El 28 de febrero
de 2026 el presidente estadounidense Donald Trump saltándose una de las promesas
electorales que le llevo a un segundo mandato presidencial empujo a los Estados
Unidos a una guerra en la que no se jugaba nada, siempre entendido en términos
de intereses nacionales. De este modo, frente a su crítica a la etapa de guerras
permanentes de sus antecesores se aprestó para un conflicto que solo duraría “de
dos a cuatro días”, pasado ese lapso de tiempo solo “unas pocas semanas”, pero que
ya va por tres meses con una pseudo tregua mediada por Pakistán donde los
propios Estados Unidos e Israel (dos potencias nucleares) e Irán (un Estado sin
armas nucleares) continúan atizándose entre ellos y también contra todos los
vecinos de la región en una de las guerras más inútiles que se recuerdan.
Porque ninguno de ellos va a lograr sus objetivos (incluso Estados Unidos ni
los tiene), está dañando a sus países subordinados en la región y fuera de ella
(Corea del Sur y Japón son dos grandes damnificados por su dependencia del petróleo
del golfo Pérsico) y cada día que pasa afectan más y más a la economía mundial por
mor de que el 20% del petróleo mundial transita por el estrecho de Ormuz, que
ahora el gobierno iraní reclama de su propiedad, compartida con Omán, que poco
o nada importa en esta disputa. Existe una máxima que dice que se sabe cómo
empiezan las guerras, pero no cómo terminan, y la guerra en Oriente Medio
(o guerra de Irán como la llaman otros) es un ejemplo perfecto porque la primera
potencia mundial, que no se jugaba intereses vitales, se enroló en una suerte
de “juego de tronos” que solo está sirviendo para desgastarla y mostrar
sus carencias. De hecho, la negociación de la tregua actual es la manifestación
más patente de la incapacidad estadounidense y también israelí para sostener un
conflicto de larga duración contra Irán. En este período he comparecido en
varias entrevistas de las que a continuación extracto contenido para tratar
de explicar una guerra que califico de irrelevante, porque en
ella no se juega el futuro de la hegemonía mundial, aunque su desenlace puede
determinar el comportamiento de una de las grandes potencias de la competición
estratégica mundial. Como decimos, Irán no solo no es una potencia nuclear,
sino que después de décadas de sanciones carecía de las capacidades para contar
con unas fuerzas modernas dotadas de equipos y sistemas de armas avanzados.
Tenía cerrados los mercados de armamento gracias a acuerdos a veces expresos y
muchas otras tácitos entre las grandes potencias, incluidas Rusia y China,
porque hay que recordar que el régimen general de sanciones contra Irán y
también contra Corea del Norte se acordó en el seno del Consejo de Seguridad
de la ONU, que es el directorio mundial. En consecuencia, el régimen teocrático
de Irán se adaptó a esta realidad y construyó capacidades asimétricas
para enfrentarse a un potencial agresor. En 2024 y 2025 hubo sendos adelantos
de esas capacidades con ataques de respuesta con misiles balísticos y municiones
de un solo uso (OWA en inglés) contra Israel y bases estadounidenses en el golfo
Pérsico, un preludio de lo que vino después, a partir de febrero de 2026. Irán
no puede ganar una guerra contra Estados Unidos e Israel, pero tampoco está
dispuesto a perderla, probablemente tenga más capacidad de resistencia que
sus adversarios y esté dispuesto a realizar mayores sacrificios, pues la relativamente
reciente guerra de Irán e Irak (1980-1988) está ahí para demostrarlo. Además,
la guerra no solo no ha desbancado del poder al régimen de los ayatolás, sino
que ha unido a una nación milenaria contra la agresión exterior, de nuevo el
ejemplo de la Rusia soviética en la Segunda Guerra Mundial avala esta tesis. De
este modo, Irán ha respondido con las capacidades que pudo desarrollar: misiles
balísticos, OWA, fuerzas navales sutiles y minado, mientras trata de
