de la Ruta Marítima del Norte. Para implementar esta estrategia, durante los próximos quince años va a continuar el programa de modernización de las infraestructuras árticas, se modernizará completamente la flota de rompehielos nucleares de la Atomflot, se incrementarán las capacidades militares navales y de defensa aérea y se mejorarán las redes de vigilancia aérea, marítima y submarina, establiendo zonas antiacceso y de denegación de área en ambos extremos y en puntos localizados de la Ruta Marítima del Norte. Y esto nos lleva a nuevas preguntas: ¿se convertirá el Ártico definitivamente en un área de confrontación entre grandes potencias? ¿Están preparadas las potencias occidentales para hacer frente a los cambios que se avecinan en el equilibrio de poder? En el próximo conflicto, el Ártico no será un área de enfrentamiento militar, pero el desenlace del mismo sí que determinará también la distribución del poder en la región.

"Entre dos tierras estás..."