LA NUEVA POLÍTICA EXTERIOR DEL PRESIDENTE TRUMP: IRÁN, COREA, RUSIA Y CHINA

En los últimos meses hemos asistido a una serie de iniciativas político-diplomáticas que han llamado la atención de los medios de comunicación generalistas, pero que se estaban gestando desde mediados del año pasado. Después de resolver problemas acuciantes de política interna, el más importante de todos ellos el techo de gasto y la aprobación del presupuesto federal, pero también otros como la puesta en marcha de iniciativas tan polémicas como la reforma del Medicare o las nuevas políticas migratorias, el presidente Trump ha iniciado una nueva etapa en la política exterior americana, destinada a resolver problemas y conflictos acuciantes para que los Estados Unidos sigan liderando el sistema internacional en las próximas décadas. Sin duda, Trump no es un tipo agradable, ni en sus expresiones ni en sus modos de hacer política; es una persona directa, de grandes eslóganes, amplia sonrisa y, en ocasiones, hasta grosero, pero tiene una idea muy clara de lo que quiere para su país, tanto en política doméstica como exterior, y precisamente para eso le votaron la mayoría de sus ciudadanos. Los americanos querían una nueva forma de hacer política, alejada de los estándares de la política tradicional de Washington, una política dirigida a resolver problemas. Y a pesar de la oposición del mundo que se autodenomina “intelectual” o “progresista”, los éxitos del presidente Trump se amontonan y está dando respuesta a demandas de su electorado, lo que no pueden decir muchos políticos del mundo occidental con sus formas de hacer política ridículas y encorsetadas. Con su forma de actuar Trump sabe que gana: gana a las masas que le votan porque le ven como un presidente que realmente toma decisiones, gana adhesiones entre intelectuales, directivos y generales porque seduce con sus planteamientos “empresariales” de los asuntos internacionales basados en el análisis de costes y la eficiencia y se gana a otros líderes mundiales porque su forma directa “de hacer negocios” no deja dudas de lo que quieren los Estados Unidos en este momento –característica que comparte con el presidente Putin-. Sus políticas se basan en adoptar posiciones de máximos para después entrar en la negociación: a él le corresponde abrir las vías y son los equipos que ha nombrado los que tiene que negociar y sacar adelante sus iniciativas. Y lo tienen que hacer de forma rápida y eficiente; los detalles no son importantes, lo son las grandes decisiones cuando resuelven problemas. Esto lo podemos ver en los asuntos reciente de Irán, Corea, Rusia o China. Pero también son reglas que aplica a las relaciones con los aliados europeos –que no son capaces de comprenderlo porque Trump “va muy rápido” para los estándares diplomáticos, como se vio recientemente en la celebración de la Cumbre del G-7 de Canadá y se verá pronto en la próxima reunión del Consejo Atlántico de julio de 2018- o en las iniciativas para resolver conflictos enquistados como los de Afganistán (17 años), Irak (15 años) o Siria (7 años). No podemos perder de vista que el planteamiento del presidente Trump es muy sencillo: el objetivo es reducir los costes de imponer el poder americano en el mundo, pero al mismo tiempo no existe duda de que seguirán manteniendo esta posición, porque es la única que permite que el sistema internacional sea estable y, en consecuencia, genere desarrollo y prosperidad para todos. Es la idea cuasi-permanente desde la fundación de la República americana del “Destino manifiesto”. Cuando Trump habla de su tan denostado –fuera de los Estados Unidos obviamente- “America First” lo que está diciendo es que va a aplicar una política realista en los asuntos internacionales, es decir, una política exterior basada en los intereses nacionales –una política exterior racional en términos morgenthaunianos-. Y este planteamiento fundamentado en un “realismo basado en principios, guiado por nuestros intereses nacionales vitales y enraizado en nuestros valores intemporales” es la guía de la política exterior americana de la Administración Trump, plasmada en las Estrategia de Seguridad Nacional y de Defensa aprobadas en diciembre de 2017 y enero de 2018 respectivamente -se pueden consultar en la entrada LA NUEVA ESTRATEGIA DE SEGURIDAD NACIONAL Y LA POSTURA NUCLEAR DE LOS ESTADOS UNIDOS de febrero de 2018-. Por tanto, parece que los Estados Unidos van a implantar una auténtica política realista orientada a alcanzar un verdadero nuevo equilibrio del sistema mundial. Esto se debe a que ha aparecido de nuevo un realismo cuyo origen está en la política exterior de la Rusia de Putin. El presidente ruso ha asentado