PROPUESTA RUSA DE MORATORIA NUCLEAR 2.0: IMPLICACIONES EN EL INDO-PACÍFICO

El Tratado de Misiles de Corto y Medio Alcance (Tratado INF), firmado en Washington el 8 de diciembre de 1987, estableció por primera vez una prohibición general sobre un tipo de armamentos con capacidad nuclear entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. Ambas partes acordaron eliminar completamente todos los misiles balísticos y de crucero con base en tierra con alcances comprendidos entre 500 y 5.000 kilómetros. El tratado se mantuvo en vigor casi veintiseis años logrando los objetivos políticos propuestos y con un impacto estratégico directo sobre la seguridad europea como parte de los Acuerdos que pusieron fin a la Guerra Fría -se trata de un proceso ampliamente estudiado que excusa mayor desarrollo-. La aplicación del Tratado INF no estuvo exenta de desencuentros, desavenencias y reclamaciones entre las partes, pero unos y otros consideraban que formaba parte del régimen de estabilidad estratégica, que garantiza la paz y la seguridad global, régimen basado en los principios de equilibrio y paridad. Sin embargo, el 1 de febrero de 2019 la Administración Trump anunció la retirada oficial del tratado, que fue respondida inmediatamente por las autoridades rusas en el mismo sentido. En consecuencia, el Tratado INF se extinguió definitivamente el 2 de agosto de 2019. Fue un paso más en la desestructuración del régimen de desarme heredado de la Guerra Fría como hemos descrito en otros documentos. Casi sin solución de continuidad, el 25 de septiembre de 2019 el presidente Putin propuso a los dirigentes occidentales una moratoria unilateral sobre el despliegue de aquellos misiles en Europa y otras regiones, pero solo obtuvo una respuesta negativa por parte de los responsables de la Alianza Atlántica. Un año después (26 de octubre de 2020), el mandatario ruso reiteró la propuesta de moratoria en Europa a los Estados miembros de la Alianza, idea que fue desarrollada al día siguiente por el viceministro de Asuntos Exteriores ruso, Sergey Ryabkov, quien propuso crear un mecanismo de inspecciones mutuas de los lanzadores terrestres MK-41 americanos en territorio europeo y de los misiles de crucero rusos 9M729. La propuesta se basaba en la renuncia rusa a desplegar los misiles de crucero 9M729 con capacidad nuclear en el enclave de Kaliningrado y, por ende, en el resto del territorio europeo, a cambio de que se les permitiera verificar la ausencia de capacidad de lanzamiento de misiles BGM-109 Tomahawk en los lanzadores de los sistemas de defensa antimisiles (BMD) estacionados en Europa. Esta propuesta era inaceptable para la Administración Trump, las declaraciones de los funcionarios de la Alianza continuaron en sintonía con Washington y los "testigos silenciosos" siguieron cumpliendo su papel. Como hemos dicho en varias ocasiones, los dirigentes de las dos grandes potencias concluyeron en un determinado momento que el Tratado INF ya no servía a sus intereses de seguridad y, por ello, crearon las condiciones necesarias para la extinción de acuerdo. Sin embargo, tanto a Moscú como a Washington no les interesa -mucho menos en estos momentos- entrar en una costosa carrera de armamentos que implicaría el desarrollo, adquisición y despliegue masivo de misiles de corto y medio alcance en territorio europeo -la crisis de los Euromisiles en los años ochenta parece ser una lección bien aprendida para ambas partes-. Es en este escenario en el que hay que situar la propuesta rusa de septiembre de 2019, reiterada en octubre de 2020 en plena crisis mundial por la pandemia de la covid-19, que ha sido contestada por el Bloque Occidental, pero que tampoco ha sido