«EL CONFLICTO DE UCRANIA Y EN PAPEL DE RUSIA EN PERSPECTIVA ESTRATÉGICA»

Este es el título del artículo que he publicado en el número más reciente de Panoramas de Seguridad y Defensa, publicación electrónica del Centro de Investigación y Estudios Estratégicos de la Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos (ANEPE) de Chile, y que en esta ocasión está dedicado al conflicto bélico que se está desarrollando en Ucrania desde principios de 2014. El número monográfico lleva por título “Ucrania: ¿un nuevo problema sin solución para el mundo?”, precisamente porque la implicación de las grandes potencias hizo que un conflicto civil interior se convirtiera en un conflicto internacional cuando Rusia intervino de forma decisiva para recuperar la península de Crimea, territorio que históricamente siempre fue ruso desde la conquista a los turcos por la emperatriz Catalina en 1774, y que desde la desintegración de la Unión Soviética albergaba las principales instalaciones de la Flota rusa del Mar Negro. Posteriormente, el conflicto se extendió a las regiones separatistas del Donbass y se ha prolongado en el tiempo por la persistencia de las grandes potencias en ganarse para su bando a una u otra de las partes implicadas en el conflicto separatistas: el Bloque Occidental apoyando al gobierno ucraniano postrevolucionario –recordemos la “frustrada” revolución del Maidan- y Rusia con una posición favorable a las autoproclamadas Repúblicas separatistas de Donestk y Lugansk. Las negociaciones y posteriores Acuerdos de Minsk han servido para impedir la extensión de un conflicto militar abierto, pero no han resuelto ni de lejos el problema, ya que la situación en Ucrania supone una amenaza para la paz y la seguridad internacionales. En realidad, ¿qué hizo el gobierno ruso el día que ocupó militarmente la península de Crimea y mediante un referéndum la anexionó al territorio de Rusia? Un acto de agresión de conformidad con la Resolución 3314 de la Asamblea General y, sobre todo, con el artículo 2.4 de la Carta de las Naciones Unidas. Y esto, hecho por un miembro permanente del Consejo de Seguridad; igual que ocurrió con la guerra de Serbia de 1999, para la que las potencias occidentales se ampararon en la deriva que hace la Carta hacia las Organizaciones Internacionales, en este caso usando la Alianza Atlántica, que asumen el papel que deberían tomar las propias Naciones Unidas para la defensa de la paz y la seguridad internacional. Esto no deja de ser legal pero sin duda es torticero. Las Naciones Unidas tienen una misión fundamental que nunca cumplen porque su Consejo de Seguridad, por el ejercicio del derecho de veto de sus miembros permanentes, paraliza sus actuaciones. La consecuencia fundamental es que, al no cumplir la función para la que fueron creadas, el régimen se transforma y permanece creándose un nuevo régimen implícito. Del régimen explícito de la Carta de 1945 se ha pasado a uno implícito que abarca cuestiones que ni se plantean en la Carta y abandona el fin principal pero sin que la estructura cambie sustancialmente porque es necesaria para que el fin principal continúe como el fin no alcanzado por deseado. Por supuesto, la responsabilidad de la situación en Ucrania –y de su eventual resolución- corresponde a las grandes potencias, bien reunidas en el seno del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas -el régimen explítico- o mediante acuerdos bilaterales de diriman de una vez las zonas de influencia en Europa Oriental -este el régimen implícito-. Por tanto, una consecuencia pasmosa es que se vuelve al sistema del equilibrio de poderes, como el que rigió en Europa de 1815 a 1914, una suerte de Santa Alianza pero sin ese nombre -sin nombre todavía realmente- y diferentes actores. Sistema garantizado por el principio estructural básico de la libertad, la igualdad y la soberanía de los Estados, a su vez pilar del nuevo régimen implícito. No podemos perder de vista que la intervención militar rusa en Crimea tiene como fundamento el antiguo principio de interés nacional -¡que había sido derogado precisamente por la Carta de las Naciones Unidas!- y que se impone por la fuerza de los hechos. Este es el contenido del artículo que proponemos en esta publicación y en el que al final de mismo planteamos varias soluciones para resolver el conflicto. Dejando de lado por imposible la normalización del régimen -no deseado por Rusia ni por la Alianza Alántica- ni la segunda opción, una situación de permanente conflicto, la tercera opción es viable desde una racionalización de la estructura existente: pérdida por parte de Ucrania de las provincias orientales y adquisición del estatuto de miembro de la Alianza Atlántica y de la Unión Europea. Todos se benefician, Alemania incluida  claro, y aunque Rusia tenga un vecino incómodo que pertenece a su contrincante global, al tratarse de un régimen, todas las partes deben cuidar de no saltarse las "líneas rojas" -de enfrentamiento nuclear- y obtener ventajas o pérdidas en otros lugares. ¿Y dónde queda la Organización de las Naciones Unidas? Pues está para procurar que nadie llegue jamás a las "líneas rojas" y a asentar el régimen implícito que sustituye ventajosamente al explícito con le plena conciencia y pleno convencimiento de que la estructura es elástica y fluida.

La referencia bibliográfica completa es: PÉREZ GIL, L.: “El conflicto de Ucrania y el papel de Rusia en perspectiva estratégica”, Panoramas de Seguridad y Defensa, agosto de 2017, disponible aquí

Texto completo del artículo publicado en el sitio web oficial de ANEPE: 


 

 

 