en los últimos años un esbozo de descompensación del equilibrio mundial, al que ha dado en llamarse "Nueva Guerra Fría", por el que ha demostrado que el uso “diplomático" de la fuerza para solucionar conflictos o controlar territorios en manos del terrorismo, la firmeza en su declaración del nacionalismo ruso o la posibilidad no lejana de un nuevo conflicto a escala mundial, no son meras palabras o declaraciones vacías, sino que hay que tomárselo en serio: "tienen ustedes que tomarme en serio", dice Putin cuando se dirige al mundo en general y especialmente a la Alianza Atlántica. Analicemos los casos que adelantamos antes. Irán recuperó una nueva relación con el Bloque Occidental tras la firma con el grupo denominado G5+1 del Acuerdo Nuclear el 15 de julio de 2015 por que el que se establecieron controles estrictos al programa nuclear iraní –que siempre había declarado que era exclusivamente de orden civil- y a cambio el régimen de Teherán consiguió rebajar de forma sustancial la presión política internacional a la que estaba sometido, obtuvo una reducción progresiva hasta su anulación de las sanciones impuestas por el Consejo de Seguridad, lo que le permitía volver a los mercados bancarios, financieros y de divisas internacionales, y la vuelta al mercado petrolero mundial sin restricciones. Pero en el período 2015-2018 Irán se ha implicado en dos conflictos donde se juegan directa o indirectamente los intereses occidentales: los de Siria y Yemen. Además, los Estados Unidos nunca quedaron satisfechos con un acuerdo que permite a Irán continuar con el enriquecimiento de uranio y que no incluyó todo lo relacionado con el programa de misiles balísticos que es la principal preocupación de Israel. Y las conexiones entre Irán y Corea del Norte en este asunto son de sobra conocidas. La impúdica negativa europea a renegociar un nuevo acuerdo determinó la decisión del presidente Trump de abandonar el Acuerdo Nuclear –que había calificado de “mal-acuerdo” poco después de su toma de posesión- y, lo más importante, aprobar un nuevo régimen de sanciones económicas y financieras contra Irán el 8 de mayo de 2018 con efectos extraterritoriales. Ahora todos, los Estados europeos firmantes, incluidos Rusia y China, pero también India o Japón abogan por mantener la vigencia del Acuerdo pero nadie quiere las sanciones, el primero de todos Irán. Por tanto, se ha abierto una nueva etapa en las relaciones con Irán: muy probablemente seguirá en vigor en Acuerdo Nuclear de 2015 entre los Estados firmantes menos los Estados Unidos y se negociará un nuevo acuerdo, que perfectamente puede ser de tipo político, por el que se establecerán restricciones y compromisos en tecnología misilística a Irán –recientemente se han dado declaraciones de dirigentes de Teherán en este sentido y la visita del presidente Rohaní a Viena a primeros de julio dará las pautas para seguir este asunto-. Precisamente Corea del Norte es el segundo asunto donde el presidente Trump ha buscado una resolución inmediata de un contencioso que sabe perfectamente que beneficia a ambas partes. Los Estados Unidos no están dispuestos a seguir pagando la seguridad de Corea del Sur. La presencia de 28.500 militares americanos, las bases, los equipos de combate de todo tipo, incluida una poderosa fuerza aérea y sus armas nucleares, son insostenibles para el presupuesto de defensa americano. Hay que tener en cuenta que Seúl ya paga el cincuenta por ciento de esa factura. Con este planteamiento el presidente Trump se dirigió a los presidentes de las dos Coreas para preparar un acercamiento previo, que explicase y justificase el cambio de postura de los Estados Unidos respecto a Corea del Norte. Los gestos de buena voluntad, las declaraciones amenazantes y contradictorias de representantes de uno y otro país e incluso la cancelación anunciada por la Casa Blanca el 24 de mayo de 2018, no impidieron la celebración de la histórica Cumbre de Singapur el 12 de junio de 2018, donde de nuevo el presidente Trump demostró dos cosas: primero, que tiene voluntad para resolver los problemas y, segundo, que lo va a hacer. De nuevo, los frutos los estamos viendo: el régimen norcoreano anunció previamente la destrucción de determinadas instalaciones del centro de pruebas nucleares de Punggye-ri y a finales de junio de 2018 el mismo presidente Trump reconoció que Pyongyang ya había destruido cuatro instalaciones nucleares y de misiles. En los próximos meses se negociarán los términos de un acuerdo de desarme y desnuclearización para la península de Corea que requerirá un largo período de implementación. Washington reducirá progresivamente el régimen de sanciones y también retirará las