defender su propio territorio con débiles defensas antiaéreas logrando derribar
y destruir en tierra más de cincuenta aeronaves estadounidenses, aparte las pérdidas
israelíes. Además, logró establecer el control de uno de los puntos de
estrangulamiento (choke point en inglés) más importante del planeta (el estrecho
de Ormuz), que ahora se encuentra en disputa, cuando antes de la guerra era un
paso libre de la navegación mundial. Los principales instrumentos militares que
posee para mantener su bloqueo son navales y aéreos. En el componente naval
cuenta con capacidades ofensivas compuestas por fuerzas sutiles, esencialmente
enjambres de lanchas rápidas de varios tipos y modelos que les permiten
vigilar, interceptar, inspeccionar y tomar el control de los grandes buques
civiles de carga y petroleros que transitan en el golfo Pérsico, así como
vehículos no tripulados navales (USV en inglés) que ha empleado en operaciones
bélicas. La segunda capacidad naval en importancia es defensiva, consistente en
el minado de los accesos al golfo Pérsico. No obstante, esta medida se
emplearía de forma masiva solo en caso de un intento de romper el bloqueo naval
por la fuerza o frente a presencia de una fuerza de desembarco enemiga que
tratara de forzar dicho bloqueo. Existe un tercer componente naval, el
submarino, que no se puede desdeñar, pero del que se desconoce su estado actual
después de la campaña de bombardeos estadounidenses contra sus bases navales.
En caso de haber sobrevivido a esos ataques, los pequeños submarinos de la
clase Ghadir tendrían capacidad de hostigar el tráfico naval con mayor
discreción. Por su parte, el componente aéreo consiste en misiles balísticos y
de crucero con capacidad antibuque cuya efectividad para atacar el tráfico
naval ya se ha puesto en evidencia de forma dramática en el mar Rojo a manos de
los hutíes, uno de los grupos cercanos a Irán. El otro son las OWA, muy baratas
y fáciles de producir en masa (las más conocidas son Shahed-136), que pueden
lanzar en oleadas contra en tránsito naval civil o contra buques de guerra de
superficie enemigos. La experiencia de los conflictos de Nagorno-Karabaj
(2020), Ucrania (desde 2022), sur del Líbano y Oriente Medio (2026) pone de
manifiesto que siempre hay un puñado de aparatos que consigue superar las
defensas antiaéreas y causar daños. Las capacidades de minado de la Marina
iraní han quedado significativamente degradadas debido a la pérdida de casi
todos sus buques de superficie en las primeras semanas de la guerra, aunque se
podrían tender con embarcaciones militares o buques civiles dotados con medios
de circunstancias. A estos podrían sumarse los pequeños submarinos clase Ghadir
que hubieran sobrevivido a los ataques estadounidenses. Además, pueden recurrir
a operaciones de minado aéreo y desde tierra. Las fuerzas armadas iraníes
cuentan con una importante flota de helicópteros medios Mil Mi-17 y Mi-171 de
origen ruso que pueden lanzar hasta cuatro minas tipo Maham en cada salida. Desde
tierra, disponen de una variante de mina naval lanzable mediante cohetes de 333
milímetros desde el sistema lanzacohetes múltiple (MLRS) de largo alcance
Fajr-5. La principal ventaja de este sistema es que, gracias a la angostura del
estrecho de Ormuz, que oscila entre 39 y 97 kilómetros de ancho, puede operar
desde posiciones alejadas de la costa mediante la técnica de disparo y
reubicación inmediata para aumentar su supervivencia. Esta capacidad se mostró en
los ejercicios «Gran Profeta-19» en enero de 2025. Hasta ahora se ha observado
la presencia de un número reducido de minas, una decena o poco más. Pero en
cualquier caso representan un peligro para el tráfico naval. Es preciso señalar
que Irán contaba antes del inicio de conflicto con unas 5.000 minas navales según
estimaciones de la Agencia de Inteligencia de Defensa estadounidense (DIA). Por
ello, no se puede excluir que formen parte de la propaganda de guerra iraní,