contradicha en la realidad. Hay que tener en cuenta que ambas partes están inmersas en programas de misiles hipersónicos, pero por ahora han excluido que estén basados en tierra, lo que parece indicar la existencia de una aceptación tácita de la propuesta rusa. Sin duda, la necesidad de implementar los programas de modernización de los componentes de la triada nuclear de ambas grandes potencias, que se cifran en cientos de miles de millones de dólares, fue el determinante principal para que los presidentes Biden y Putin acordaran in extremis el 23 de enero de 2021 la ampliación por cinco años del Tratado de Limitación de Armas Estratégicas (Nuevo START) que expiraba el 5 de febrero de 2021. Este tratado, firmado en Praga el 10 de abril de 2010, está en el núcleo del régimen de estabilidad estratégica, es el último tratado de limitación de armas nucleares en vigor, y su extinción implicaría la ruptura del régimen explícito de seguridad estratégica por el cual los Estados Unidos y Rusia crean e imponen las normas que garantizan la paz y la seguridad internacionales. El resto de los Estados del sistema internacional son meros actores de los acuerdos estratégicos de las dos grandes potencias y ninguno, incluida la China comunista, se halla en disposición actualmente de disputar y, mucho menos, derogar el régimen estratégico global. La vigencia de este acuerdo se plasmó, una vez más, en la Cumbre de Ginebra de 16 de junio de 2021, donde Biden y Putin trataron los temas de la agenda bilateral y del régimen de seguridad global con resultados inmediatos y tangibles. De nuevo, el 21 de octubre de 2021 el presidente Putin habló en el Foro de Seguridad de Valdai, celebrado en Sochi, de la absoluta necesidad de mantener el Directorio mundial formado por los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, que tiene atribuido el mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales y que está en el núcleo de la estructura internacional. Pero, en esa misma reunión Putin declaró que las relaciones entre Rusia y China se basan en “los intereses de ambos países” y afirmó que “no hay un bloque militar de la Federación de Rusia y China”. Esta es una idea reiteradamente contradicha por dirigentes y analistas occidentales, pero que muy probablemente no responda a la realidad de la relación estratégica entre ambas potencias debido a un enfoque erróneo sobre las principales amenazas a la seguridad territorial de Rusia. Por ello, es interesante y llamativa la declaración del presidente Putin de 27 de octubre de 2021 durante la 16ª Cumbre de Asia Oriental, donde planteó una moratoria al despliegue de misiles de corto y medio alcance en todas las regiones, incluido Asia-Pacífico. Para Putin la región “se enfrenta a la posibilidad de que aparezcan estas armas de ataque en su vasto espacio y, en consecuencia, a la perspectiva de una nueva carrera armamentista”. Esta declaración enfatiza el papel de Rusia en la región, afecta directamente a los intereses de seguridad de China, que se encuentra inmersa en un inmenso programa de militarización para poder enfrentar y ganar guerras en un horizonte más o menos cercano -entre 2028 y 2035-, mientras los Estados Unidos continúan levantando una poderosa coalición antichina en su política de contención en la región del Indo-Pacífico, y puede dar pistas sobre la posición de Moscú en caso de un conflicto militar en la región del Pacífico o el Sudeste Asiático. Toca a los dirigentes occidentales valorar las señales, verificar si son correctas y si es posible alcanzar un gran acuerdo con Moscú que permita el mantenimiento de la paz y la seguridad globales en un siglo americano como predijo Friedman en 2010.  

