EL DERRUMBE CONSTITUCIONAL DE LA UNIÓN EUROPEA

En junio de 2022 publiqué en este blog una entrada dedicada a analizar la posición de la Unión Europea (UE) ante la guerra en Ucrania y más concretamente la decisión impulsada por la Comisión Europea de aceptar su candidatura a la adhesión, un país en guerra contra una gran potencia y con un gobierno y unas instituciones que hasta el mes de febrero anterior se calificaban como de los más corruptos, si no el que más, de Europa -véase la entrada ERROR POLÍTICO Y SUICIDIO ESTRATÉGICO DE LA UE-. Esas ideas se plasmaron más extensamente en varios artículos que se pueden consultar en este blog. Sobre la relevancia e interés del tema baste decir que es la entrada más vista en los últimos cuatro años, a pesar de que han ocurrido eventos y acontecimientos de gran trascendencia que hemos ido comentando en este espacio. En efecto, los últimos cuatro años se han caracterizado por una sucesión ininterrumpida de crisis, tensiones y conflictos bélicos que tienen un componente común, que es que los diferentes actores ya no se sienten constreñidos por reglas que se consideraban fundamentales del orden jurídico internacional y, más concretamente, han socavado la prohibición general del uso de la fuerza consagrada en la Carta de la ONU -asunto que tratamos en la entrada REFLEXIONES SOBRE EL CONSEJO DE SEGURIDAD COMO GARANTE DEL ORDEN MUNDIAL Y LA ESTABILIDAD ESTRATEGICA, de agosto de 2020-. De tal manera que podemos afirmar, como ya hemos hecho en otros documentos -véase la entrada «LA VIGENCIA DEL TRATADO NUEVO START EN EL CONTEXTO DE LA GUERRA EN UCRANIA», de noviembre de 2025-, que está norma ha perdido su vigencia en un sistema internacional cada vez más complejo e inestable. Esto es una consecuencia directa de la pérdida de poder por parte de la hasta hace poco potencia hegemónica, los Estados Unidos, que se ha puesto de manifiesto tanto en lo interno como en lo internacional. En este lado, las sucesivas retiradas estadounidenses de Siria (siempre parcial como estamos viendo) y desastrosamente de Afganistán devolviendo a ese país completamente a la situación ex ante a su invasión, así como el fracaso de la disuasión que fue incapaz de contener la agresión rusa contra Ucrania (manifestación indudable de la pérdida de credibilidad de su poder), convirtiéndose en una terrible guerra de destrucción y mortandad en las mismas fronteras de Europa. Por otro, internamente los intentos de imposición de una nueva ideología globalista que permeó todas las instituciones con la ambición de convertirse en pensamiento único de la Nación provocaron una reacción de las élites conservadores y de grandes capas de la sociedad que llevaron al empresario inmobiliario Donald Trump por dos veces a la presidencia; y no se puede excluir una tercera (condicionantes biológicos aparte), porque la propia Constitución americana no lo prohíbe al tratarse de un raro caso de dos mandatos alternos. Esta reacción política es la que se ha plasmado en la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de 2025 recién publicada en la que se afirma categóricamente que la revisión de la política exterior debe estar destinada a mantener y fortalecer la posición global de los Estados Unidos, pero con el reconocimiento de la existencia de otras potencias, a las que se considera actores equivalentes en un sistema internacional multipolar y se huye conscientemente de su calificación como amenazas, enemigos o adversarios como se hizo en documentos anteriores, aunque su objetivo a largo plazo es derrotar económicamente a la China comunista -véase la entrada ESTRATEGIA DE SEGURIDAD NACIONALES DE LOS ESTADOS UNIDOS DE 2025 Y RÉGIMEN DE ESTABILIDAD ESTRATÉGICA, de diciembre de 2025-. Como dice el mismo documento y hemos escrito en varias ocasiones, la política exterior estadounidense ha pasado en un breve período de tiempo de un enfoque universalista y hegemónico a uno realista, en la que se declaran los intereses propios, pero también se aceptan los de otras potencias y se proponen reglas para una convivencia pacífica dentro de un mundo en el que se reconocen esferas mutuas de