Luis V. Pérez Gil

Los acontecimientos políticos en Ucrania eran de extrema gravedad a finales de 2013. El rechazo del presidente Viktor Yanukovich a la entrada en vigor del acuerdo de asociación con la Unión Europea se consideró como una injerencia de Rusia en los asuntos políticos internos. Los partidos de la oposición salieron a las calles en una nueva edición de la “democracia de las plazas” y en un clima de extrema violencia forzaron la huida y posterior destitución del presidente Yanukovich el 22 de febrero de 2014. Inmediatamente se constituyó un gobierno provisional declaradamente contrario a una política cercana a Rusia y proclive a las organizaciones occidentales. La situación se deterioró gravemente en los territorios de mayoría rusa del este del país y Rusia consideró estos movimientos como una amenaza directa a su posición en el flanco sur y, en concreto, para el mantenimiento de la Flota rusa del Mar Negro en sus bases de la península de Crimea. El presidente Putin, presionado por los sectores conservadores de la política rusa, tomó la decisión de intervenir directamente en la península de Crimea el 1 de marzo de 2014. La solicitud de autorización al Consejo de la Federación para el envío de tropas se fundamentaba en “la extraordinaria situación que se vive en Ucrania y a la amenaza que pesa sobre la vida de los ciudadanos rusos, de nuestros compatriotas y de las Fuerzas Armadas rusas desplegadas allí”. La decisión fue aprobada por el Consejo de la Federación por unanimidad y respaldada por todos los partidos de la Duma (cámara baja del parlamento federal). Al día siguiente, los mandos militares rusos impusieron el control en la península e instaron a sus homólogos ucranianos a someter a sus unidades a las nuevas autoridades regionales.

El 11 de marzo de 2014 el parlamento de Crimea y el ayuntamiento de Sebastopol proclamaron conjuntamente la independencia de la República de Crimea que, “como Estado soberano e independiente, se dirigirá tras el referéndum a la Federación Rusa con una propuesta de adhesión a Rusia como sujeto de la Federación”. Pocos días después, en el referéndum de 16 de marzo se votó abrumadoramente a favor de la independencia, expresando la voluntad inmediata de formar parte de Rusia. Tal es así que solo dos días después se firmaron en Moscú los Acuerdos de Adhesión. El 21 de marzo de 2014 la Ley Federal de los Nuevos Territorios Federales estableció que las nuevas entidades se consideran parte de la Federación Rusa y, por tanto, les era de aplicación la legislación rusa desde la firma de los Acuerdos de 18 de marzo de 2014 –en la nueva constitución de la República de Crimea de 11 de abril de 2014 se estableció expresamente que Crimea “es parte inseparable” del territorio de Rusia-. Se trató de una auténtica política de hechos consumados. Tras la reincorporación de la península de Crimea a Rusia, el gobierno ruso puso en marcha un plan para garantizar la seguridad militar de las nuevas entidades federales. En consecuencia, las fuerzas policiales y militares ucranianas que no se sometieron a las nuevas autoridades fueron consideradas fuerzas extranjeras y el gobierno ruso instó a su retirada inmediata –las unidades navales presentes en la región pasaron directamente a formar parte de la Flota del Mar Negro-.

El 2 de abril el Presidente Putin firmó el decreto por el que Crimea quedaba incorporada al Distrito Militar Sur, que integra también las regiones del Cáucaso, la Flota del Mar Negro y la Flotilla del Mar Caspio, y el día 4 de abril el plan de seguridad militar elaborado por el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas rusas fue analizado por el Consejo de Defensa Nacional reunido en Moscú, incluido el eventual despliegue de armas nucleares; en este punto, el general Leonid Ivashov, exjefe de la Dirección de Cooperación Militar Internacional del Ministerio de Defensa, afirmó que “de iure nada nos impide desplegar armamento nuclear táctico en Crimea. Sería una medida extrema, pero Crimea es territorio ruso y podemos hacerlo siempre y cuando no contradiga los acuerdos internacionales. Que yo sepa no existen limitaciones para instalar armas nucleares tácticas en el territorio de Rusia.”

Los responsables de la política exterior de la Administración Obama, los dirigentes europeos, los líderes atlantistas y de la Unión Europea, proclamaron de inmediato la violación perpetrada por Rusia de los principios básicos que regulan las relaciones entre los Estados civilizados, el respeto a la democracia y a los derechos humanos, estableciendo que la constitución de un gobierno prorruso en Crimea era ilegal, que el apoyo que prestaba a las nuevas autoridades de Crimea era un ilícito internacional, que la ocupación militar de la región incumplía el acuerdo multilateral de garantías de diciembre de 1994, que la votación del parlamento crimeo aprobando la incorporación a Rusia violaba la Constitución ucraniana y que la convocatoria de un referéndum de autodeterminación por parte del gobierno de Crimea era ilegal y contravenía los principios básicos de la soberanía e integridad territorial, que son principios constitucionales del Derecho Internacional. El secretario de Estado John Kerry acusó a las autoridades rusas de perpetrar “un increíble acto de agresión” afirmando que “en el siglo XXI en el que estamos, uno no se puede comportar como una nación decimonónica e invadir a otro país con un pretexto inventado”. Pero todas estas aseveraciones se contradecían con las políticas occidentales durante la intervención militar de la Alianza Atlántica en Yugoslavia en marzo de 1999, la ocupación de Irak en 2003 o la independencia de Kosovo de Serbia en febrero de 2008, todas ellas llevadas a cabo al margen del Derecho Internacional.

Sin embargo, las aspiraciones rusas iban más allá de la reintegración de Crimea a la Federación Rusa. El Poder Político ruso aspiraba a la desmembración definitiva de Ucrania, arrebatándole además la parte oriental rusófona del país, el Donbás, donde tenía preeminencia antes de su huida del país el Partido de las Regiones del presidente Yanukovich. Pero, en ese momento Rusia tenía unos objetivos limitados: obtener el control efectivo de la península de Crimea, territorio ruso desde el siglo XVIII, consolidar un gobierno prorruso apoyado en la presencia militar rusa y garantizar la permanencia de importantísimas bases navales y aéreas de la Flota del Mar Negro, instalaciones cuyo alquiler vencía en 2017 y que había sido ampliado hasta 2047 por un acuerdo internacional firmado con el posteriormente depuesto presidente Yanukovich.