“Two steps from Hell”.

EL FORTALECIMIENTO DE LA ALIANZA ANGLOSAJONA DEL PACÍFICO

El 15 de septiembre de 2021 el presidente de los Estados Unidos, Joseph Biden y los primeros ministros del Reino Unido, Boris Johnson, y Australia, Scott Morrison, escenificaron, durante una cumbre en línea, el reforzamiento de la alianza anglosajona en el Pacífico. El Pacto AUKUS (por Australia, Reino Unido y los Estados Unidos en inglés) trae, además, la sorpresa estratégica de la nuclearización militar de Australia que no, posesión de armas nucleares. Dentro de la gran estrategia del Pacífico que emprendieron los responsables de la política exterior americana al final de la presidencia de Bush hijo y que se fue pergeñando y ampliando bajo las Administraciones de Obama y Trump, los Estados Unidos dan un paso más para unir formalmente a tres de los cuatro países anglosajones con intereses en el Pacífico; solo la pequeña e insignificante Nueva Zelanda se ha quedado al margen, al menos por ahora. Se trata de un pacto win-win, en términos anglosajones y nunca mejor empleados. Washington gana porque une formalmente a Australia y Reino Unido a la gran coalición informal que han levantado en el Pacífico y el Sudeste Asiático –donde están también Japón, Corea del Sur, Taiwán, Tailandia, Filipinas y la India–; y refuerza las capacidad militares de los países que realmente van a la guerra cuando es necesario –véase su actuación durante la Guerra Global contra el Terrorismo, la guerra de Afganistán, la guerra de Irak o la misma operación para sacar a su personal y colaboradores de Kabul, durante la segunda quincena de agosto de 2021–; además, las empresas del complejo militar-industrial americano consiguen un contrato de extraordinario valor, no solo en término económicos, sino de colaboración estable para un período de cuarenta o cincuenta años. Reino Unido gana, porque después de su “desastrosa” -seguimos debatiendo sobre este término- retirada de la Unión Europa, demuestra que es capaz de erigir acuerdos y formar parte de alianzas que no solo mantienen su estatuto de gran potencia, sino que, además, confirman que puede seguir su propio camino a pesar de su “oprobiosa pequeñez”, como se enfatizó en todo el proceso del Brexit desde el lado europeo. Finalmente, Australia gana porque formaliza una nueva alianza con sus pares anglosajones, porque quiere desempeñar un papel relevante en la estrategia del Pacífico y porque su Marina de guerra se convertirá en un factor de poder en la región. Esto es así porque, después de décadas de intentos frustrados, el gobierno australiano ha tomado la decisión de dotarse de una fuerza submarina al nivel de las grandes potencias nucleares –véase el Statement del primer ministro australiano de 16 de septiembre de 2021. La Marina asutraliana recibirá ocho submarinos nucleares de ataque (SSN) desarrollados con asistencia tecnológica americana, que permitirán patrullar grandes extensiones marítimas, hacer frente a cualquier adversario naval en la región y disponer de la capacidad de golpear en profundidad el territorio enemigo, porque, no lo dudemos, los SSN australianos estarán equipados con misiles de crucero Tomahawk de ataque a tierra, armamento avanzado con el que solo cuentan, hasta ahora, además de los Estados Unidos, los SSN de la Royal Navy. No hay perdedores. Las autoridades francesas se quejan de la cancelación del contrato de exportación de armas más importante de su historia véase la entrada SUBMARINOS DEMASIADO CAROS de abril de 2016, pero en términos estratégicos eso no es significativo a pesar de las reacciones de los responsables de la política exterior francesa y de la aparatosa llamada a consultas de los embajadores en Camberra y Washington–. Los dirigentes europeos continúan con el discurso vacío de una futura defensa europea que resurgió al calor del Tratado de Maastricht es conveniente recordar el fracaso de la Comunidad Europea de Defensa en 1954- y no es posible extraer consecuencias estratégicas de discursos y declaraciones intrascendentes –un ejemplo más lo tenemos en el discurso del estado de la Unión de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, pronunciado el mismo día 15 de septiembre de 2021 ante el parlamento europeo, que se basó en el triunfalismo europeo frente a la pandemia, la ausencia pasmosa de autocrítica y seguir fantaseando con un ejército europeo, que jamás existirá, a raíz de los acontecimientos recientes en Kabul–. Con el pacto AUKUS los anglosajones demuestran la distancia sideral que existe entre sus decisiones y las de los dirigentes europeos, convertidos en testigos silenciosos de las decisiones que toman otros. Lo dijo muy claro el primer ministro Morrison: “como primer ministro debo tomar decisiones que respondan a los intereses de seguridad nacional de Australia”. Esto no lo oiremos a ninguno de los correctísimos, en términos políticos, líderes de la Unión Europea, amparados en ideas que, ahora mismo, escapan a los intereses de los propios Estados miembros, como hemos comentado en otros sitios –véase por todos el ensayo "La Unión Europea y las grandes potencias en un sistema internacional e inestable", de 28 de junio de 2021–. Y no esperemos que las cercanísimas elecciones alemanas para elegir a un nuevo canciller (26 de septiembre de 2021) vayan a cambiar nada, ningún candidato quiere sacar a Alemania de la comodidad de su estatuto de potencia benévola. Por tanto, el Bloque Occidental se refuerza en el Pacífico para hacer frente a su cada vez más evidente adversario (la China comunista), el escenario estratégico evoluciona rápidamente –esta semana cuatro buques de guerra de la Marina china navegaron por el Pacífico Norte, cerca de las costas de Alaska- hacia un inevitable enfrentamiento decisivo, que cada vez es más evidente que se producirá en un plazo de tiempo muy inferior al que planificaron los militares chinos en el Libro Blancode la Defensa de 24 de julio de 2019  –que comentamos en la entrada homónima de julio de 2019