influencia. Esto no es  ni bueno ni malo, sino el resultado de una correcta valoración de los intereses y las capacidades nacionales porque los dirigentes estadounidenses por fin han reconocido que no pueden aplicar todo su poder en todas partes al mismo tiempo, sino que tienen que comenzar a actuar como una potencia madura (George Friedman dixit), es decir, negociar un orden internacional con perspectivas de permanencia, formar coaliciones que sirvan a sus intereses y actuar directamente solo en casos absolutamente necesarios, en donde su impresionante supremacía militar convencional se impone. Por supuesto, se excluye la idea de un enfrentamiento entre grandes potencias, como ha sucedido desde 1945 porque, en caso de darse, implicaría un escenario de escalada que llevaría en su último peldaño al desencadenamiento de una guerra nuclear masiva -véase la entrada «PODERÍO NUCLEAR DE RUSIA: NUEVOS PLANTEAMIENTOS SOBRE CAPACIDADES Y DOCTRINA DE EMPLEO», de mayo de 2025-. Como hemos escrito también en varias ocasiones son escenarios que están fuera del pensamiento del presidente Trump, que funciona con parámetros más posibilistas o como se ha dado en llamar transaccionales, que no son más que la aplicación de los principios del equilibrio de poder kissingeriano a la política exterior estadounidense -véase la entrada TRUMP, EL PACIFICADOR (O CÓMO APLICAR UN PROGRAMA REALISTA KISSINGERIANO A LA POLÍTICA EXTERIOR AMERICANA), de febrero de 2025 -. Dicho esto, esos cambios en la superestructura del orden internacional están teniendo lugar mientras en Europa se libra una guerra convencional a gran escala en la que el agresor quiere imponer a toda costa sus objetivos estratégicos que se resumen, sucintamente, en el reconocimiento de una esfera de influencia propia en su extranjero cercano (near abrod en inglés). De nuevo, que esta pretensión sea legítima o no es indiferente, porque es la que está marcada por los intereses de seguridad de Rusia y son sus dirigentes lo que definen cuáles son, cómo los aplican y con qué medios. Pero, precisamente, las Comunidades Europeas y después la propia UE nacieron para evitar el estallido de una nueva guerra en Europa, sin embargo, en la actualidad carece de capacidad para controlar cualquier escala en el conflicto de Ucrania. Se pueden discutir cuáles son los orígenes del proyecto comunitario europeo, la atribución de su paternidad y el propio impulso e intervención de los Estados Unidos en el mismo como un desarrollo paralelo en lo económico e institucional a la OTAN, el Consejo de Europa o la Agencia Europea del Espacio (ESA) por citar otras organizaciones regionales destacadas. Solo el acuerdo político general entre las grandes potencias que puso fin a la Guerra Fría y después la desaparición misma de la Unión Soviética permitió el surgimiento de la UE que sumaría a las cuatro libertades comunitarias y todo su entramado jurídico (el denominado “acervo comunitario”) la incipiente cooperación en política exterior surgida en los años ochenta que tenía como objetivo coordinar las posiciones de los Estados miembros en las organizaciones internacionales en las que participaban, aunque esto realmente nunca funcionó como tal a pesar del deber de coordinación establecido en los propios tratados fundacionales. Por tanto, la UE supuso un paso más en la coordinación de las políticas europeas hacia el exterior, no la creación de un superestado europeo que sustituyera la soberanía de los Estados miembros como se pretende ahora. Es decir, los dirigentes europeos no entendieron nada del fracaso del proyecto de Constitución Europea en 2006. Pero, en un determinado momento los funcionarios europeos y algunos gobiernos de distinto signo comenzaron a hablar de intereses europeos propios, incluso de soberanía europea, que no existe, y a atacar las políticas de determinados Estados miembros, no solo en el ámbito comunitario sino también practicando una presión creciente en sus asuntos internos, siempre bajo el argumento de que la Comisión representa los intereses europeos. Esto es, funcionaban y trataban de imponer una ideología que ha sido definida por