que con tal medida esté tratando de mostrar su capacidad para controlar el
estrecho de Ormuz, así como zonas marítimas aledañas, pero sin llevar a cabo
medidas más expeditivas. Un empeoramiento de la situación militar, con una
amenaza de escalada grave, podría llevar a las autoridades iraníes a ordenar
operaciones de minado selectivo de determinados accesos o incluso, en el peor
de los casos, el minado intensivo del estrecho, que supondría el bloqueo
completo del tránsito marítimo civil y militar. Por su parte, la doctrina de empleo
de las fuerzas sutiles iraníes se desarrolló a partir del reconocimiento de
la imposibilidad de entablar una guerra en la mar contra Estados Unidos o sus
aliados. Ante esa evidencia, potenciaron el desarrollo de una fuerza naval
compuesta por un número ingente de embarcaciones muy ligeras y desplegables,
que basan su capacidad ofensiva en la velocidad y la saturación sobre el
objetivo. Como se ha observado en sus operaciones navales antes y después de la
guerra, una vez que se ha identificado un determinado objetivo, un grupo variable
de pequeñas embarcaciones, muy rápidas y dotadas de armamento ligero, se
aproxima desde diferentes direcciones. Estas maniobras están dirigidas a la
intimidación de los buques civiles, mercantes y petroleros, que optan por
detenerse y aceptar la inspección antes de que se produzcan acciones de
hostigamiento y fuego por parte de las fuerzas incursoras. Pero por su
propia naturaleza carecen de capacidad para enfrentarse a una fuerza naval
superior. Hay que tener en cuenta que todos los buques de combate de
superficie importantes de la Marina iraní fueron gravemente dañados o hundidos
por los ataques estadounidenses en las primeras semanas de la guerra (existen
múltiples fotografías, vídeos e imágenes satelitales que confirman su
destrucción). Precisamente la pérdida de las corbetas de distintos tipos
armadas con misiles antibuque eliminó esa amenaza y las fuerzas sutiles no
sirven por si solas para disuadir a las fuerzas navales enemigas desplegadas en
la zona. Ese papel corresponde a los misiles antibuque, que realmente cuentan
con la capacidad para atacar y potencialmente destruir a grandes buques de
combate que se acerquen a las aguas iraníes. ¿Entonces cómo los Estados
Unidos piensa dominar a Irán? Porque una invasión terrestre parece que
no solo no está en los planes, sino que no se pasa por la cabeza de los
responsables de la política exterior estadounidense en estos momentos,
sobre todo si se observa el horizonte de las elecciones legislativas estadounidenses
en el próximo mes de noviembre (conocidas como mid-term o “elecciones de
medio término”). Esto es así porque los Estados Unidos carecen de fuerzas
terrestres suficientes en Oriente Medio para intentar una invasión por tierra, a
lo que es preciso sumar el daño que han recibido todas sus bases militares en
la región por parte de los misiles y OWA iraníes desde el inicio del conflicto.
Entonces, parece que todo apunta a que la decisión estadounidense de atacar
Irán se basó en la confianza en la aplicación de su poder aéreo y naval,
combinado con sanciones económicas masivas. Pero la historia de los
conflictos contemporáneos enseña que ni uno ni otra son suficiente para
rendir un país, salvo en un solo caso: el bombardeo atómico de
Japón en la Segunda Guerra Mundial. A pesar de algunas declaraciones del
presidente Trump parece que ese escenario (de guerra nuclear) está excluido del
conflicto contra Irán. Por tanto, a corto plazo Estados Unidos no intentará
ocupar Irán simplemente porque no puede. A medio plazo, deja en
evidencia debilidades estructurales tanto en el plano político como en el
militar que pueden terminar afectando a largo plazo a su propia posición en
la pugna por la hegemonía mundial. Paulo Londra: “No Puedo”.
REFLEXIONES SOBRE UNA GUERRA IRRELEVANTE: LA IMPLICACIÓN DE ESTADOS UNIDOS EN LA GUERRA CONTRA IRÁN
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