La primera reacción oficial del gobierno francés de 16 de septiembre de 2021, por boca de los ministros de Asuntos Exteriores, Jean-Yves Le Drian, y de Defensa, Florence Parly, se puede consultar en el sitio oficial del Ministerio de Asuntos Extranjeros francés. 

La declaración oficial del gobierno chino en palabras del portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores, Zhao Lijian, el 16 de septiembre de 2021, habla de que el Pacto AUKUS "socava gravemente la paz y la estabilidad internacionales, intensifica la carrera armamentista y los esfuerzos internacionales de no proliferación." (el texto completo en el sitio oficial del Ministerio de Exteriores de la RPC).

El implacable comentario de la portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores ruso, María Zakharova, en su Canal de Telegram el 16 de septiembre de 2021: "¿De dónde le viene la ira y la amargura? Romper los contratos es, al parecer, algo habitual en Francia. En 2015 París canceló un acuerdo con Rusia por dos portahelicópteros Mistral. ¿O solo son malos los cuchillos que uno siente en su espalda?" (la cita se puede consultar en español en Sputnik). Sobre las negociaciones y desenlace de este desafortunado contrato trata el embajador ruso en París (2008-2017), Alexander Orlov, en sus Memorias (el capítulo sobre los Mistral se puede consultar en el blog BMPD).

La declaración de "solidaridad europea" del Alto Representante para la Política Exterior, Josep Borrell, el 20 de septiembre de 2021 tras una reunión de los ministros de Asuntos Exteriores de la UE en la sede de Naciones Unidas en Nueva York: "Los ministros expresaron una clara solidaridad con Francia. Este anuncio va en contra de los llamados a una mayor cooperación con la Unión Europea en el Indo-Pacífico." (citado en Barron´s). La pregunta que se plantea es: ¿que tiene que ver la anulación del contrato de construcción de submarinos franceses para Australia con las competencias que tiene atribuidas la UE?  

“Outer Space”.