¿Qué argumentos tenía el gobierno ruso para actuar como lo hizo? En primer lugar, ante la desastrosa situación política en Kiev no le quedaba otra que tomar el control efectivo de un enclave territorial fundamental para la seguridad del país y para su zona de influencia y que, no olvidemos, contaba además con un sesenta por ciento de población rusa. Segundo, la actuación de Rusia fue una reacción ante la expansión desmedida de las organizaciones euroatlánticas hasta regiones que se encuentran dentro de lo que Moscú considera su zona de influencia, como el Cáucaso, Asia Central o Bielorrusia y Ucrania. Desde la perspectiva rusa esto no ha sido respetado por los Estados Unidos ni por la Unión Europea, que se habían embarcado en una política de expansión hacia Europa Central y Oriental con muy poco respecto a los intereses de seguridad de Rusia. La incorporación de muchos Estados de esta región, primero a la Unión Europea, y después a la Alianza Atlántica, desconociendo los acuerdos entre Washington y Moscú de comienzos de los noventa del siglo pasado, explican el creciente sentimiento de inseguridad de las élites dirigentes rusas y su reacción ante la situación de desgobierno en Ucrania a principios de 2014. Resulta sorprendente cómo los dirigentes europeos no se daban cuenta de que con la intervención en Ucrania estaban colisionando directamente con los intereses de seguridad de Rusia. Por su parte, los Estados Unidos fueron sorprendidos en un nuevo fallo clamoroso de sus servicios de inteligencia, de modo que ante los hechos consumados la Administración Obama dejó actuar a Rusia para no alterar el equilibrio estratégico que mutuamente les beneficiaba.

Esto es así porque en la intervención militar en Crimea lo que importaban eran los intereses estratégicos de Rusia. Por esa misma razón los dirigentes europeos no hicieron nada, más allá de las habituales declaraciones políticas, y los responsables de la política exterior americana valoraron qué se jugaban en la situación, sencillamente porque en ese momento no era una zona de interés prioritario, como sí lo es Rusia, y que se necesitaba la colaboración de Moscú para los grandes contenciosos a los que se enfrentaban para mantener su hegemonía global: China, Corea del Norte, Irán, Siria, Afganistán. La posición alemana es el ejemplo de cómo actúa Europa cuando están en juego los intereses estratégicos de las grandes potencias: como la Unión Europa carece de política exterior común cada uno sigue la senda de sus intereses particulares y, realmente, les trae sin cuidado Ucrania, no así Rusia.

Sin embargo, el discurso político y académico occidental afirmó abiertamente la responsabilidad de Rusia en el deterioro del conflicto ucraniano y que el Bloque Occidental –lo que desde Kennan se conoce como “el mundo occidental”- debía actuar por medio de su organización militar: la Alianza Atlántica. Como enfatizaba el ministro de Asuntos Exteriores español José Manuel García-Margallo con ocasión del Consejo Extraordinario de la Unión Europea celebrado en Bruselas el 3 de marzo de 2014, “estamos ante la situación más grave desde la caída del Muro de Berlín”. Esta idea caló fuertemente en determinados dirigentes políticos europeos, los denominados “atlantistas”, que aspiran a recuperar la sensación de seguridad que la Alianza Atlántica otorgaba a los débiles Estados europeos de la posguerra mundial tutelados por los Estados Unidos. El secretario general de la Organización Anders Rasmussen decía el 27 de agosto de 2014, unos días antes del Consejo Atlántico de Newport (4-5 de septiembre de 2014): “creo que Rusia sabe que atacar a un Estado miembro sería cruzar la línea roja. Ese es el mayor valor de la Alianza (…) Con esto no quiero decir que haya una amenaza inminente, sino que nuestro deber es actualizarnos continuamente y adaptarnos al nuevo entorno para continuar siendo creíbles y efectivos. Cuanto más fuerte sea nuestra determinación, menor será el riesgo de amenaza militar sobre cualquier aliado”.

Para responder al clamor de los aliados de la Europa Oriental frente a la acometividad rusa se aprobó un Plan de Acción para la Preparación que contemplaba el despliegue de unidades militares de intervención rápida en los países limítrofes –los famosos batallones multinacionales liderados por cada una de las potencias de la Alianza-, el preposicionamiento de material, el despliegue de sistemas de mando y control en bases militares de estos países y el reforzamiento de la Policía Aérea del Báltico –aunque esto ya lo habían decidido hacía más de una década-. Incluso se creó un fondo de quince millones de dólares para apoyar la reforma de las Fuerzas Armadas ucranianas, que no se trataba de otra cosa que del suministro de equipo militar a una de las partes en la guerra civil como así lo reconoció expresamente el presidente Petro Poroshenko el 8 de septiembre de 2014. Sin embargo, se acusaba a Rusia de “haber propagado el conflicto de Ucrania” y se enfatizaba que era el gobierno ruso, “con sus actos”, quien había pasado a tratar a la Alianza no como un socio, sino como un adversario y se mandaba un mensaje a los dirigentes de Kiev: la única manera de salvarse era integrarse de cualquier manera en la Alianza.

Por tanto, se impusieron las tesis que sostienen que estamos ante una “Rusia revisionista” que violenta el proyecto de una “Europa unida, libre y en paz”. Pero, precisamente, esa Europa plena se pudo alcanzar gracias al gran acuerdo con la Unión Soviética de Gorbachov que permitió la reunificación de Alemania y la liberación de los países de Europa Central y Oriental. En ese acuerdo fundacional para una Europa Unida se encontraba el compromiso occidental de no extender las organizaciones militares europeas hasta las fronteras de Rusia, lo que se institucionalizó en el Acta Fundacional de las Relaciones OTAN-Rusia de mayo de 1997 con una declaración adicional en la que se establecía que este acuerdo estratégico “no puede en modo alguno menoscabar la eficacia política y militar de la Alianza, incluida su capacidad para cumplir su compromiso de seguridad con los miembros actuales y futuros”.