armas nucleares y una parte sustancial de sus tropas de la península, pues con el conflicto de Corea resuelto definitivamente, no necesitará mantener dicha presencia, teniendo a pocos cientos de kilómetros el gigantesco portaviones fijo que representa el territorio japonés, donde actualmente están asentados más de 50.000 soldados americanos, incluido un grupo de ataque de portaviones de la Armada americana, el verdadero guardián de los mares de la China. Frente a las fantásticas declaraciones de cómo Beijing ha manejado el conflicto de Corea, nos quedamos con la solución más sencilla: es el propio Kim Jong-un quien sabe que su régimen no puede mantenerse en el tiempo basado única y exclusivamente en el militarismo; su propia supervivencia personal depende de que ponga fin definitivamente al programa nuclear. Y esto no es que tenga que suponerlo, sino que se lo han recordado varios dirigentes de la política exterior americana, como por ejemplo el secretario de Estado Michael Pompeo o asesor de seguridad nacional John Bolton, recordando el caso libio. Que el presidente Trump saliera a decir públicamente que en el caso de Corea del Norte no se barajaba esa posibilidad pone de manifiesto la certeza de la hipótesis. Y Corea del Sur ve más próxima una eventual reunificación de la península, que suma en el Bloque Occidental lo que es importantísimo en términos estratégicos para Japón, tanto en la relación con una Corea unificada como con China. Las consecuencias de un cambio político decisivo en la península coreana para China requieren de un seguimiento a largo plazo y está ligado inevitablemente a la presión que impongan los Estados Unidos a la relación bilateral: el presidente Trump sabe que su estilo de hacer política choca frontalmente con la estrategia diplomática china de no enfrentamiento, de modo que es con China con la que sus posiciones de máximos tendrán más éxito; el caso de Corea es el mejor ejemplo hasta ahora. Y llegamos a Rusia, el auténtico “objeto del deseo” de los opositores de Trump. Sus adversarios y enemigos políticos no han dudado en buscarle conexiones, lazos y relaciones con la Rusia de Putin, lo que para los “intelectuales” y “progresistas” que pueblan la política americana es un auténtico anatema. El presidente Trump ha comprendido lo que Putin lleva años diciendo, y lo que podemos considerar es el mayor escollo en las relaciones mutuas: la ausencia de una diplomacia ad hoc exclusivamente dedicada a Rusia. Con la posibilidad –cosa que un realista vería como lógica- de reconocer la soberanía rusa sobre Crimea y de firmar los tratados desarme nuclear que fuesen necesarios se produciría un gigantesco avance hacia el equilibrio del sistema mundial. Si fuese así, dejaría de existir el desequilibrio actual favorable a Rusia en materia política y militar y se llegaría a la cumbre de las Relaciones Internacionales: como el realismo es el único paradigma capaz de mantener la estabilidad sistémica aplicando con rigor las reglas clásicas, el fundamento del poder es el equilibrio de las fuerzas, la moralidad es la ética de la fuerza y sus resultados son los que las partes desean, esto es, el mantenimiento de la coexistencia porque conocen la absoluta necesidad de la supervivencia. Por eso, el presidente Trump ha dejado correr el tiempo y, en medio, Putin ha renovado en marzo de 2018 su mandato presidencial por otros seis años. Esto se vio ya en la Cumbre del G-7 de 9-10 de junio de 2018 cuando Trump expuso a los dirigentes del Bloque Occidental la conveniencia de recuperar las relaciones con Rusia: significativamente su vuelta al G-8 y el levantamiento de las sanciones económicas, comerciales y financieras impuestas desde la primavera de 2014 como consecuencia de la implicación rusa en el conflicto ucraniano. Los aliados occidentales se escandalizaron; hemos visto las fotos del (des)encuentro, pero al final nadie pone soluciones sobre la mesa. Y el presidente Trump lo sabe. Por eso envió al asesor de Seguridad Nacional, John Bolton, a Moscú el 27 de junio de 2018 para cerrar directamente con el presidente Putin la primera cumbre bilateral que tendrá lugar en Helsinki el 16 de julio de 2018. Ambas partes han anunciado la relevancia de esta reunión y que esperan “decisiones importantes”. Y el presidente Trump ya ha anunciado que no descarta aceptar la soberanía rusa en Crimea, lo que nosotros ya consideramos como solución al conflicto ucraniano en “Ucrania: ¿un nuevo problema sin solución para el mundo?” en agosto de 2017. Veremos los resultados que dan la Cumbre de la Alianza Atlántica del 11-12 de julio de 2018 y el posterior encuentro de los dirigentes de las dos grandes potencias nucleares.