LA STARSHIP DE SPACEX, EL FUTURO DE LA HUMANIDAD Y LA DESCONEXIÓN DE LOS DIRIGENTES POLÍTICOS CON LA REALIDAD

Mientras el mundo se ve zarandeado por guerras, pandemias y terrorismos de orden ideológico y violento, algunos visionarios siguen creando un futuro para un mundo mejor. Parece que esta actividad debería demandarse de los dirigentes políticos, a los que, singularmente en los regímenes democráticos, la ciudadanía designa para llevar a cabo grandes proyectos nacionales, avanzar en el desarrollo económico y social y, en definitiva, crear un mundo mejor. Pero no, no es así. Son grandes empresarios visionarios, hechos a sí mismos -como casi todos los empresarios del mundo libre- los que han tomado el testigo de este deber propio de los servidores públicos. Y con su inteligencia, su capacidad de trabajo y de organización generan ideas y crean empresas que hacen avanzar a las sociedades, incluso a pesar de los obstáculos que les ponen los políticos en sus acciones. Entonces, la pregunta es: ¿Qué hacen estos políticos de los nuevos tiempos? Salvo excepciones, ahora no hay líderes políticos, como ocurrió en épocas pasadas tanto en Europa y en los Estados Unidos. Pensemos en la etapa de la Guerra Fría durante la pugna ideológica con la Unión Soviética o en la época de la reunificación alemana, solo posible gracias a la coincidencia de unos dirigentes con voluntad clara de resolver los problemas y crear un futuro mejor para sus países y sus ciudadanos. Los dirigentes políticos de ahora ningunean la realidad, pretenden cambiar el mundo con discursos felices, pero no conocen -porque no les interesa- la realidad que pretenden ordenar, defienden intereses que son desconocidos para el público general y con el que solo son capaces de conectar con “verdades emocionales”, en las que enfrentan a buenos y malos salidos de una realidad virtual paralela, no del mundo que les toca organizar. Su accionar político es caótico y caen rápidamente en el descrédito por sus propias acciones. Y esto es especialmente grave en el caso de los “testigos silenciosos” con sus políticas de seguidismo del poder hegemónico. El problema se plantea cuando llegan las crisis -conflictos, pandemias, revoluciones o guerras-. ¿Podemos esperar que den soluciones eficaces cuando viven en una burbuja aislados de sus sociedades? Miremos y admiremos los logros de los que tienen objetivos claros, que saben dónde deben actuar y persiguen sus sueños, porque en ellos está el futuro de la humanidad.  

“Starships”.