La eventual asistencia militar rusa a las regiones rebeldes de Donetsk y Lugansk autoproclamadas repúblicas populares en abril de 2014, el despliegue de IRBM Iskander-M en la región de Kaliningrado y, posteriormente, la inesperada intervención militar directa en Siria a partir de septiembre de 2015, han sido una reacción a la ruptura occidental de ese acuerdo fundacional: extender la Alianza Atlántica hasta las mismas fronteras de Rusia, proceder sin ningún pudor político a la desmembración de Serbia creando el Estado ficticio de Kosovo sin que esto respondiera a intereses nacionales de ninguno de los Estados europeos, en tratar de desestabilizar el equilibrio estratégico entre las grandes potencias nucleares con el despliegue de defensas antimisiles en Rumania y Polonia, en la injerencia en la región del Cáucaso espoleando al gobierno georgiano para que actuara militarmente en las regiones separadas de Abjasia y Osetia del Sur, que no son otra cosa que protectorados militares de Rusia, y, finalmente, alcanzando un acuerdo de asociación de la Unión Europea con Ucrania sin la anuencia previa de Rusia. Esta cuestión es fundamental porque no se puede olvidar que la Unión Europea de 2013, cuando se inició la crisis ucraniana que desembocó en una guerra civil no es la de 2009, pues desde diciembre de ese año comenzó a funcionar en el sistema comunitario la cláusula de defensa colectiva del artículo 42.7 del Tratado de la Unión.

En consecuencia, las élites dirigentes rusas comenzaron a percibir como una amenaza directa a la seguridad nacional la incorporación a la Unión Europea de países que hasta hace poco formaban parte del imperio soviético. Resulta evidente entonces que el Bloque Occidental estaba violando el acuerdo uti possidetis europeo adoptado en el momento de la reunificación alemana y, en el caso de Ucrania, se había espoleado incluso a los dirigentes golpistas de Kiev para que hicieran una “guerra hasta el final” contra los rebeldes prorrusos de las repúblicas separatistas del este del país, a su vez apoyados por Moscú, que ha incluido actos terroristas y asesinatos selectivos.

El corolario es que la injerencia directa o indirecta de Rusia justificaba la intervención de la Alianza Atlántica como supuesto garante de la paz y la seguridad en el continente. Sin embargo, el realismo político establece que la política exterior se rige por los intereses nacionales, y Europa no estaba dispuesta a un enfrentamiento directo con Rusia por Ucrania. Por eso, el secretario de Defensa Chuck Hagel descartó el 4 de septiembre de 2014 la posibilidad de llevar a cabo “acciones militares, una guerra contra Rusia” por Ucrania. Esto no fue obstáculo para que los burócratas de Bruselas y los débiles dirigentes europeos que gobiernan el sistema comunitario aprobaran un complejo mecanismo de sanciones económicas y financieras contra Rusia a partir de julio de 2014 que continúa actualmente vigente.

Es evidente que el sistema de seguridad europeo pasa por un momento complicado, porque ante la ampliación de las organizaciones europeas a sus mismas fronteras occidentales Rusia trata de recuperar el cinturón de seguridad que estableció después de la Segunda Guerra Mundial. Porque una cosa es que los países de Europa Central y Oriental recuperen su soberanía plena y otra muy distinta que las organizaciones de seguridad europeas se extiendan hasta las mismas fronteras de Rusia. Como establece la vigente Doctrina Militar rusa esto representa una amenaza manifiesta contra la seguridad nacional. Pero, desde Washington las relaciones con Rusia se ven con otra perspectiva, a escala global, y a más largo plazo, por eso la solución al conflicto ucraniano pasa por un acuerdo con Moscú. Así, se plantean tres opciones para resolver el conflicto:

Primera, la normalización de las relaciones con Rusia, con el reconocimiento definitivo de la reintegración de Crimea a la Federación Rusa, el levantamiento de las sanciones económicas y financieras, la existencia de una Ucrania independiente con un alto grado de autonomía regional que garantice el autogobierno de la minoría rusa del este del país.

Segunda, la integración plena de Ucrania en las organizaciones occidentales, lo que implica el deterioro permanente de las relaciones con Rusia y un esfuerzo económico de grandes proporciones debido a la desastrosa situación financiera en la que se encuentra sumida Ucrania.

Tercera, la partición de Ucrania, las provincias orientales de mayoría rusa se incorporarían a Rusia como nuevos sujetos de la Federación y la parte occidental del país quedaría formalmente independiente pero dentro de la Unión Europea y de la Alianza Atlántica.

El problema radica en que los dirigentes de la nueva Administración Trump se crean moral e intelectualmente superiores a los toscos dirigentes rusos y de nuevo calculen mal dejándose arrastrar por la irracionalidad del torpe. Sin embargo, parece más probable que nadie irá a la guerra por Ucrania; eso lo saben todos, la Unión Europea, los Estados Unidos, Rusia y hasta la misma Ucrania.