algunos colegas como europeísmo. Entonces, bajo ese argumento se comenzaron a justificar todas las acciones que llevaba a cabo la Comisión Europea contrarias al orden institucional y que van desde la injerencia en políticas internas de países como Eslovaquia, Hungría o Polonia, hasta el incumplimiento flagrante de sentencias del Tribunal de Justicia de la UE (TJUE) como en el caso del acuerdo de asociación con Marruecos, que siguió aplicando sin miramientos a pesar de la declaración de su ilegalidad conforme al Derecho Europeo Comunitario. ¿Por qué se llegó a esta situación? Precisamente porque la institucionalización de la UE, la creación de una nueva organización dentro de ella como es la Eurozona y la respuesta a la crisis financiera de 2008 a 2015 provocaron un crecimiento exponencial de las burocracias europeas, que en un determinado momento comenzaron a funcionar con sus propios intereses. Y esa es la Comisión Europea que empujó a toda costa la aceptación de un país en guerra como candidato a la adhesión -véase la entrada «EL ESTATUTO DE LOS PAÍSES CANDIDATOS A LA ADHESIÓN A LA UNIÓN EUROPEA: ANÁLISIS DE LOS CASOS DE GEORGIA, MOLDAVIA Y UCRANIA», de julio de 2022-, la que ha impulsado hasta ahora sin éxito la incautación de los activos soberanos rusos, presionando sin contemplaciones a determinados Estados miembros para torcer su mano contra normas básicas del Derecho Internacional y del propio Derecho Europeo, y finalmente forzando la violación de unos de los principios fundamentales del funcionamiento de la UE, como es la regla de la unanimidad. Esto supone sin ambages que la doctrina del consenso ya tiene la fisura de poder funcionar sin unanimidad. Pero, para poder comprenderlo hay que ir a los primeros principios. La UE es una organización internacional creada por Estados para servir a sus intereses, en el interior coordina la aplicación de normas aprobadas por todos para la aplicación de sus fines y hacia el exterior representa los intereses de los Estados miembros -véase nuestra monografía Elementos para una teoría de la política exterior, Tirant lo Blanc, 2012-. No existen intereses propios europeos ni soberanía europea, primero porque ningún Estado lo ha declarado como tal (se ceden o transfiere el ejercicio de competencias, no las competencias, que siempre permanecen en poder del Estado); segundo, porque no aparece en los tratados fundacionales (la constitución de la UE); y, tercero y más importante, porque la soberanía es una característica propia del Estado y su cesión implica pura y simplemente su desaparición como sujeto del Derecho Internacional. Pero es que además las élites europeas carecen no solo de apoyo normativo, que no lo tienen, sino también de legitimidad para actuar contra los intereses de los Estados miembros, porque son estos quienes la crearon y quienes a la postre la pueden extinguir cuando ya no sea útil o no sirva a esos intereses. ¿Cuál es la situación actual? Pues mientras Rusia continúa su guerra contra Ucrania para alcanzar sus objetivos estratégicos,  los Estados Unidos tratan de ajustar su política exterior para seguir ostentando el poder en un sistema multipolar y ambos negocian el fin de ese conflicto para establecer sus respectivas esferas de influencia, la UE ha tomado la decisión de seguir financiando a Ucrania para que continúe resistiendo la agresión rusa. Esta decisión se ha tomado después de un complicado Consejo Europeo (18 y 19 de diciembre de 2025) en el que se formaron dos minorías de bloqueo: siete se opusieron a la incautación de los activos soberanos rusos y tres a participar en la aprobación de un préstamo conjunto de 90.000 millones de euros para financiar a Ucrania en el período 2026-2027, que a la postre es insuficiente para sostener su esfuerzo de guerra más allá de un año y medio. Ante estas decisiones se plantean cuestiones fundamentales. Primero, Ucrania no es un Estado miembro de la UE; segundo, tampoco es miembro de la OTAN; y tercero, no existe un acuerdo de protección entre la UE o sus Estados miembros con Ucrania que le obligue a ello. Entonces, ¿de dónde dimana esa obligación de asistencia