“Tvá hezká slova mě naplňují radostí.”

"LA PRESENCIA DE RUSIA EN AFGANISTÁN: INTERESES ESTRATÉGICOS, SEGURIDAD NACIONAL Y LUCHA CONTRA EL TERRORISMO INTERNACIONAL"

Este es el título del ensayo que he publicado en el número más reciente de Panoramas de Seguridad y Defensa, publicación electrónica del Centro de Investigación y Estudios Estratégicos de la Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos (ANEPE) de Chile y que en esta ocasión está dedicado al conflicto de Afganistán. El número monográfico lleva por título “Afganistán: una pesadilla para dos gigantes” en el que se analiza la intervención militar sucesiva de Rusia y los Estados Unidos en Afganistán sin lograr, ni en uno ni otro caso, una salida victoriosa y definitiva a un conflicto que lleva enquistado caso cuarenta años. Entonces, nos planteamos las siguientes cuestiones: ¿puede interesar no resolver el conflicto bélico definitivamente? ¿A quién beneficia el estado de guerra permanente el Afganistán? Estas son las conclusiones que adelantamos del ensayo publicado: “Rusia tiene varias y poderosas razones para que el conflicto de Afganistán siga sin resolverse definitivamente porque, enquistado y latentes, sirve a sus intereses estratégicos y de seguridad nacional: mantiene a los Estados Unidos alejado de sus áreas de interés principal; refuerza la cooperación y la influencia en las repúblicas centro-asiáticas y con ello reduce el poder americano en la región; profundiza la asociación a escala global con Beijing en un reparto de roles perfectamente definido en el que la influencia militar y el empleo del poder duro corresponde  a una China que está reconfigurando la estructura de poder económico mundial; finalmente, Rusia consigue combatir el terrorismo internacional más allá de sus fronteras, como lo está haciendo con una implicación directa en el caso del conflicto armado en Siria.”

Referencia bibliográfica completa: “La presencia de Rusia en Afganistán: intereses estratégicos, seguridad nacional y lucha contra el terrorismo internacional”, Panoramas de Seguridad y Defensa, 29 de junio de 2018.
El texto completo del artículo está disponible aquí.  

“REPENSANDO EL LIDERAZGO ESTRATÉGICO”

Este es el título del libro presentado por el capitán de fragata Federico Aznar Fernández-Montesinos, analista principal del Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE), el día 23 de mayo de 2018 en la sede del Centro Superior de Investigaciones Científicas en Madrid. Este libro es fruto de una extensa línea de investigación desarrollada por el autor a lo largo de los años sobre el liderazgo estratégico, análisis que realiza desde un enfoque eminentemente filosófico y que está ligado a una concepción muy particular de las relaciones sociales y humanas, donde la figura del líder encarna un conjunto de valores que juntos hacen que sea considerado como un individuo excepcional, que sea capaz de realizar grandes hazañas y conseguir que le sigan de forma incondicional en pos de un objetivo que supera al propio líder y que está ligado a una visión única de la sociedad en la que se inserta. Para ello recurre al análisis de la historia y la filosofía y el estudio de los casos clásicos, que va desgranando a lo largo de la obra. El contenido del libro es intenso, pero la excelente redacción hace que la lectura sea fluida y se planteen al lector constantes cuestiones para la reflexión. Sin duda, se trata de una obra de referencia no solo para los científicos políticos y los historiadores, sino que alcanza a disciplinas más alejadas como la Economía, la Administración de Empresas y los estudios militares.
Federico Aznar Fernández-Montesinos es autor, además, de los libros El papel de las Fuerzas Armadas en Marruecos en la gobernación del Reino (2007), Entender la guerra en el siglo XXI (2011), La ecuación de la guerra (2011).

El autor estará en la Feria del Libro de Madrid (Parque del Retiro caseta 334-Silex) el 1 de junio de 2018. El libro está disponible a la venta aquí.