«RUSSIA MILITARY POWER» 2017

Este es el título del extenso documento de ciento dieciséis páginas que publicó el 28 de junio de 2017 la Agencia de Inteligencia de la Defensa de los Estados Unidos en el que se examinan las capacidades militares de Rusia en una –reconocida expresamente- reedición del famoso Soviet Military Power que se editó anualmente durante el período de la denominada “Segunda Guerra Fría”, esto es, en los años ochenta del siglo pasado bajo las instrucciones del Secretario de Defensa Caspar Weinberger (septiembre de 1981). En un contexto extraordinariamente diferente a aquel en cuanto al acceso a la información del oponente ruso, el nuevo Russia Military Power busca centrar y poner foco en el renovado poderío militar de Rusia en un documento dirigido a los políticos americanos, pero también a los dirigentes aliados y al público en general. Si en los años ochenta se llegaron a editar doscientos cincuenta mil ejemplares en ocho lenguas, hoy con la extraordinaria difusión que conceden internet a toda información que se “cuelga” en la red y que rápidamente se “viraliza” en las redes sociales, el impacto del presente documento puede ser enorme. Siempre y cuando, claro está, que no sea más que un recurso más de propaganda política internacional, como en gran medida lo fue el Soviet Military Power que acumulaba exageraciones desmedidas en determinadas capacidades militares de la Unión Soviética que, en realidad, nunca se dieron y que se basaban más en suposiciones que en informes de inteligencia contrastados. Actualmente nos encontramos inmersos en un período de creciente disensión entre dos socios estratégicos. Y esto es lo paradójico de la situación presente: el crecimiento de la tensión hacia un enfrentamiento convencional indirecto –en Ucrania oriental, Siria, el Cáucaso sur o Asia central- entre socios que mantienen grandes acuerdos para al mantenimiento del régimen de estabilidad estratégica: en el seno del Consejo de Seguridad, con la vigencia del Tratado START, el acuerdo sobre la desnuclearización de Irán o la prohibición de venta de armamentos ofensivos a China. De ahí la necesidad de una enorme aceleración de los rearmes alemán y japonés. Son Estados que reponderían a necesidades históricas y estratégicas de mantener equilibrios globales, más fácil en el caso japonés que en el alemán. Un mundo complejo, un multisistema de cindo poderres -el ideal de Kaplan o Rosecrance- mantendría la estabilidad durante todo el siglo XXI. En silencio, sin acceder al Consejo de Seguridad por no necesitarlo -pues como hemos dicho en otras ocasiones, el Consejo de Seguridad ha transformado a las Naciones Unidas en un régimen implícito casi perfecto-, Alemania y Japón son potencias imprescindibles en un mundo transformado. De este modo, un sistema con cinco poderes, equilibrado, daría lugar a un mundo más seguro. 
Sin embargo, en el documento se asevera que “en la próxima década, puede emerger una Rusia más segura de sí misma y más capaz. Los Estados Unidos tienen que anticipar, en lugar de reaccionar, a las acciones de Rusia y perseguir una mayor conciencia de los objetivos rusos y de las capacidades para prevenir posibles conflictos.” (p. V). Como ha sido una constante histórica: la mejor forma de combatir al adversario es conocerlo, por eso se realiza un análisis de la estrategia de seguridad nacional de Rusia, la doctrina militar y la política de empleo de armas nucleares, la estructura de fuerza y las capacidades militares, incluidas las fuerzas nucleares estratégicas, las infraestructuras militares, de mando y control y del sector aeroespacial, la guerra en el espacio y las operaciones cibernéticas. Por su énfasis destaca el apartado dedicado al “Mando y control militar nacional” (pp. 25-28) en el que se examina el proceso de adopción de decisiones que lleva a la autorización de empleo de las armas nucleares y los sistemas de control para materializar dicho empleo en los casos de ataque preventivo, contraataque o ataque de represalia, como se analiza más detalladamente a lo largo del documento.
Según se señala en la publicación en el sitio web de la Agencia de Inteligencia de Defensa, este es el primero de una serie de documentos no clasificados dedicados a los poderes militares que representan o pueden representar una amenaza a la seguridad nacional de los Estados Unidos: Rusia, China, Corea del Norte, Irán y el terrorismo internacional, y el siguiente estará dedicado al poderío militar de China. Formalmente, el documento se compone de un prefacio, firmado por el Director de la Agencia de Inteligencia de los Estados Unidos, el general del Cuerpo de Infantería de Marina Vicent Stewart, y cinco capítulos principales que se estructuran en uno o varios subepígrafes: Introducción/Panorama Histórico (pp. 9-13), Panorama Militar Nacional ruso (pp. 14-21), Estrategia y Doctrina Militar (pp. 22-28), Capacidades militares principales rusas (pp. 29-45) y Perspectiva: Una Fuerza modernizada (46-86). Además, el documento contiene 661 notas al final con referencias documentales e informativas sobre los diferentes aspectos tratados en el texto principal del documento. 
La publicación de la noticia en el sitio web de la Agencia de Inteligencia de Defensa se puede consultar aquí
La referencia completa del documento es: Russia Military Power. Building a military to support Great Power aspirations. Defense Intelligence Agency. Washington, 2017. El documento completo se encuentra disponible aquí.

"Aquí, en esta orilla, del lecho donde duermes..."