a toda costa que defiende la Comisión Europea, incluso contra la firme posición de varios Estados miembros? Si no existe fundamento jurídico, que no lo hay, solo quedan razones morales o intereses. Pero, para tomar decisiones de ese calado en uno u otro caso, con las constituciones de los Estados miembros en la mano es necesaria la decisión de los parlamentos o incluso de los ciudadanos de determinados Estados miembros, porque estamos hablando de la declaración de la guerra y la concertación de la paz, de la concertación de acuerdos de defensa, de la creación de impuestos u obligaciones financieras nuevas, ámbitos en los que las instituciones europeas carecen de competencias, mucho menos la Comisión Europea, que en los asuntos de defensa está constreñida a las cuestiones industriales y de funcionamiento de la competencia. Por consiguiente, en ese Consejo Europeo se perpetraron violaciones flagrantes del Derecho Europeo y los dirigentes de algunos Estados miembros no solo lo han puesto de manifiesto, sino que lo han denunciado y se han negado a participar en el proyecto europeo para financiar a Ucrania (tres países no compartirán las obligaciones del préstamo mencionado antes). Comparemos esta situación con el pasado: en 1993 la UE pudo nacer gracias a la existencia de gran acuerdo político entre los dirigentes de las grandes potencias, que permitió primero la reunificación de Alemania, la integración  inmediata y sin más trámites de los territorios de la antigua Alemania comunista (RDA) en las Comunidades Europeas y en la OTAN y después la creación de una nueva organización europea destinada a seguir cumplimento el objetivo fundamental que justificó su creación en 1951, que era impedir el estallido de una gran guerra en Europa. En consecuencia, en febrero de 2022 la invasión rusa de Ucrania demostró su fracaso, pero la continuación de la guerra cuatro años después manifiesta su incapacidad para resolver la situación. De modo que mientras estadounidenses y rusos acordaron en la cumbre de la Alaska un final de la guerra, el estatuto de Ucrania y los escenarios de cooperación postbélicos -véase la entrada PUTIN, TRUMP Y LAS LECCIONES DE LA CUMBRE DE ALASKA SOBRE LA VIGENCIA DE LA POLÍTICA DEL PODER, de agosto de 2025-, la UE pretende seguir sosteniendo el esfuerzo de guerra ucraniano sin objetivos realistas. Pero es que igualmente lo hace contra la oposición fundamental de varios Estados miembros, a los que la propia Comisión Europea denosta y trata de arrinconar, mientras se vulnera el Derecho Europeo, las reglas de funcionamiento y se transgreden las potestades transferidas hasta límites que afectan a la soberanía de los Estados miembros. Algunos juristas apasionados hablan de aplicación novedosa del Derecho Europeo, pero más bien nos encontramos ante una suerte de una nueva doctrina de la soberanía limitada aplicada a los Estados miembros de la UE. No obstante, la historia nos enseña cómo se erigió esa doctrina el 26 de septiembre de 1968 y también cómo acabó con un tímido intento de avanzar hacia la democracia, en ese caso en el lado del bloque soviético. En efecto, la palabra clave es democracia, que es lo que distingue nuestro sistema de gobierno de los regímenes autoritarios de todo tipo que predominan en la sociedad internacional global. Pero, la democracia no es un mero eslogan o una declaración de intenciones, sino que su fundamento se encuentra en la aplicación de la ley y el respeto a los derechos fundamentales; sin la primera no existen los segundos y sin una ni otros no existe atisbo de democracia. Por tanto, antes y ahora su respeto y aplicación estricta son requisitos inexcusables para su mantenimiento y su vulneración acaba con ellos. En consecuencia, si se permite la violación de normas fundamentales se abren las puertas para el derrumbe de cualquier institución democrática. Finalmente, como enseña el estudio de las relaciones internacionales, el orden internacional cambiará y la UE desaparecerá porque ya no es útil para los fines para los que se creó. Para nosotros, la cuestión fundamental no solo es esa, sino que acabe también con la democracia.