MOSTRANDO EL PODERÍO ABSOLUTO DE LAS ARMAS NUCLEARES


El 22 de mayo de 2018 el submarino nuclear portamisiles del proyecto 955 Yury Dolgoruky, perteneciente a la Flota del Norte, llevó a cabo el lanzamiento en salva de cuatro cohetes estratégicos embarcados (SLBM) R-30 Bulavá en inmersión a cuarenta y cinco metros de profundidad en el mar Blanco. Después de ejecutar exitosamente la trayectoria de vuelo programada de 5.700 kilómetros las ojivas inertes impactaron en el polígono de Kura, en la península de Kamchatka, Extremo Oriente ruso. Este es el cuarto lanzamiento en salva de SLBM Bulavá –que ya suma treinta y dos lanzamientos- y el tercero llevado a cabo por el submarino nuclear Yury Dolgoruky. El SLBM Bulavá es un cohete estratégico de combustible sólido de doce metros de largo, casi treinta y siete toneladas de peso y alcance de más de 8.000 mil kilómetros con sistema de guía astroinercial con posicionamiento global por satélite Glonass desarrollado por el Instituto de Tecnología Térmica de Moscú con capacidad para transportar seis ojivas nucleares MIRV de 100 a 150 kilotones y señuelos destinado a equipar a la nueva clase de submarinos nucleares portamisiles de la clase Borei(dieciséis cohetes por submarino)  que está entrando en servicio en las Fuerzas Submarinas Estratégicas de la Armada rusa. Esto supone que un solo submarino nuclear Borei transporta –y está en disposición de lanzar- cohetes con la potencia destructiva de ochocientas bombas atómicas como la que se arrojó sobre la ciudad de Hiroshima el 6 de agosto de 1945. Sin embargo, la fortaleza de las armas nucleares estratégicas reside en que su uso es imposible, porque si llegarán a emplearse en una guerra a gran escala sería la destrucción inevitable y para siempre de la civilización humana tal como la conocemos.   

EL DEBATE DE LA SEGURIDAD EN LA REGIÓN DE ASIA-PACIFICO

En el marco de las X Jornadas de Estudios deSeguridad del Instituto Universitario Gutiérrez Mellado (IUGM) de Madrid se desarrolló el 22 de mayo de 2018 el Panel titulado “La región Asia-Pacífico: espacio de oportunidades y de incertidumbres”, que contó con la asistencia de especialistas en la Ciencia Política y Relaciones Internacionales interesados en debatir sobre los retos de las nuevas potencias emergentes, no solo el caso patente de China, sino otras situadas más al sur, como la India o Indonesia. Se trata de grandes potencias que en las próximas décadas escalarán a los primeros puestos de la economía mundial y a ese crecimiento económico seguirá de forma casi ineludible la disputa por la reestructuración del poder internacional –a la que ya estamos asistiendo- y lo que se plantea es si podrá resolverse de forma pacífica a través de las distintas formas de cooperación institucionalizada o llevará, inevitablemente, a un conflicto internacional de enormes proporciones como parece que impone la historia tercamente. Estas son las ponencias que se presentaron:

“China toma posiciones en el nuevo orden mundial” (Ana del Paso, UCM).

“Análisis DAFO de China y sus posibilidades como hegemón mundial” (Jesús Alfonso Hernández Gámez y Miguel Jurado Gallardo)

“La política exterior de la Administración Trump hacia Asia-Pacífico: doctrina, rupturas y continuidades” (Juan Tovar Ruiz)

“Estados Unidos y Japón: algo más que aliados” (Guillem Colom Piella)
"Filipinas en la política hacia Asia-Pacífico de Estados Unidos: de las propuestas de Obama a los retos de Trump (Javier Gil Pérez y Alfredo Crespo Salazar)