DESPLIEGUE AVANZADO DE LAS TROPAS DE COHETES ESTRATÉGICOS DE RUSIA

Las Fuerzas Coheteriles Estratégicas (RVSN) realizan en junio de 2017 ejercicios de despliegue avanzado de sus unidades de cohetes sobre plataformas móviles. En estos ejercicios están implicadas las divisiones de cohetes estratégicos estacionadas en las provincias de Tver, Novosibirsk, Irkutsk e Ivánovo, según informaciones divulgadas por el Ministerio de Defensa de Rusia, y en concreto participan diez regimientos con unos noventa cohetes en total -92º, 235º, 285º, 382º y 428º Regimientos de Cohetes Estratégicos de la Guardia y 168º, 308º, 321º, 773º y 804º Regimientos de Cohetes Estratégicos-. Las fuerzas dotadas con cohetes estratégicos Topol-M y RS-24 Yars móviles –equipados con una ojiva de 800 kilotones y cuatro ojivas MIRV de 100 kilotones respectivamente- se despliegan más allá de sus bases con todos los equipos asociados, realizan maniobras de protección activa, se camuflan y se protegen frente a ataques aéreos e incursiones de sabotaje de fuerzas de operaciones especiales adversarias y, como culminación del entrenamiento, llevan a cabo uno o varios lanzamientos de cohetes estratégicos que portan cabezas inertes. Estas fuerzas son altamente disuasivas puesto que en el caso de que surja una amenaza de guerra a gran escala, se desplegarán muy lejos de sus bases permanentes haciendo extremadamente complicada su detección y localización por los satélites espaciales del adversario y, por tanto, serán invulnerables a un eventual ataque de contrafuerza. Debido al número de cohetes y unidades implicadas se trata de una demostración de fuerza, según han sugerido varios analistas; en concreto, Andrei Kotz dice que “no se excluye la posibilidad de que estos entrenamientos representen una respuesta de Rusia a la movilización de fuerzas de disuasión nuclear de los Estados Unidos cerca de las fronteras occidentales del país eslavo” (declaraciones en Sputnik, 14 de junio de 2017). Esto es así porque durante la segunda semana de junio bombarderos estratégicos B-52H y B-1B americanos sobrevolaron el Mar Báltico durante la realización de ejercicios navales de la Alianza Atlántica que se han desarrollado en las mismas fronteras de Rusia. A su vez estos vuelos fueron interceptados y seguidos al menos en dos ocasiones por aviones de combate Su-27 de las Fuerzas Aeroespaciales de Rusia (VKS). Y en dos ocasiones también sendas parejas de bombarderos Tu-160 de la Aviación de Largo Alcance volaron hasta espacio aéreo del Atlántico norte desde sus bases en el sur de Rusia. Esto sirvió de excusa para que, una vez más, el gobierno polaco, por boca de su presidente Andrej Duda anunciara el 12 de junio de 2017 que estaba dispuesto a discutir con la Administración Trump el aumento de la presencia militar aliada en Polonia (declaraciones recogidas en ibídem). Como respuesta, el vicepresidente de la Comisión de Defensa de la Duma (parlamento federal ruso), Yuri Shvitkin, manifestó que “hemos declarado en repetidas ocasiones que no vamos a dejar sin atención el reforzamiento del contingente de la OTAN y el de otros países que están forjando planes bajo el pretexto de defensa. Está claro que se tomarán medidas de respuesta.” (ibídem). Esta situación responde a la nueva dinámica creada a raíz del conflicto ucraniano, la anexión de Crimea a Rusia y la eventual implicación de este país en los movimientos secesionistas de las provincias prorrusas del este de Ucrania. Pero, como hemos dicho en varias ocasiones, este proceder de la Alianza Atlántica, encabezada por los Estados Unidos, supone una vulneración del gran acuerdo con la Unión Soviética de Gorbachov que permitió la reunificación de Alemania y la liberación de los países de Europa Central y Oriental en 1990 y la creación de la Unión Europea en 1993. En ese acuerdo fundacional para una Europa Unida se encontraba el compromiso occidental de no extender las organizaciones militares propias hasta las fronteras de Rusia, lo que se institucionalizó en el Acta Fundacional de las Relaciones OTAN-Rusia de mayo de 1997 con una declaración adicional en la que se establecía que este acuerdo estratégico “no puede en modo alguno menoscabar la eficacia política y militar de la Alianza, incluida su capacidad para cumplir su compromiso de seguridad con los miembros actuales y futuros”. Precisamente a lo que se agarran ahora los responsables de la política exterior americana, los dirigentes europeos, los líderes atlantistas y de la Unión Europea, que proclaman la agresividad de Rusia y la necesidad de tomar medidas disuasivas para “fortalecer” la defensa común. El problema radica en que los nuevos dirigentes de la Administración Trump se crean moral e intelectualmente superiores a los toscos dirigentes rusos y calculen mal dejándose arrastrar por la irracionalidad del torpe -pensamos en los acontecimientos recientes en Siria que han llevado a Rusia a suspender el protocolo con los Estados Unidos y otros miembros de la coalición internacional para evitar incidentes aéreos vigente desde octubre de 2015-. Las consecuencias serán catastróficas para toda la humanidad pues, como recordaba recientemente el Presidente Putin, en un hipotético enfrentamiento nuclear entre los Estados Unidos y Rusia “nadie sobreviviría” (declaracionesrecogidas en Sputnik, 7 de junio de 2017)