Miley Cyrus: “Dream As One”.

«EL ÁRTICO COMO ESPACIO DE CONFLICTO»

Es el título del capítulo que he escrito en coautoría con Abel Romero Junquera y Federico Aznar Fernández-Montesinos para el Panorama geopolítico de los conflictos 2025 editado por el Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE) recién publicado y en el que, como señala el título, se recogen en nueve capítulos firmados por distintos analistas del IEEE los principales espacios de tensión y conflicto mundiales que se han producido en el año que ahora termina. La introducción del cuaderno la firma el director del IEEE, general de brigada Víctor Bados Nieto (todos los capítulos así como la introducción están disponibles en el enlace que se cita al final). Por nuestra parte, el capítulo noveno, que cierra el volumen, está dedicado a analizar el Ártico en su dimensión tanto de espacio de cooperación como crecientemente de conflicto en un mundo cada vez más complejo e inestable. Como se expone en la introducción el Ártico fue durante mucho tiempo un territorio lejano, inhóspito y difícil para la vida humana. Históricamente, ha sido una frontera final (final frontier) y en el siglo XX llegó a convertirse en una zona de separación entre las superpotencias nucleares que se enfrentaron durante la Guerra Fría. En ese período comenzó su explotación a gran escala, que fue en aumento de forma progresiva debido al descubrimiento de enormes yacimientos de hidrocarburos, de minerales y también gracias a las pesquerías. Con el fin del enfrentamiento bipolar a principios de los años noventa, este espacio perdió casi todo su interés estratégico y llego a acuñarse la expresión de “excepcionalismo ártico” para destacar su escaso peso en los asuntos globales. No obstante, el principal actor ártico que es Rusia comenzó a recuperar posiciones en la región después de una etapa de profunda crisis institucional y económica interna. El renovado esfuerzo ruso en la explotación de los recursos, las nuevas rutas marítimas y el control de los mares y las rutas aéreas ha configurado el Ártico como un espacio de cooperación, pero también de conflicto en el que participan los Estados Unidos, peor también China e India como parte de su pugna global por el poder y la hegemonía mundial. El capítulo se estructura en una introducción extensa, en la que se detallan los principales aspectos geográficos y político-estratégico del espacio ártico, y dos epígrafes principales. Uno está dedicado a Occidente y su visión del Ártico, donde se trata el nuevo enfoque de seguridad estadounidense, el interés de la OTAN, el papel de la Unión Europea como actor regional secundario, así como la renovada importancia de la isla de Groenlandia. El siguiente epígrafe se ocupa de las ambiciones y capacidades de Rusia, que abarca desde su enfoque estratégico, presencia militar, planes de desarrollo de la Ruta Marítima del Norte (RMN) y la cooperación con China e India en esos espacios. Las conclusiones son sin duda de interés y remarcan la importancia de este espacio en un mundo caracterizado inequívocamente por la competición estratégica entre grandes potencias, un mundo que parece cada vez más alejado de la cooperación y la paz y que avanza, si no se le pone freno, hacia crisis complejas en las que los principales actores cuentan con gigantescos arsenales nucleares para dirimir sus diferencia y los tienen también en esos espacios lejanos. En la parte final se incluye una bibliografía de referencia de interés para expertos y estudiantes interesados en el espacio estratégico ártico, que continuará aumentando su interés durante los próximos años.

Referencia completa: Romero Junquera, A., Aznar Fernández-Montesinos, F. y Pérez Gil, L.: «El Ártico como espacio de conflicto», Panorama geopolítico de los conflictos 2025. Ministerio de Defensa. Madrid, 2025, pp. 203-236 (ISSN 2530-3643), en https://publicaciones.defensa.gob.es/panorama-geopolitico-de-los-conflictos-2025-revistas-pdf.html  

Thomas Bergersen: “Final Frontier”.