CHINA AVANZA EN LA COMPETENCIA ESPACIAL: EL OTV SHENLONG

El pasado 7 de marzo de 2018 la televisión estatal china CCTV emitió un breve reportaje animado el que se presentaba el modelo conceptual de un avión espacial de desarrollo nacional. Según la narración el aparato alcanzaría el estado en torno a 2030. Desde hace tiempo se tiene información de que la empresa China Aerospace Industry Corporation (CASIC), que es el segundo constructor aeronáutico del país, especializado en cohetes, misiles y satélites y que está subordinado a la Dirección General de Armamentos del Ejército Popular de Liberación, ha estado trabajando desde hace más de una década en un programa destinado a la obtención de un vehículo espacial de características similares al avión espacial X-37 americano. Sin embargo, en lugar de ser transportado al espacio por un cohete lanzador como en el caso del aparato diseñado y construido por Boeing, el vehículo chino es cargado y lanzado por un avión nodriza. De hecho, en 2008 se divulgó una fotografía de un bombardero con capacidad nuclear Xian H-6 modificado transportando un aparato muy parecido al X-37B en un soporte ventral. Posteriormente, se difundieron informaciones acerca de la realización del primer vuelo de planeo atmosférico en 2011. También por las mismas fechas parece que el aparato se bautizó Shenlong (“Dragón Divino”). Sin embargo, no está claro hasta dónde ha llegado el desarrollo de este vehículo espacial reutilizable chino, cuándo podría realizar el primer vuelo espacial, si el gobierno se ha comprometido a adquirir el vehículo o si se trata exclusivamente de un programa destinado a validar tecnologías que eventualmente habrían sido copiadas a los americanos. En todo caso, estas informaciones ponen de manifiesto que China ha sido capaz de desarrollar un avión espacial reutilizable –ya estaba trabajando en un nuevo cohete lanzador reutilizable denominado Chang Zheng (“Larga Marcha”) 8- y que si se acerca a las características del vehículo espacial orbital X-37B representa una amenaza militar para EEUU. Aquí es donde enlaza con la medida adoptada por el Presidente Trump el 30 de junio de 2017 de volver a crear el Consejo Nacional del Espacio, que se había disuelto en 1993, con la finalidad de coordinar todos los aspectos del poder espacial uniendo los esfuerzos de los principales departamentos gubernamentales y agencias implicados afirmando que estaba dando “una señal clara al mundo sobre el liderazgo de los Estados Unidos en el espacio”. Como hemos dicho en ocasiones anteriores, las grandes potencias se juegan en la carrera espacial el mantenimiento de la primacía en el sistema internacional globalizado y se aseguran que, en caso de enfrentamiento, estarán en posición de poder inutilizar y destruir la capacidad de mando, control, comunicaciones, inteligencia y reconocimiento del adversario porque sin satélites quedan inermes frente al poder demoledor de las armas guiadas de precisión.

¿CUÁLES SON LOS OBJETIVOS POLÍTICOS DEL BLOQUE OCCIDENTAL EN SIRIA?