HACIA UN SISTEMA RUSO DE GUERRA ESPACIAL


El pasado 25 de mayo de 2017 las Fuerzas Aeroespaciales de Rusia lanzaron un cohete portador Soyuz 2.1b desde el cosmódromo de Plesetsk en el norte de la Rusia europea con la misión de poner en órbita un nuevo satélite militar Tundra del sistema de alerta temprana EKS, que ha sido denominado Kosmos-2518. Los dos satélites en órbita del sistema EKS –el primer aparato Tundra, Kosmos 2510, está en órbita desde noviembre de 2015- son los únicos satélites de alerta temprana actualmente en servicio, ya que el sistema anterior US-KS/KMO concluyó su vida operativa en 2014. El nuevo sistema contará con una constelación de satélites de órbita altamente elíptica tipo Molniya y satélites geoestacionarios, lo que requerirá al menos diez nuevos lanzamientos hasta 2020. Precisamente en estos días se ha conocido que tres pequeños satélites que Rusia había puesto en órbita en 2013 y 2015 han comenzado a maniobrar después de estar inactivos durante este tiempo. Los satélites, denominados Kosmos-2491, Kosmos-2499 y Kosmos-2504, empezaron a moverse y realizaron maniobras de aproximación a otros satélites situados en órbita fuera de servicio y a pedazos de basura espacial. Según fuentes especializadas, estas capacidades ponen de manifiesto que se trata de satélites experimentales construidos para aproximarse a otros ingenios espaciales y examinarlos, pero precisamente, lo que llama la atención es que ni las autoridades rusas ni Roscosmos han detallado sus funciones o las misiones en las que participan, y en algún caso ni siquiera declararon el lanzamiento del satélite, lo que se sale de todos los estándares en materia de política espacial. Según el Instituto de Física y Tecnología de Moscú el Kosmos-2499 sería un satélite diseñado para probar los novedosos motores de plasma SPT, lo que parece no ajustarse a lo observado este mes, y en el caso del Kosmos-2504 puesto en órbita en 2015, las autoridades rusas anunciaron que el cohete portador que despegó de Plesetsk llevaba tres satélites de comunicaciones Gonets, pero no hicieron ninguna mención al primero. Sin embargo, el hecho de que puedan permanecer inactivos en el espacio durante largos períodos de tiempo y luego puedan activarse y moverse con libertad lleva a los analistas occidentales a considerar que pueden tratarse de aparatos experimentales, diseñados para perseguir e inutilizar a otros satélites en caso de conflicto. Y esto es más preocupante en un contexto en el que Rusia y China dan pasos importantes para colaborar en la carrera espacial. Tal es así que pocos días antes de estos acontecimientos que relatamos, el Presidente Putin explicó en una rueda de prensa con el Presidente Xi Jinping que “China y Rusia cooperan en el sector espacial desde hace tiempo y tenemos todas las posibilidades para intensificar esta cooperación, incluidos el suministro de motores cohete de fabricación rusa a China”. Se trata, precisamente, de los mismos cohetes que se entregan a los Estados Unidos a pesar de la vigencia del mecanismo de sanciones aprobadas por las autoridades americanas por la implicación de Rusia en el conflicto de Ucrania. Como anotamos en una entrada anterior del blog de junio de 2016 titulada ESTADOS UNIDOS AVANZA EN LA MILITARIZACION DEL ESPACIO, los Estados Unidos continúan manteniendo la dependencia de los motores rusos RD-180 construidos por Energomash, perteneciente a Roscosmos, para propulsar los cohetes espaciales Atlas V que se emplean para poner en órbita los satélites miliares de las Fuerzas Armadas y de la Oficina Nacional de Reconocimiento (NRO), así como también del avión espacial no tripulado X-37B –avión que acaba de regresar del espacio el 7 de mayo de 2017 de su cuarta misión secreta y que ha tenido una duración de setecientos diecisiete días-. Sin embargo, el 3 de mayo de 2017 la NRO puso en órbita un satélite de reconocimiento NROL-76 con un cohete Falcón 9 y en la próxima misión OTV-5 del programa X-37B se empleará el mismo cohete propulsor de la empresa Space X. Pues bien, esta aproximación chino-rusa en materia espacial genera, de nuevo, preocupación en Washington, y responsables políticos y militares de los Estados Unidos no dudan en afirmar que ambos países desarrollan sistemas antisatélite dirigidos contra los Estados Unidos. Así, en noviembre de 2016 altos mandos militares declararon que Rusia y China disponen de armas de la era espacial con capacidad para eliminar los sistemas satelitales americanos situados en órbita. En concreto, el Director de Inteligencia Nacional, Dan Coats, ha dicho: “estimamos que Rusia y China perciben la necesidad de contrarrestar cualquier ventaja militar de Estados Unidos derivada de los sistemas especiales comerciales, militares y civiles, y están considerando, cada vez más, ataques contra los sistemas espaciales como parte de su doctrina de guerras futuras.” Por tanto, traemos de nuevo las palabras de Friedman (en Los próximos cien años, 2010) cuando escribió que las guerras del futuro se librarán en el espacio porque los adversarios buscarán destruirse mutuamente los sistemas espaciales que les permiten observar y seleccionar los objetivos y neutralizar los satélites de navegación y comunicaciones para impedir el empleo de los sistemas de armas de precisión lanzables desde aviones tripulados y no tripulados. En consecuencia, la destrucción de los satélites enemigos se convertirá en un objetivo esencial de las guerras entre grandes potencias. Se cumple, por tanto, el principio general que enunciamos de que si alguna potencia consigue poner armas en el espacio, también habrá armas de respuesta.

REVISIÓN DE CAPACIDADES NUCLEARES ESTRATÉGICAS DE LOS ESTADOS UNIDOS Y COREA DEL NORTE

En la entrada anterior titulada Empezar a ganar guerras de febrero de 2017 hacíamos referencia a las primeras iniciativas del Presidente Trump en materia de defensa, en concreto en lo que se refiere al incremento del presupuesto militar y al reforzamiento de las capacidades nucleares estratégicas, basadas en el convencimiento de que la seguridad nacional de los Estados Unidos descansa en la sostenibilidad de la disuasión nuclear. De entrada implica que se continuará con los programas de modernización de la tríada nuclear iniciados por la Administración Obama: nuevos ICBM y SLBM, nuevos submarinos nucleares portamisiles y el nuevo bombardero estratégico B-21. Como primer paso en la revisión de la política nuclear de los Estados Unidos, el Secretario de Defensa James Mattis ha ordenado la elaboración de un informe sobre el estado y las capacidades de las fuerzas nucleares que responda a los requerimientos formulados por el Presidente Trump desde su toma de posesión entre los que se incluía realizar un análisis del arsenal nuclear “con el fin de que sus capacidades de disuasión nuclear sean modernas, potentes y móviles”, se encuentren plenamente operativas, que puedan responder a las amenazas a la seguridad del país y sean capaces de “defender a nuestros aliados”. Estas declaraciones adquieren de semana a semana mayor relevancia política conforme se acrecienta la inestabilidad estratégica en la península de Corea, donde dos aliados clave de los Estados Unidos en el sistema de seguridad regional, como son Corea del Sur y Japón, se encuentran sometidos permanentemente a la amenaza de un ataque inesperado y suicida por parte del régimen de Pyongyang. Como ha enfatizado el Presidente Trump en varias ocasiones, los Estados Unidos pueden decidir en cualquier momento resolver de una vez y para siempre el contencioso coreano. Y lo harán mediante la aplicación de la abrumadora fuerza militar de la que son capaces como han demostrado desde el final de la Guerra Fría en los enfrentamientos directos en los que han participado. Pero bien entendido que en el caso de Corea del Norte el uso de la fuerza militar decisiva se hará después de alcanzar un acuerdo con las otras dos grandes potencias que tienen fronteras con Corea del Norte y que a su vez han sido en el pasado, en el caso de Rusia, y sigue siendo en la actualidad, en el caso de China, valedoras del régimen de Pyongyang. Y este acuerdo se formalizará en el seno del Consejo de Seguridad, del que forman parte todas las grandes potencias poseedoras de armas nucleares y con derecho de veto, y que conforme a la Carta está investido de los poderes para garantizar “la paz y la seguridad internacionales”.