TREINTA AÑOS DEL FALLIDO “GOLPE DE ESTADO” EN LA UNIÓN SOVIÉTICA: VUELTA A LA CASILLA DE SALIDA

El 19 de agosto de 1991 un denominado Comité para el Estado de Excepción apartó al presidente Mijaíl Gorbachov del poder y proclamó el estado de emergencia en todo el país. El Comité estaba formado por los funcionarios de mayor confianza de Gorbachov, entre otros el vicepresidente Gennady Yanaev, el primer ministro Valentín Pavlov y el director del KGB, Vladimir Kryuchkov. El objetivo estaba bastante claro: evitar la desintegración del país que provocaría sin nigún género de dudas la firma del Tratado de la Unión al día siguiente, tratado por el que nueve repúblicas de la Unión Soviética creaban una unión confederal con Gorbachov como presidente, pero donde las repúblicas actuarían como Estados soberanos, precisamente lo que ocurrió escasamente cuatro meses después. El golpe fracasó más por la indecisión de los golpistas de llevarlo hasta sus últimas consecuencias, como suele ocurrir en este tipo de actuaciones, que por la mitificada resistencia de Boris Yeltsin en Moscú o la oposición silenciosa de Gorbachov en su encierro forzado de Foros, en Crimea. Precisamente, el papel del presidente de la Unión Soviética en esos acontecimientos continúa siendo contradictorio y las investigaciones posteriores revelan que conocía la preparación del golpe, que había sido advertido por los propios servicios de seguridad del Estado (el poderoso KGB) y que, incluso, los miembros del Comité para el Estado de Excepción convertido en junta golpista le consultaron las medidas que iban a adoptar con la finalidad de conocer su disposición a sumarse al mismo o, en su caso, proceder a su neutralización, que en ningún caso implicaba su eliminación física -en este punto véase la obra de cabecera de esta entrada, de Boris Cimorra: La caída del imperio soviético (2021), con información en muchos puntos inédita hasta ahora-. El fracaso del golpe de Estado el 22 de agosto de 1991 determinó varias cuestiones fundamentales para el futuro del país: el primero, y quizás, más importante, la inviabilidad de un Tratado de Unión entre las repúblicas soviéticas, cuyas élites ante la desintegración de las estructuras del Estado soviético, ya solo aspiraban a conservar su cuota de poder en el territorio de cada una de ellas; segundo, la emergencia internacional de Yeltsin como defensor de la democracia en una nueva Rusia, desprovista del manto imperial de la Unión Soviética; y, tercero, la dilución de la figura de Gorbachov como “padre” de una nueva Gran Rusia democrática, por aparecer demasiado próximo a las tesis de los golpistas en el mantenimiento a toda costa de la Unión Soviética y su desconocimiento de la realidad política que se había creado en las nuevas repúblicas soberanas escasamente cinco años después de su llegada a la secretaría general del PCUS en marzo de 1985. El resultado final es de todos conocido: un pacto entre los dirigentes de la Federación de Rusia, Ucrania y Bielorrusia dejó sin efectividad los poderes de los órganos centrales de la Unión Soviética y, finalmente el 25 de diciembre de 1991, la destitución de Gorbachov como presidente, la desintegración del país y la emergencia de quince nuevos Estados independientes arrastrando muchos de ellos graves conflictos internos e internacionales, algunos de los cuales han llegado hasta la actualidad -los denominados “conflictos congelados”-. Por su parte, Rusia heredó la personalidad jurídica internacional de la Unión Soviética, su condición de miembro permanente del Consejo de Seguridad y su gigantesco arsenal de armas nucleares -las armas nucleares solo pudieron ser concentradas pocos años después y gracias a un acuerdo con las repúblicas de Ucrania, Bielorrusia y Kazajistán auspiciado por los Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña impulsado por el miedo a la proliferación-. El imperio soviético se extinguió definitivamente y con él despareció una de las partes fundamentales del sistema internacional, dando paso a una etapa de hegemonía imperfecta bajo la égida de los Estados Unidos. ¿Esto fue bueno o fue malo? Putin ha declarado en varias ocasiones que fue el mayor desastre geopolítico del siglo XX, lo que mirando ese siglo es, quizás, decir mucho. Pero no cabe duda que su desaparición permitió una nueva etapa de expansión del capitalismo impulsada por liberalismo económico y las tecnologías asociadas a la sociedad de la información que se dio en llamar “globalización” con todo lo que ha traído aparejado. Sin embargo, treinta años después nos encontramos en una nueva etapa de pugna entre grandes potencias: los Estados Unidos poseen el poder estratégico, la capacidad de crear reglas y el poder militar para imponerlas, pero no lo pueden hacer siempre y en todos los lugares, como ocurrió en los años noventa bajo la presidencia de Clinton -la aparatosa retirada de Afganistán de estos días lo demuestra-. La China comunista es la gran potencia emergente, que cumple ejemplarmente los postulados fundamentales de una potencia revolucionaria enunciados por Hans Morgenthau hace más de siete décadas (La Lucha por el poder y la paz, 1948), aspira a cambiar las reglas del sistema e inevitablemente chocará con los Estados Unidos por el poder y la hegemonía global. Otras potencias, como la poderosa Rusia en términos militares, la industriosa India o las esperanzadoras Brasil, Indonesia o Sudáfrica observan el gran juego de poder global, se mueven cada vez con mayor cautela y buscan aquellos espacios en los que alcanzar sus intereses nacionales sin llegar a colisionar con los de los Estados o China. En este punto Rusia es el ejemplo paradigmático con sus acciones e intervenciones en el Ártico, Oriente Medio o África. A todas luces se trata de un sistema inestable que requiere de la aplicación de los principios básicos de la política de poder, como afirmó el presidente Trump en la Estrategia de Seguridad Nacional que firmó el 18 de diciembre de 2017 para unos Estados Unidos en una etapa internacional compleja que demandará, cada vez más, el uso de la diplomacia, la coerción y la fuerza militar -en LA NUEVA ESTRATEGIA DE SEGURIDAD NACIONAL Y LA POSTURA NUCLEAR DE LOS ESTADOS UNIDOS, de febrero de 2018-. Por tanto, treinta años después de los cuatro días que sumieron al mundo en la incertidumbre (19-22 de agosto de 2021) nos encontramos en la casilla de salida: dos grandes potencias enfrentadas por el poder y la influencia global. El resultado final, como hemos dicho en varias ocasiones, parece claro: un enfrentamiento decisivo entre ambas que determinará un nuevo régimen internacional, es decir, nuevas normas, reglas y procedimientos de adopción de decisiones que regularán una nueva etapa del sistema internacional globalizado. 

"Deseos de cosas imposibles".