El 14 de abril de 2018 fuerzas militares del Bloque Occidental llevaron a cabo un ataque de saturación con ciento cinco misiles de crucero de diversos tipos contra objetivos relacionados con el programa de armas químicas del gobierno sirio, tratando de destruir la capacidad para producir y usar armas de destrucción en masa contra la población civil . El ataque aliado había sido anunciado previamente por el Presidente Donald Trump en una declaración desde la Casablanca, secundado a última hora por la Primera Ministra Theresa May y el Presidente Enmanuel Macron, como respuesta al supuesto bombardeo con cloro contra la población civil de Duma realizado por fuerzas gubernamentales sirias. Sin embargo, dicho bombardeo había sido desmentido por el propio gobierno sirio y por el mando militar ruso en Siria, que llevaba semanas advirtiendo de que se estaba preparando una acción fake con la que forzar un ataque de la coalición internacional liderada por los Estados Unidos destinada a contrarrestar la capacidad de combate de las fuerzas militares gubernamentales sirias que se están imponiendo definitivamente sobre los diferentes grupos rebeldes y organizaciones terroristas que han campado a sus anchas por el territorio sirio desde el inicio de la guerra civil a principios de 2011. La conocida escasa efectividad del ataque aéreo aliado –no se han consignado bajas en las fuerzas sirias ni en la población civil a pesar de que se atacaron hasta nueve instalaciones y bases aéreas- pone en duda los intereses en juego del Bloque Occidental en la Guerra de Siria. A lo largo de los siete años de conflicto los gobiernos de las principales potencias occidentales han ido cambiando sus posiciones respecto a la guerra civil siria, al apoyo que prestaban o debían prestar a los diferentes grupos combatientes rebeldes -la denominada "oposición moderada-, a la existencia de organizaciones terroristas yihadistas que han empleado una extrema violencia contra los militares y la población siria con imágenes que recuerdan a la brutalidad alemana en el Frente Ruso en la Segunda Guerra Mundial y, en definitiva, a la aceptación y rechazo alternativos al gobierno legítimo sirio y a su presidente Bashar al Asad, sin definir claramente a lo largo del tiempo una posición univoca y mucho menos común. A esta falta de definición político-estratégica han contribuido los sucesivos cambios de gobierno en los diferentes Estados occidentales: desde la falsa abstención de la Administración Obama en el conflicto a la intervención hoy sí y mañana no del Presidente Trump –recordemos las declaraciones del pasado 3 de abril de 2018 cuando anunció públicamente el deseo de repatriar los dos mil soldados destinados en Siria afirmando que “no hemos sacado nada de ello, no tenemos nada, excepto muerte y destrucción”; y cuatro días después cambió el discurso-, desde la posición de seguidismo del Primer Ministro David Cameron y después la desastrosa May, peligrosamente acrítica con las implicaciones militares en la guerra civil siria y ensimismada en sus propios problemas de política interior, hasta la desquiciada posición francesa desde el Presidente François Hollande, que rechazaba cualquier trato con el régimen de Asad contestado por el candidato Macron en las elecciones presidenciales, hasta el apoyo que éste ha prestado al reciente ataque aéreo contra Siria y su iniciativa para una fuerza militar desplegable europea de resolución de crisis donde parece que caben todos. En medio, unos y otros han apoyado a las diferentes organizaciones rebeldes que surgieron como setas por todo el territorio sirio: el Ejército Libre Sirio, Yeish al-Islam, Frente Sur y Frente Islámico, y han acogido directa o indirectamente a grupos afines a las organizaciones terroristas yihadistas, particularmente Jabhat Fateh al-Islam o Frente al-Nusra, que es la rama de Al Qaeda en Siria, Ahrar al-Sham, Harakat Nour al-Din al-Zenki y el mismo Estado Islámico de Irak y el Levante, como ha denunciado reiteradamente el gobierno ruso por boca de sus representantes diplomáticos y militares. La debilidad del gobierno sirio para hacer frente a toda esta amalgama de organizaciones rebeldes y terroristas financiadas por un montón de Estados y agentes exteriores llevó a la pérdida del control efectivo de una parte sustancial del territorio, lo que se agravó peligrosamente con la proclamación del Califato por parte del líder del Estado Islámico, Abu Bakr al-Baghdadi, el 4 de julio de 2014 que abarcaba una extensión territorial enorme que iba desde el centro-este de Siria hasta todo el norte de Irak. Esto llevó, a su vez, a un  enfrentamiento directo de éstos con las fuerzas militares kurdas, semiindependientes en sus feudos norteños con el consentimiento y el apoyo económico del Bloque Occidental. Inevitablemente esta situación exacerbó la ansiedad de seguridad de las autoridades turcas, que se vio extraordinariamente agravada a raíz de la posición occidental ante el fallido golpe de Estado contra el Presidente Recep Tayyip Erdogan en julio de 2016. De este modo, en el verano de 2015 el gobierno sirio se encontraba ante una situación dramática: la guerra estaba pérdida, había demasiados enemigos que combatir al mismo tiempo, diferentes grupos rebeldes, organizaciones terroristas y fuerzas militares de la coalición internacional campaban a sus anchas por todo el país y atacaban de forma indiscriminada a las fuerzas militares