“NO SE HAGAN ILUSIONES”

En una comparecencia en el parlamento alemán el día 27 de abril de 2017 la Canciller Angela Merkel advirtió que Alemania negociará sin contemplaciones la retirada del Reino Unido de la Unión Europa, que este proceso será complejo y que se impondrán condiciones y que el resultado final será la consideración del Reino Unido como un Estado tercero para la Unión Europea. “Lo que significa que perderá todos sus derechos y privilegios”, en palabras de la canciller. Desde el anuncio del resultado del referéndum británico y la decisión del gobierno del Primer Ministro David Cameron primero, y de Theresa May después, de sacar adelante la retirada del Reino Unido de la Unión, la Canciller Merkel ha asumido personalmente la defensa de los intereses comunitarios que, evidentemente, son cada vez más alemanes, porque el presidente Hollande ha conseguido reducir a Francia a la indigencia política en este proceso. Pero esto no es nada nuevo. Como hemos venido afirmando al menos desde 2009 en diferentes escritos –y en el blog desde 2010- los dirigentes políticos alemanes han aprovechado la oportunidad que les presentó la crisis económica y financiera y la supuesta ruptura del euro anunciada por los más conspicuos economistas anglosajones para avanzar en la Unión Política Europea. Resulta llamativa la determinación de la clase política alemana de proteger a la Unión –así Almut Möller en el número de Política Exterior de marzo/abril de 2017-. En este período, el Reino Unido fue perdiendo protagonismo en la adopción de decisiones, porque las grandes decisiones se tomaban en el marco del Eurogrupo del que no formaba parte, y paralelamente Francia fue reduciendo su protagonismo político de la mano de una cada vez más disminuida presidencia de Hollande. La puntilla la dio el nefasto Primer Ministro Cameron cuando asumió el resultado de un referéndum disparatado y que supone la expulsión del Reino Unido del sistema político continental. Y ante ambos se encumbra, de nuevo, Alemania como potencia dirigente del sistema europeo, quebrándose la regla fundamental de la política exterior británica desde Canning: evitar que surja un poder fuerte en el continente. Por eso la Canciller Merkel puede afirmar que los Estados miembros de la Unión Europea mantendrán una postura conjunta durante el proceso de negociación con el Reino Unido que servirá para fijar las condiciones de la salida del sistema comunitario. De nuevo, el Consejo Europeo de 29 de abril de 2017 recoge el consenso comunitario anunciado por la canciller en el Bundestag.

ARSENALES NUCLEARES DE LAS GRANDES POTENCIAS A 1 DE MARZO DE 2017

El Departamento de Estado americano ha publicado los datos numéricos de los arsenales nucleares estratégicos de las dos grandes potencias a 1 de marzo de 2017 conforme a las cláusulas de información contenidas en el Tratado de Armas Estratégicas (START) firmado en Praga el 8 de abril de 2010. Conforme a los nuevos datos los Estados Unidos disponen de 1.411 ojivas nucleares, 820 vectores de lanzamiento entre misiles basados en tierra (ICBM), misiles lanzables desde submarinos (SLBM) y bombarderos estratégicos y 673 sistemas desplegados. Las cifras en el período de referencia anterior –septiembre de 2016- eran de 1.367 armas nucleares, 848 y 681 lanzadores totales y disponibles respectivamente. Por su parte, Rusia dispone de 1.765 ojivas nucleares, 816 sistemas de lanzamiento de los cuales 523 se hallan desplegados en la actualidad. Para el período anterior eran 1.796, 847 y 508 respectivamente. En términos porcentuales los Estados Unidos han incrementados sus ojivas nucleares un 3,21% mientras que Rusia las ha reducido en el mismo período un 1,72%; ambas potencias han reducidos los sistemas de lanzamiento un 3,30% y un 3,66% respectivamente, mientras que los Estados Unidos han reducido un 1,17% los vectores desplegados, y por su parte Rusia los ha incrementado casi un 3%, en concreto 2,96%. Respecto a los límites que establece el propio Tratado START que se deben alcanzar al final del séptimo año de la entrada en vigor –que tuvo lugar el 5 de febrero de 2011-, y que son 1.550 ojivas nucleares, 800 sistemas de lanzamiento y 700 sistemas desplegados, los Estados Unidos están muy por debajo en el número de ojivas operativas (-139) y en sistemas desplegados (27), pero superan en 20 vectores de lanzamiento el límite establecido. En su caso, las Fuerzas Nucleares Estratégicas de Rusia acumulan mayores incumplimientos: 215 ojivas nucleares y 16 vectores de lanzamiento más que los permitidos, aunque está muy por debajo en lo que toca a los sistemas desplegados que autoriza el Tratado START (-177). Como indicamos más arriba, a ambas potencias les queda escasamente un año (febrero de 2018) para alcanzar los límites establecidos. Sin embargo, esto no será problema para ninguna de las dos que se encuentran inmersas en costosos programas de modernización de los diferentes componentes de las Fuerzas Nucleares Estratégicas, de los que hemos ido dado cuenta periódicamente -en Estados Unidos los programas prioritarios son el nuevo submarino nuclear portamisiles SSBN-X, el misil estratégico conjunto de la Fuerza Aérea y la Armada y el nuevo bombardero estratégico B-21 Raider; en el caso de Rusia, la construcción y entrada en servicio de los submarinos portamisiles de la clase Borei y el SLBM Bulavá, el desarrollo del cohete estratégico pesado Sarmat para las RVSN y los bombarderos estratégicos T-160M2 y, a más largo plazo, el PAK-DA-. En el cumplimiento estricto del Tratado START III se verifica la concertación cerrada que existe entre las dos grandes potencias en el mantenimiento del régimen de estabilidad hegemónica que les beneficia mutuamente.
Véanse al respecto los datos actualizados que aportan Hans Kristensen y Robert Norris en "United States Nuclear Forces 2017", Bulletin of the Atomics Scientists 1, 2017, pp. 48-57, y "Russian Nuclear Forces 2017", Bulletin of the Atomic Scientists núm. 2, 2017, pp. 115-126.