ESTRATEGIA DE SEGURIDAD NACIONALES DE LOS ESTADOS UNIDOS DE 2025 Y RÉGIMEN DE ESTABILIDAD ESTRATÉGICA

El 5 de diciembre de 2025 el gobierno estadounidense publicó la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos (disponible aquí), la primera de la segunda Administración Trump -para la estrategia de su primer mandato véase la entrada LA NUEVA ESTRATEGIA DE SEGURIDAD NACIONAL Y LA POSTURA NUCLEAR DE LOS ESTADOS UNIDOS, de febrero de 2018-, y que sustituye al documento anterior de octubre de 2022 del presidente Joseph Biden -que tratamos en la entrada ESTRATEGIA DE SEGURIDAD NACIONAL DE LOS ESTADOS UNIDOS 2022, de octubre de 2022-. Hay algunos aspectos que merecen señalarse. En primer lugar, el lenguaje directo que emplean los autores del documento, que tiene que ver con la intención formulada en el preámbulo firmado por el presidente Donald Trump de llegar a todos sus conciudadanos. Se trata de una propuesta significativa y valiente que se condiciona con el segundo aspecto a destacar, que es la brevedad del documento, y que choca con documentos similares de otros países donde se acumulan páginas y páginas de enunciados que no resultan comprensibles y que finalmente llegan a muy pocos; reconozcamos que solo a algunos incautos que se atreven a leer esos documentos al completo. Si el gobierno de la potencia más grande del mundo es capaz de plasmar los principales asuntos de su seguridad nacional en un documento de treinta páginas, ¿cómo se puede entender que gobiernos de potencias de segundo orden o países que no tienen peso en las decisiones internacionales martiricen a sus ciudadanos y a los expertos con textos extensos que a la postre no aportan nada de valor? El tercero es que el documento se publicó el 5 de diciembre, pero lleva en su portada fecha de noviembre de 2025, es decir, en el mundo de la sociedad de la información, de la hipervelocidad y del quantum resulta que el documento de seguridad nacional más importante del mundo se retrasó al menos cinco días; esto da bastante que pensar. El cuarto es su estructura, de una gran simplicidad, que tiene que ver con ese lenguaje directo, pero también didáctico que emplean los autores. No hay grandes declaraciones o enunciados políticos que no sirven para nada, sino la asunción de unos postulados básicos apoyados en una teoría y a partir de ahí establecen los principios, las prioridades y los medios con los que pretenden llevarlos a cabo. Es en ese punto donde, en mi opinión, el documento es realmente exitoso, en su asunción explícita de los postulados del realismo político que, frente a aquellas declaraciones grandilocuentes y mayormente vacías de contenido, va a los primeros principios, es decir, la guía de toda política exterior es la búsqueda del interés nacional (Morgenthau en estado puro). Por tanto, se enuncian cuáles son los intereses nacionales que asume el nuevo gobierno estadounidense, que gustarán o no, esto es indiferente, pero que son los que ellos han determinado y que buscan ni más ni menos que mantener el poder mundial estadounidense en el siglo XXI (de nuevo, hay que leer a George Friedman). En quinto lugar, a partir de ese enfoque la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025 es un texto eminentemente realista que hace un reconocimiento explícito del Estado soberano como actor fundamental de las relaciones internacionales, el propio, cuando se habla de mantenerlo fuerte, libre, rico e independiente, y los ajenos, porque con ellos, a través del reconocimiento de sus intereses, los Estados Unidos podrán mantener relaciones mutuamente beneficiosas. De ese modo, el conflicto bélico tenderá a ser la solución menos beneficiosa a un diferendo o a una crisis internacional porque la paz es el escenario básico en un sistema en el que rigen los postulados del equilibrio de poder (enunciados magistralmente por Henry Kissinger). De este modo, frente al intervencionismo sin límites de los gobiernos que le precedieron la nueva Administración Trump habla de intereses, de negociación, de comercio y de paz, lo