leales al gobierno central. La salida fue solicitar ayuda militar directa a Rusia. Fue un movimiento estratégico decisivo y la rapidez del despliegue ruso sorprendió a propios y extraños. La implicación de las fuerzas militares rusas a partir de septiembre de 2015 permitió restablecer la situación militar, dar la vuelta al conflicto armado con el apoyo masivo de las fuerzas aéreas y de operaciones especiales rusas desplegadas sobre el terreno y comenzar a derrotar y reconquistar diferentes porciones de territorio hasta llegar a finales de 2017, cuando el gobierno sirio había recuperado la mayor parte del territorio nacional y estaba en condiciones de acabar uno por uno con los diferentes focos rebeldes que ahora se encontraban aislados. El Califato había dejado de existir. Así lo proclamaron los mandos militares rusos: el Jefe del Estado Mayor General ruso, general Valey Gerasimov, informó el 6 de diciembre de 2017 que “todas las agrupaciones del Estados Islámico en territorio sirio han sido destruidas, lográndose así la liberación de Siria (…) A día de hoy no existen zonas de ese país árabe bajo el control del Estado Islámico.” Por su parte, el jefe de la Dirección General de Operaciones (GOU) del Ministerio de Defensa ruso, general Sergei Rudskoy, proclamó al día siguiente que “la tarea de derrotar a las formaciones criminales de la organización terrorista Estado Islámico en el territorio de Siria, llevada a cabo por la Federación Rusa, está cumplida (…) las fuerzas del gobierno con el apoyo de las Fuerzas Aéreas rusas tomaron por completo el control de la zona noroeste de Abu Kemal: desde el río Éufrates hasta el poblado Mezile, con una superficie de dos mil quinientos kilómetros cuadrados.” Sin embargo, el control del desierto oriental y el cruce del río Éufrates por parte de las fuerzas militares sirias con el constante apoyo aéreo ruso supusieron el choque con los aliados de la coalición occidental. Entonces, las fuerzas militares sirias se concentraron en recuperar las zonas más próximas a Damasco controladas por las fuerzas rebeldes que comenzaron a ser expulsadas sistemáticamente de Ghuta oriental. Hasta que llegamos al episodio del denunciado ataque con armas químicas contra la población civil en Duma el 7 de abril de 2018 y el ataque militar “decisivo” llevado a cabo por la coalición internacional el 14 de abril, del que según anunció el Pentágono el mismo día “tardarán años en recuperarse, les hemos inflingido un daño severo en su arsenal químico”, ha sido un despropósito, desde los tuits presidenciales amenazantes a Rusia los días previos al ataque militar a la reunión del Consejo de Seguridad del viernes 13 de abril. Como ha sostenido Rusia desde el principio el enemigo son los terroristas y cuando ya estaban derrotados se quiere dar la vuelta a la situación, destruyendo la credibilidad del gobierno sirio y la capacidad operativa de sus fuerzas armadas. Entonces se plantea la cuestión: ¿quién es el enemigo ahora? La respuesta a esta pregunta revela la falta absoluta de coherencia política de los dirigentes occidentales en la guerra civil siria. Como dijo el Presidente Trump en su comparecencia en la Casablanca la madrugada del 14 de abril de 2018: “No nos hacemos ilusiones, no podemos purgar el mundo del mal ni actuar en todos los sitios donde hay tiranía. No hay sangre americana suficiente para lograr la paz en Oriente Medio. Podremos ser socios y amigos, pero el destino de la región está en manos de su propia gente.” Podemos concluir, por un lado, que el Bloque Occidental no ha sabido definir a lo largo de siete intensos años de guerra sus objetivos políticos en Siria, dejando que diferentes grupos rebeldes y organizaciones y facciones terroristas combatieran al gobierno de Asad sin llegar a imponerse, sin controlar el territorio y alcanzar la paz, si es que esta es necesaria para la población siria y para la tan cacareada estabilidad regional, incluida la gravísima corriente de refugiados de la guerra que comenzó a llegar a Europa en 2015. Por el otro, la implicación militar directa de Rusia ha posibilitado que el gobierno sirio recupere el control de la parte sustancial del territorio y esté en camino de acabar con los grupos rebeldes, dejando de lado el norte, donde a finales de enero de 2018 comenzó un nuevo enfrentamiento directo entre las poderosas Fuerzas Armadas turcas y las YPG kurdas con visos de mantenerse en el tiempo y que ha desgarrado las ya complejas relaciones de Turquía con sus aliados en el seno de la Alianza Atlántica. Por tanto, todo va a seguir igual porque Rusia no va a cejar en su apoyo al gobierno de Asad y el Bloque Occidental carece de objetivos políticos en Siria. Alemania, único Estado que se negó a participar en el ataque, le mostró a Rusia su escaso interés en el asunto, y a los Estados Unidos y a la Unión Europea que no se jugaba nada, porque, si no se tiene ejército a que viene fijarse objetivos militares en Siria o en cualquier otro lado, tengan o no gases de cloro, sarín o VX. La pregunta que se plantea es: ¿por qué lo hacen Francia y Gran Bretaña? ¿Tienen una fuerza militar comparable a Rusia para arriesgarse a un enfrentamiento militar directo? Queda la esperanza de que hay dos actores racionales para no llegar a un enfrentamiento directo entre grandes potencias que podría tener consecuencias desastrosas e impredecibles, y que son Rusia e Israel.
“¿Cuánto tiempo durará esto?”