que se ha dado en llamar transaccionalismo, que no es más que la negociación permanente aplicada a los asuntos internacionales. En sexto lugar, frente al conflicto permanente de etapas anteriores, el documento apela también expresamente al unilateralismo, a la abstención de los conflictos de otros, sesgado con un nuevo corolario Trump a la Doctrina Monroe, asunto sobre el que la academia ha vuelto a reflexionar recientemente. Este desarrollo teórico aplicado a las relaciones internacionales hace que el documento no hable de enemigos o amenazas potenciales como documentos anteriores. Desde el enfoque trumpista, unos Estados Unidos poderosos solo están llamados a liderar desde el ejemplo, por eso el énfasis en el denominado soft power, que es la primacía a través de la influencia, como ya enunció Tucídides en el siglo V a.C. en su Guerra del Peloponeso. Estados Unidos se ve como un primus inter pares, que necesita coordinarse con China, Rusia o India en un sistema multipolar. Séptimo, la consecuencia de este enfoque es el reconocimiento de esferas o ámbitos de influencia mutuos e inmediatamente enuncia el denominado Hemisferio Occidental (todo el continente americano de norte a sur) como el suyo propio, donde no permitirá ni tolerará intervenciones externas por aplicación de aquel corolario de la Doctrina Monroe. Si esto es así, entonces cada una de las otras grandes potencias también debe tener de forma inherente su propia zona de interés. La comprensión de esta realidad es fundamental para primero, entender el sistema internacional actual y, segundo conocer las reglas para evitar el conflicto. Porque Trump parte de una idea fundamental: no se puede producir una guerra entre grandes potencias, porque en caso de llevarse a cabo sería de naturaleza completamente destructiva, y su objetivo es conservar su propio país bajo esa fórmula exitosa de mantener o hacer fuerte de nuevo a los Estados Unidos, la famosa fórmula MAGA. Octavo, como parte de ese objetivo debe tratar de mantener el régimen de estabilidad estratégica con Rusia, que es la superestructura del sistema de seguridad global junto con el funcionamiento del Consejo de Seguridad de la ONU (P-5 y derecho de veto). Entonces habla de la necesidad de hacer esfuerzos diplomáticos serios para restaurar la estabilidad estratégica y normalizar las relaciones entre Rusia y los Estados europeos y para lograrlo es necesario poner fin al conflicto de Ucrania (entendido como “la no guerra de Trump”). Debemos recodar que ese régimen se basa en dos principios fundamentales: bilateralidad, es decir, dos partes, los Estados Unidos y Rusia, y paridad, esto es, poderío estratégico equilibrado, que permita el funcionamiento de la estrategia de la destrucción mutua asegurada, conservando ambos sus enormes arsenales nucleares (87% del total de las armas nucleares del mundo están en sus manos). Estas declaraciones son extraordinariamente significativas y pertinentes en un escenario en el que el último acuerdo de desarme, el tratado Nuevo START, está a punto de caducar el próximo 5 de febrero de 2026. Sobre este asunto nos hemos ocupado detenidamente en la entrada anterior -«LA VIGENCIA DEL TRATADO NUEVO START EN EL CONTEXTO DE LA GUERRA EN UCRANIA», noviembre de 2025-, donde además se enuncian las posibles soluciones, compromisos o declaraciones que permitirían mantener esos arsenales nucleares bajo control. ¿Se requieren nuevos acuerdos? Sin duda, pero parece poco aceptable o más bien arriesgado funcionar con un régimen implícito, desestructurado y basado en declaraciones puntuales que un régimen explícito, negociado, acordado y regido por reglas claras y explícitas para todas las partes, tanto las que los acuerdan como el resto, que se ven sometidos al poder omnímodo de las grandes potencias. Estos son los fundamentos de la estrategia de seguridad nacional del presidente Trump en su segundo mandato, veremos si es capaz de aplicarlos y si se cumplen. El mundo se juega nada más y nada menos que la guerra o la paz

Metallica: “For Whom The Bell Tolls”.